Las islas de los pinos: el paisaje más bello (y desconocido) de Japón

Este archipiélago de la Bahía de Matsushima, en la región de Tohoku, es mucho más que un tesoro milenario de naturaleza y cultura 

Noelia Ferreiro
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Es un monumento a las fuerzas de la naturaleza. Unas 250 islas tapizadas de pinos que se apoyan sobre formaciones rocosas con las que las olas, en su embate perpetuo, han moldeado figuras imposibles. Este conjunto de encanto peculiar, extraño y pintoresco, forma parte de los Nihon Sankei, es decir, de los tres paisajes considerados más bellos de todo Japón. Una distinción que comparte con Itsukushima (la torii o puerta sagrada flotante en la isla de Miyayima) y con Amanohashidate (la espectacular lengua de arena que se extiende al norte de Kioto).

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Remotas y desconocidas para el gran público, las llamadas Islas de los Pinos, en la bahía de Matsushima, reciben sin embargo la visita anual de seis millones de turistas locales. Y es que, emplazadas a apenas un par de horas de Tokio, cerca de la ciudad de Sendai, visitarlas es descubrir otro Japón: el que invita a la serenidad reflexiva y contrasta con la vorágine de asfalto y el trepidante caos de los neones.

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Aquí, en el Honshu septentrional (Tohoku en japonés), la vida transcurre enmarcada entre montañas escarpadas, valles profundos y páramos solitarios horadados por ríos impetuosos. También entre volcanes más o menos activos, lo cual propicia numerosas fuentes termales cuyas aguas nutren los onsen desperdigados por esta zona, que también es popular por la producción de sake. 

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Este paisaje, que durante el otoño asiste a una de las más llamativas explosiones cromáticas del mundo (el enrojecimiento de sus arces dejando tonalidades verdes, amarillas, naranjas y hasta violetas es todo un espectáculo de la naturaleza) fue el que cautivó al poeta del siglo XVII, Matsuo Bashō, considerado el maestro del haiku.

En su viaje por todo el país en busca del contacto con la esencia nipona, el encanto del norte le inspiró los más evocadores relatos. Cuentan que, al llegar al archipiélago, la vista le dejó sin palabras, capaz tan sólo de plasmar la emoción con tres famosas interjecciones: “¡Matsushima! / ¡Oh, Matsushima! / ¡Matsushima!”.

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Siguiendo los pasos del poeta, muchos son los que recorren estas islas que son, además de un caudal de belleza, un tesoro milenario de cultura. Islas que conforman un espacio de casi 10.000 hectáreas y cuyo perfil se transforma con cada una de las estaciones.

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Para descubrirlas, no hay nada mejor que los cruceros que navegan por la bahía en una excursión de unas cuantas horas. Algunos sólo acceden hasta la isla cercana de Shiogama, donde admirar su maravilloso santuario. Otros llegan hasta Oku-Matsushima, la zona más remota y, en consecuencia, menos visitada. 

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También desde el Mirador de Matsushima se puede apreciar la magia del archipiélago y contemplar los únicos puentes que lo enlazan con tierra firme: el primero es el de la isla de Oshima, que antaño fue un lugar de retiro para los monjes y hoy es un lugar espléndido para caminar bajo la sombra de los pinos.

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El segundo el de Fukuura-jima, de 252 metros de largo y un vistoso color rojo, del que se dice que con sólo cruzarlo uno se dota de buena suerte. Hacerlo, además, tiene la recompensa de hallar varias rutas de senderismo y un puñado de templos sintoístas.  

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Pero también este rincón de Japón tiene un atractivo gourmet, por el que muchos viajeros lo visitan atraídos por el marisco. Y es que el país más consumidor de pescado del mundo (seguido por Portugal y Corea) tiene justo en esta bahía, ahí donde confluyen las aguas frías y cálidas, un paraíso para la pesca por la cantidad de peces que registra. 

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Las ostras, por ejemplo, son uno de sus productos estrella, con una particularidad: en contra de la costumbre nipona de comer el pescado crudo, este apreciado molusco aquí se degusta al grill.  Existen por el lugar numerosos restaurantes que permiten darse un atracón por apenas unos 20 euros.

Son curiosos all you can eat en los que los comensales, colocados en torno a una enorme fuente, puede atiborrarse a ostras durante una hora. Para ello te dan un kit que incluye babero, guantes, pinzas y una especie de espátula para abrir cada pieza haciendo palanca. 

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Así, con el estómago contento, lo ideal será acudir después a una casa de té como Karantei, con vistas a la bahía. Este encantador local de tatamis y puertas corredizas fue diseñado, como su nombre indica, como “el lugar para ver las ondulaciones del agua”. Su atmósfera de calma absoluta invita a dejar pasar las horas, algo que merece la pena. Y es que, al caer la noche, la panorámica es fantástica para contemplar el brillo de la luna sobre las Islas de los Pinos.