Islas Cook: una perla en los confines del Pacífico

Encerradas por una espectacular barrera coralina, aguas de intensos turquesas contrastan con las selváticas montañas que hilvanan Islas Cook, un archipiélago de ensueño perdido entre el Reino de Tonga y Tahití. Nos zambullimos en las leyendas de los Mares del Sur.

Una joya del pacífico que debes conocer.
Una joya del pacífico que debes conocer. / Istock / drewsulockcreations

Una precisa réplica del Endeavour amarrada en el puerto Darling de Sídney, muy cerca del famoso edificio de la Ópera, rememora épicos tiempos pasados. Se trata del barco que llevó al explorador y cartógrafo de la Marina Real británica James Cook a descubrir medio mundo, y a quien las Islas Cook deben su nombre. Capaz de albergar a 94 tripulantes, este emocionante navío ofrece, cada cierto tiempo, la experiencia de navegar en las mismas condiciones en que lo hizo el osado capitán en el siglo XVIII. “No hace falta que sean expertos marineros, pero sí lo suficientemente aventureros como para soportar la travesía”, comenta Steve Riethoff, responsable de comunicación del Museo Marítimo Nacional de Australia, donde se puede visitar el buque. “Esto no es un crucero”, sentencia. “¡Y tanto que no!”, pienso al ver las 28 velas y la infinidad de cabos que cruzan la cubierta de madera.  

Buceando entre peces damisela de tres bandas en la isla de Rarotonga.

Buceando entre peces damisela de tres bandas en la isla de Rarotonga.

/ Istock

“¿Sabes para qué sirve ese agujero en la popa?” Yo, que acabo de leer bastante sobre los viajes de Cook y sus proezas, imagino lo complicado que debía resultar lidiar con la higiene personal haciendo equilibrios sobre el mar. La réplica, construida en 1988, al menos sí cuenta con baños modernos, quizá la única comodidad permitida para sus tripulantes, que duermen en un espacio reducido donde se suceden hileras de hamacas. Steve se despide de mí a las puertas del museo, tras mostrarme los entresijos del Endeavour durante mi breve escala en la ciudad australiana antes de encaminarme al, tantas veces, soñado paraíso polinesio.

Islas Cook: una perla en los confines del Pacífico

Islas Cook: una perla en los confines del Pacífico

/ Getty Images

Mi viaje no es tan largo ni hostil como el del capitán Cook, ni tan extremo como el de los intrépidos navegantes que emulan sus hazañas, tres siglos más tarde, desde la bautizada por el célebre marino como Port Jackson, la bahía de Sídney. Asimilar la línea del cambio de fecha, después del retraso de 24 horas de mi trayecto desde Bali a Sídney, será lo más agotador del viaje. Me embarco en un avión a las 9:30 de la noche de un martes y llego a mi destino ese mismo martes a las 7:00 de la mañana tras, solo, seis horas de vuelo. De repente, ha desaparecido un día de mi calendario. Pasado y futuro se fusionan en un auténtico viaje en el tiempo.

Aeropuerto de la isla Aitutaki.

Aeropuerto de la isla Aitutaki.

/ Istock

Islas Cook está lejos, muy lejos, no vamos a negarlo, pero precisamente el hecho de ser un destino remoto es el motivo de que uno se sienta especial al pisarlo. Sentirme Robinson Crusoe, aunque con rumbo, o el capitán Cook a punto de coleccionar una isla más en su mapa me hace emocionarme ante la inmensidad del Pacífico. Ahí, en medio de ninguna parte, donde aún navegan islotes inhabitados. Las vistas contempladas durante el aterrizaje ya vaticinan postales de montañas jurásicas emergiendo sobre un mar de infinitos azules.

“Kia Orana.” Con un collar de flores acompañando este saludo, cuyo significado es “que tengas una vida larga y plena”, nos dan la bienvenida a Rarotonga, la principal de las 15 islas que componen este archipiélago desperdigado en 236 km2 de océano, en el centro del triángulo polinesio. El sentido saludo está presente hasta en las matrículas de los vehículos.

Rarotonga.

Rarotonga.

/ Istock / Anna Zolnay

Frente al aeropuerto, un mural representa la cultura de Islas Cook. Es el proyecto de Marae Moana, el parque marino creado en 2017 para proteger y conservar el archipiélago. “La gente solo se fija en la tierra, pero más del 90 % de este territorio es océano”, me explica el jugador de rugby Kevin Iro, embajador de Marae Moana. En Islas Cook hay una fuerte conciencia ecológica. La ley prohíbe construir por encima de los cocoteros y un plan prevé contar exclusivamente con energías renovables en un futuro próximo. Desde este lugar resulta fácil ver ballenas jorobadas rozando el arrecife entre los meses de junio y septiembre.

Un autobús rodea la costa en algo menos de una hora. Una segunda carretera discurre en paralelo acercando la vida local entre plantaciones y cascadas. Aquí las direcciones las marca el paisaje: “Al lado de la plantación de piñas” o “pasando la casa amarilla”. 

“Raro” es la abreviatura de la isla. Una palabra que nos causa curiosidad impresa en las camisetas y otros recuerdos expuestos en las tiendecitas de Avarua, la capital. Entre los comercios destacan los de perlas negras, uno de los grandes tesoros del archipiélago valorado a nivel mundial. Estas son cultivadas en las granjas establecidas en las islas del norte, entre las que sobresalen las de Manihiki.

Para impregnarse de leyendas polinesias y sentir su historia, hay que dirigirse a Te Vara Nui, una atracción que, a pesar de su sentido turístico, ofrece la mejor muestra de autenticidad pasada en un escenario sublime. Los bailes de las mujeres, dirigidos por sus largas cabelleras, traen de vuelta la delicadeza hawaiana o la sensualidad tahitiana, mientras que los hakas maoríes de los hombres recuerdan a Nueva Zelanda. Junto a esta reminiscencia hecha espectáculo, un mercado nocturno reúne a locales y extranjeros ante puestos de cocina internacional.

Retrato de habitantes de las Islas Cook.

Retrato de habitantes de las Islas Cook.

/ Istock

Intentando adaptarme al nuevo horario, me tumbo en una de las playas del sur acariciada por un mar de fantasía. La calma se apodera de mí en un segundo. Son pocos los lugares del mundo que me han transmitido ese sosiego inusitado. Será el hecho de estar en medio del Pacífico rodeada de mis tonalidades favoritas o, tal vez, el susurro de las palmeras comunicándose con el oleaje, que brama estrepitoso allá a lo lejos, antes de romper contra la barrera coralina. Allí me quedo una tarde entera hipnotizada por el azul cobalto del océano, que se torna turquesa al entrar en la laguna, un límite marcado por olas de espuma. El límite de la serenidad. Mire hacia donde mire, los horizontes de Rarotonga son edenes terrenales. Aquí no existen los posados para las redes sociales, conservando auténticamente virginales, y casi secretos, estos reductos paradisiacos. En el mar, arrecifes de mil colores. En tierra, montañas esmeralda.

Además de recorrer la costa y sus playas blancas, es fundamental adentrarse en el interior para descubrir la vegetación, tan ligada a la cultura local. “Todos los terrenos tienen dueño y es necesario contar con su permiso para transitarlos.” Jacopo y Kura, propietarios de la agencia Ariimoana Walkabouts, tienen la fortuna de llevarse bien con sus vecinos y poder mostrar las entrañas de Raro a los visitantes. Este italiano, que se enamoró del archipiélago y de Kura hace 10 años, nos guía hacia el Cross Island Trek, una ruta por la cresta que atraviesa la isla dividiéndola en dos y dejando visiones de vértigo a 413 metros sobre el nivel del mar. Panorámicas protagonizadas por The Needle sobresaliendo entre la espesura, una gigantesca roca que fue bendecida por el dalái lama como uno de los ocho puntos de energía del mundo. El gemido del océano indica que hemos llegado al otro lado.

Aitutaki.

Aitutaki.

/ Istock

La tierra de los pájaros y las cuevas

Por la sencilla terminal de Rarotonga corretean gallinas salvajes. Cargados de provisiones, los viajeros se despiden de sus familiares intercambiando coronas y collares de flores. Los trabajadores del aeropuerto arrastran maletas mientras rasgan las cuerdas de sus ukeleles. Esa vida polinesia, tantas veces imaginada, realmente existe. Nuestro diminuto avión, aromatizado con las flores de tiaré que portamos sus ocupantes, despega hacia Atiu, una isla aún mucho más tranquila y donde esa sensación de estar perdido en el océano se intensifica. En Atiu fue donde recaló el capitán Cook durante uno de sus últimos viajes por el Pacífico, aunque se dice que ni siquiera llegó a desembarcar. Un par de siglos antes habían pasado por aquí los navegantes españoles y portugueses, y, con anterioridad, los primeros viajeros polinesios ya habían colonizado el territorio desde sus vakas, las canoas tradicionales de madera, guiados por las estrellas. Curiosamente, el explorador británico no puso nombre a ninguna de sus conquistas. Sería a principios del siglo XIX cuando la denominación “Islas Cook” empezó a aparecer en los escritos.

Cross Island Trek con The Needle al fondo.

Cross Island Trek con The Needle al fondo.

/ Asier Calderón

Resulta curioso que las islas donde menos tiempo permaneció Cook sean precisamente las que hayan adoptado su nombre, algo que, desde hace unos años se plantea cambiar. Pregunto sobre Cook, pero no hay respuesta. La comunidad atiuana está disfrutando con las celebraciones de los 200 años de la llegada de los misioneros. En el único supermercado de la isla, apenas queda comida y toda la bebida se ha agotado. Compro lo que puedo y recibo el cambio en monedas triangulares, una forma extraña que añadir a mi colección numismática.

En un primer paseo en coche por la isla, sorteando los cocos que ocupan sus caminos, advertimos varias casas destrozadas por un ciclón en 2010. Junto a la crisis de 1996, fueron muchos los locales que emigraron a Australia o Nueva Zelanda en busca de una vida mejor. Jackie, la encargada del hotel donde me hospedo, es una de las jóvenes que ha decidido regresar para mantener sus raíces y compartirlas con los visitantes. 

A Atiu los turistas llegan para avistar aves y adentrarse en cuevas calizas como la de Anatakitaki. Abrirnos paso a través de la selva virgen durante unos pocos kilómetros nos deja ante su entrada, invadida por las raíces de un enorme árbol banyan. Penetramos en sus profundidades, habitadas por una miríada de kopekas, una especie de aves endémicas que utilizan el eco para guiarse. Aún más adentro, una poza nos invita a pegarnos un chapuzón a la luz de las velas. 

Te Vara Nui Village.

Te Vara Nui Village.

/ Asier Calderón

Ser partícipe de la vida local es siempre emocionante, especialmente en los Tumunu. Estos singulares lugares de reunión son utilizados para cantar canciones, expresar ideas y resolver problemas; todo regado con un poderoso alcohol elaborado en un barril de tumunu, fabricado en un tronco de coco. Con el tiempo se han convertido en destartalados clubes sociales donde los socios se dan cita para beber. La centenaria tradición polinesia sobrevivió al cristianismo, celebrándose a escondidas.

A día de hoy, tan solo se conservan tres en Atiu. En uno de ellos, situado a la entrada de una aldea, una decena de personas nos recibe entre bailes, cánticos y risas que se acentúan a medida que el licor, elaborado a base de arroz, va desfilando en un cuenco de coco del que todos bebemos. Durante la pandemia, esta práctica fue una de las primeras en suspenderse, a pesar de que las islas fueran de los pocos lugares del mundo en no registrar contagios. Uno de los señores con mayor presencia es el encargado de rellenar en cuenco. Lo llaman “el rey”, pero, por mucho que pregunto el motivo, tan solo siguen riendo mientras que me señalan a la reina, una mujer mucho más joven que permanece tímida en una esquina. Al caer la noche, todos reímos. Hemos labrado uno de esos vínculos que armonizan culturas y marcan vivencias.

Aitutaki, el paraíso prometido 

Desde el cielo, una laguna de los turquesas más intensos que probablemente haya sobre la faz de la Tierra envuelve Aitutaki, a 40 minutos de vuelo desde Rarotonga. En el aeropuerto, un cartel con fotos antiguas rememora el paso de Gary Cooper por la isla en 1943. En este caso, el collar de flores nos lo ponen tras realizar un ritual de bienvenida en una piedra ceremonial ubicada junto a la pista de aterrizaje. Según manda la tradición, para ser digno de visitar la más paradisiaca de Islas Cook hay que ser bendecido por un guerrero. El ritual que valoraba si los forasteros llegaban en son de paz pasaba por retarles antes de bendecirles en una piedra sagrada. En el puerto otra piedra sagrada recibe a quienes llegan por mar y, repartidos por la isla, varios centros ceremoniales, a base de enormes rocas volcánicas alineadas con los astros, evocan otros estremecedores ritos y sacrificios.

Al contrario de lo que sucede en Rarotonga, aquí son los verdes vegetales los que, con la forma triangular que dibujan sus 15 motus, rodean los tonos zafiro de su laguna interior. Entre estos 15 islotes, la playa de One Foot destaca por ser considerada la más bonita del mundo, y de la cual podremos llevarnos su sello estampado en el pasaporte. Pero, ¿qué diferencia este motu del resto de los que componen Islas Cook? Probablemente sea la espectacular lengua de arena que lo rodea, cercada por la explosión de su vegetación ante una inmensidad azul que da nombre al paraíso. 

Recorremos la laguna en vaka, deteniéndonos en playas donde los amantes del kitesurf y el windsurf despliegan sus alas. Bajo el agua, grandes ciudades marinas acogen granjas de enormes almejas, donde se cultivan las preciadas perlas negras del Pacífico. Peces voladores, tortugas, tiburones y rayas se cruzan en nuestro camino. Las olas brincan por el arrecife, animándonos a cambiar de embarcación para adentrarnos en el océano y continuar nuestro periplo eterno en busca de nuevas latitudes azules. Esta vez, acompañados de ballenas. 

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