Islas Cícladas. El círculo mitológico de Grecia
Envuelto en el eco de sus mitos, el archipiélago que dibuja el corazón del Mar Egeo constituye una de las postales más reconocibles de Grecia. Su escenografía de mar azul y áridas rocas, iglesias de cúpulas azules y resplandecientes playas, quietos pueblos blancos y ajetreados núcleos turísticos, es solemne e inevitablemente magnética.

Ni el último aliento perturba la pureza del lugar en el que habían nacido Apolo y Artemisa, hijos de Zeus. Por eso estaba prohibido nacer o morir en la isla sagrada de Delos. Tanto protagonismo mitológico acaso estuviese inspirado en la mágica geometría que dibuja el grupo de islas que se esparcen por el Egeo central. Todo aquel dibujo divino sólo podía ser un círculo (en griego, kiklos) en torno a Delos. Y qué nombre tan hermoso así es el de Cícladas, con toda esa resonancia a historia remota de hombres y mitos; con esa disposición, circular o no, que ya seduce sobre el mapa.
Surgen las 56 islas del Egeo en una ordenada parsimonia, que enfatizan su desnudo paisaje heredero de un pasado volcánico. Ceremoniosas también aparecen sus 24 islas deshabitadas. Después de dos mil años de civilización cicládica, que dejó como testimonio sus hieráticas estatuas, vinieron los minoicos desde Creta, y después los micénicos, la Confederación de Delos, los romanos, los venecianos, los turcos... y las invasiones turísticas, que comenzaron en los años 70.
Por su proximidad a tierra continental, a los puertos de Lavrio o El Pireo, Kea es la entrada en el círculo. Y algo de ritual tiene la llegada, en fines de semana, de muchos atenienses que abarrotan las tabernas, los restaurantes de pescado y las playas del puerto de Korissía y del pueblo de Vourkari, en la costa norte. Su eco llegará a las tortuosas calles de Ioulís, la capital, alejada de la costa y presidida por los restos de una fortaleza veneciana del siglo XIII. La algarabía se alejará por las villas que se esconden en la isla, que es una de las pocas Cícladas verdes, adornada de vides y almendros. Pero la quietud secular permanecerá en el León de Kea, una talla esculpida en roca del siglo VI a.C., que se alza cerca de Ioulís; en la torre de vigía helenística de Moní Agía Marina, que convive con un monasterio del siglo XIX, o en los restos de la antigua Karthaia.
La línea circular pasa entonces por Sefiros, adonde llegó el joven Perseo con la cabeza de Medusa para salvar a su madre, Dánae, del rey Polidectes, a quien convertiría, junto a su isla, por entonces verde, en una roca estéril. Esta isla castigada por los dioses quiso componer su templo de supervivencia en su capital, Chora (nom bre que denomina a las capitales de muchas de las Cícladas), un conjunto de casas cúbicas, iglesias y molinos, todos blanquísimos, que conservan el equilibrio sobre un empinado peñasco, coronado por restos de un castillo veneciano.
La terrible furia de Apolo
El silencio no parece la inspiración de Sifnos -su nombre significa "vacía"-, donde el furibundo Apolo anegó sus minas de oro cuando sus habitantes, en vez de tributarle con un huevo de ese material, lo hicieron con una piedra bañada en dorado. Pero el oro fue sustituido por una reconocida cerámica, y el paisaje con playas tan populares como la de Platys Gialós. Allí los turistas se mezclan con los isleños, que siguen reverenciando al dios castigador en el nombre de su capital, Apollonía, arquetípico núcleo de casas blancas de floridos balcones, pero disfrazadas de un gran despliegue comercial. Tal signo de popularidad bien entendida está en el puerto de Kamarés, y en las casas venecianas de Artémonas, y en las construcciones apostadas a las murallas que se asoman al mar en Kastro.
La línea se sale del círculo para verse atrapada en la caldera volcánica que perfila la isla de Santorini y la pequeña Thirasia. En la trama cicládica esta isla extrema compone la escena álgida. La explosión volcánica que se llevó por los aires gran parte de su territorio hacia el 1635 a.C. podría haber significado el fin la civilización minoica o incluso el hundimiento de la Atlántida. Sin embargo, esas ruinas esconden arriba la vida recobrada de una de las islas más populares del Mediterráneo: Santorini, que así la llamaron los venecianos en honor a Santa Irene, o Thera, su nombre dorio, es un icono turístico.
Y más que nada, la cúpula azul y el blanco campanario de la iglesia de Agíou Miná, sobresaliente mirador del abigarrado caserío blanco de Firá, colgado sobre el abismo de la caldera, adonde se llega desde el puerto en funicular, en burro o ascendiendo 580 escalones. Detrás del laberinto de Firá, blanco y peatonal, están las llanuras ricas de lava de la isla, en las que, sobre su aparente aridez, triunfan el trigo, los tomates, los pistachos, las uvas... A los dones del volcán se debe también la arena negra de las playas de Kamari y Perissa, palestras de ese gran escenario que es Santorini. En su geografía y también en sus testimonios: el de las ruinas de la antigua ciudad doria de Thera y el de los restos de la minoica Akrotiri. Y visitado así el ocaso de los tiempos, será sereno ver el del sol, desparramando sus rayos en la caldera, desde un restaurante de Oía, amalgama de casas y cúpulas de colores colgadas del precipicio en el norte de la isla.
El templo de las cien puertas
El círculo se retoma en la isla más grande, Naxos. El lugar en que Perseo abandonó a Ariadna entra en el decorado ritual de las Cícladas desde su mundo de montañas y recónditos valles, rebosantes de huertos y viñedos. El aire fresco invita a perderse por los senderos en Filoti, el pueblo más alto del archipiélago, a mil metros sobre el nivel del mar. En Naxos capital (Chora), las murallas y restos del kastro rememoran los siglos venecianos de una isla donde el bullicio se palpa en el amasijo de tiendas y en el mercado de Bourg, la parte más griega. Los turistas, tras visitar la puerta de Portará, arco superviviente del templo a Apolo que nunca se llegó a terminar en el islote de Paláteia, buscan las bondades de las playas de blanca arena de Plaka, Agía Anna, Mikrí Vigla o Kastraki, para después comer pescado en Apollon.
La vecina Paros, la tercera en extensión, cierra el dibujo geográfico por el sur, con verdes valles como el de Petaloúdes; con pueblos de alcurnia entre álamos como Lefkes, y puertos pesqueros de casas blancas como Piso Lívadi o Náousa. El mármol es aquí la ofrenda a la escenografía. Su genuina blancura no deja de estar presente en Paroikiá, la Chora local, elocuente por demás en la iglesia de Ekatontapylianí, la de las cien puertas, la más antigua de Grecia, templo bizantino de devoción mariana y de mucha leyenda. La Virgen María es también la invocación de la isla de Tinos, que así recrea su pasado de santuario de Poseidón y Anfitrite. La iglesia de Panagía Evangelistria domina Tinos capital y su muestrario de ofrendas y milagrosas historias atrae a peregrinos ortodoxos de toda Grecia, que se aglomeran entre los puestos de devotos recuerdos o en los restaurantes del puerto, y que dan a la isla un ambiente más nacional.
El resto del territorio insular, agreste y retocado de tímido verdor, respira ese ambiente más genuino que le dan los visitantes del país, que además de rezar también visitan la playa de Stavros y se hacen fotos frente a los peristerionas, los famosos palomares un tanto orientalistas. Su conciencia histórica hallará eco en Exómpourgko, sitio de la vieja Tinos y de la fortaleza veneciana que más tiempo resistió a los belicosos otomanos.
La línea continúa en Andros, segunda isla en extensión, que da continuidad a la trama en la torre helenística de Agios Petros, en la medieval Mesariá y en los restos de la vieja capital, Palaiópoli. Asimismo, en las ruinas venecianas de Palaiókastro, en el monasterio de Moní Panachrántou, en su interior rural de vida quieta o en las ajetreadas calles blancas y también de edificios neoclásicos de Chora, la nueva capital. La cercana costa continental se presiente entre las mansiones de los ricos navieros griegos, que frecuentan el bello pueblo de Steniés, y también a través del trasiego portuario de Gavrio, con casas más asequibles en la isla. Los visitantes buscan siempre las playas de Mpatsí o Gyalia.
Laberinto de blancas casas
La ruta cicládica retoma la parafernalia del éxito turístico en Mikonos. El mérito está seguramente en Chora, la capital de la isla, laberinto de casas blancas con puertas y escaleras de colores, que cuelgan sobre el mar en esta Pequeña Venecia y que ascienden hasta las colinas sobre las que se levantan los célebres molinos. Los primeros en encapricharse del lugar fueron algunos intelectuales, después acaudalados, después gays... Y así hasta conformar la asistencia masiva de los veranos actuales, en busca del lugar de moda en las playas de Platýs Gialos, Paragka, Paradise, Super Paradise o Eliá. De fondo queda el paisaje árido de la isla en el camino hacia el otro núcleo urbano, Ano Merá, donde las calles, a la sombra de la cúpula roja del monasterio de Panagía Tourlianí, se empeñan en seguir pareciendo tradicionales. Lo genuino de verdad es ese paisaje vacío, agreste y mudo. Otra vez el silencio.
Esa solemnidad escénica de Mikonos es el preámbulo del centro mágico del círculo. Delos está allí al lado, ajena al bullicio; y hasta ella llegan los kaikiá (embarcaciones tradicionales), cargados del tumulto veraniego. Sin embargo, el semblante de los visitantes pronto dibujará el mudo respeto que inspiran los lugares que lo fueron todo y ya no son nada. La yerma y pequeña isla llegó a estar toda cubierta de la ciudad, que prosperó, en tiempos griegos y romanos, al amparo de su condición de santuario y del trajín comercial de su puerto.
Pero los avatares de la historia se lo fueron llevando todo, con el halo nostálgico de sus ruinas que invocan la gloria pasada en mosaicos, columnas y esculturas. El museo es la única edificación viva de esta isla, en la que no se puede pernoctar y tiene un horario estricto de visita. Así, Delos, en su soledad vigilada por cientos de lagartijas, sigue fiel al precepto divino: difícilmente se puede nacer o morir en su acotado espacio. Así, Delos sigue siendo sagrada.
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