Aguas cristalinas, cuevas inaccesibles y un antiguo monasterio asaltado por piratas: secretos de las Berlengas
Prepara las pastillas contra el mareo, que llega la hora de navegar hasta un paraíso frente a la costa atlántica de Portugal.

Si las condiciones del mar son buenas, solo se necesita algo más de media hora para recorrer las casi 6 millas náuticas que separan el animado puerto de Peniche del archipiélago de las islas Berlengas. Este conjunto de islas rocosas y salvajes ofrece al viajero un entorno de aguas cristalinas, cuevas inaccesibles y un antiguo monasterio asaltado por piratas. ¿Te animas a descubrirlo?
Desembarcamos en Berlenga grande, la isla más grande del archipiélago y la única que se puede visitar libremente. Declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO, sus paisajes parecen sacados de una novela de aventuras. Lo primero que nos sorprende es el color del agua: de un turquesa tan puro que nada tiene que envidiar a las playas del Caribe. Sin embargo, aquí no hay palmeras ni resorts, solo rocas esculpidas por el viento, aves marinas sobrevolando los acantilados y un agua gélida que nos recuerda donde estamos.

Berlenga grande: encanto salvaje
Caminar por Berlenga grande nos permite descubrir un ecosistema casi intacto. Los senderos ofrecen unas vistas espectaculares del Atlántico, y en cada rincón podemos observar colonias de gaviotas, lagartijas endémicas, y flores que solo se pueden ver en este rincón del mundo. La isla constituye el hogar de numerosas especies protegidas y las autoridades limitan, desde hace años, el número de visitantes diarios.

Cuevas secretas en las Berlengas
Uno de los mayores tesoros de las Berlengas se encuentra a lo largo de su escarpada costa. El mar ha tallado un conjunto de cuevas marinas de una belleza salvaje. Algunas solo pueden explorarse en kayak o pequeñas barcas, mientras que otras permanecen inaccesibles y solo las descubrirán aquellos que se animen a bucear en las frías aguas.
La más famosa es la gruta azul. Cuando el sol penetra en su interior, la luz ilumina la cueva y tiñe el agua en un azul de película. El silencio, interrumpido solo por el sonido del agua contra las rocas, ofrece una banda sonora que le da un aire todavía más místico.
También hay que adentrarse en la gruta da Flanders, más inaccesible y angosta que la azul, pero con una interesante leyenda entre sus rocas. Se cuenta que sirvió de escondite a contrabandistas y piratas durante los siglos XVI y XVII.
El monasterio asediado por piratas
Si el viajero cree que todo en las Berlengas es naturaleza, se equivoca. En el siglo XVI, el rey Manuel I de Portugal ordenó construir en la isla un pequeño monasterio que fue bautizado con el nombre de Misericordia da Berlenga. Habitado por monjes jerónimos, su misión era ayudar a los náufragos en esta peligrosa zona del Atlántico. Sin embargo, su historia fue bastante trágica.

Los ataques de piratas berberiscos y corsarios eran frecuentes en la costa portuguesa, y el monasterio, aislado y desprotegido, pronto se convirtió en el blanco perfecto. Los guías locales nos cuentan que los monjes fueron asaltados en varias ocasiones, y que llegaron a ser capturados. En 1617, tras uno de los ataques más violentos allí sufridos, el monasterio fue finalmente abandonado. Sobre sus ruinas hoy aparece ante nosotros el fuerte de San Juan Bautista, una impresionante fortaleza conectada a la isla por un puente de piedra.

A pesar de su cercanía con la costa, las Islas Berlengas son lo más parecido a un paraíso remoto. No hay hoteles de lujo ni restaurantes, tan solo un pequeño bar, un camping para 40 tiendas de campaña y el albergue San Juan Bautista, en el que el viajero puede alojarse por 15 euros la noche.
En definitiva, las Berlengas no son un destino para aquellos viajeros que busquen confort y lujo, pero sí constituye un auténtico edén para todos aquellos que quieran disfrutar de aguas cristalinas, cuevas inaccesibles y, además, se animen a dormir en un antiguo monasterio asaltado por piratas.
Síguele la pista
Lo último
