Islandia, viaje a la isla secreta

Merece la pena visitarla en cualquier época del año, pero en invierno Islandia ofrece su gran atracción estelar, las auroras boreales, a las que se unen los baños al aire libre en aguas calientes, recorridos por sus lagos volcánicos, glaciares y fiordos...

Xavier Moret
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Foto: miniloc / ISTOCK

El sol de medianoche es una de las grandes atracciones del verano islandés, pero si viajas a la isla en invierno, te encuentras con una isla diferente en la que las horas de luz solar se acortan, pero la naturaleza te ofrece como compensación una atracción estelar: las auroras boreales. No es fácil verlas, pero cuando por fin ves cómo cubren el cielo con sus juegos de luz en medio de la noche ártica te quedas embelesado, sin importarte el frío que pueda hacer.

Recuerdo que cuando estaba escribiendo La isla secreta, mi libro sobre Islandia, después de pasar un verano en la isla, felicité a Einar, un buen amigo islandés, porque me había hecho conocer muchas cosas sobre su país. “Tengo la impresión de que ya lo he visto casi todo”, le dije. Él, sonriendo, comentó: “Solo has visto media Islandia; si quieres verla toda, tendrás que regresar a partir de noviembre”. Le hice caso y regresé en invierno. Y no me arrepentí. La otra cara de Islandia es tan bella como la del verano, y con el plus de las auroras boreales.

Barco por la laguna glaciar de Jökulsarlon, en Islandia
Barco por la laguna glaciar de Jökulsarlon, en Islandia | Solomiia Kratsylo / ISTOCK

Es cierto que la gente no se abre tanto a la naturaleza, pero, a pesar del frío (la temperatura raramente baja de cero), en los bares de Reikiavik encuentras una calidez que te hace sentir muy a gusto. Y el paisaje sigue estando allí: una naturaleza de gran formato, sin árboles y con todas las formas imaginables del agua: ríos, lagos, cascadas, glaciares... Si le sumamos el componente volcánico de la isla, con sus volcanes, campos de lava y aguas termales, estaremos de acuerdo en que Islandia sigue siendo en invierno un país con una nota muy alta.


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Me comentaba el escritor islandés Hallgrímur Helgason que en algunos días de invierno, cuando soplaba la ventisca en Reikiavik, le daba la impresión de estar viviendo en un lugar límite, como Alaska o Siberia. Pero no siempre es así. La corriente del Golfo suaviza las temperaturas en el sur de la isla y el frío no suele ser excesivo. Las piscinas públicas, a diferencia de las de España, son de agua caliente y en buena parte están al aire libre. Sumergirse a 36 º en una de esas piscinas cuando hace frío, o cuando nieva, es un placer supremo. Hacerlo en las aguas azul turquesa de la Blue Lagoon o en la nueva Sky Lagoon es un lujo.

Uno de los géiseres de la isla y vista de Reikiavik
Uno de los géiseres de la isla y vista de Reikiavik | franckreporter / ISTOCK

Condiciones para ver las auroras

Para poder verlas se tiene que dar una condición indispensable: el cielo tiene que estar oscuro. Por eso no se ven en verano, cuando el sol de medianoche borra la oscuridad. La segunda condición es que no haya nubes. La meteorología también juega, aunque si estás varios días en Islandia, es probable asistir a una noche no nublada. Una tercera condición es que se registren tormentas solares, ya que el impacto del viento solar con el campo magnético de la Tierra es el que origina las auroras.

Vista de Reikiavik, la capital de Islandia
Vista de Reikiavik, la capital de Islandia | patpongs / ISTOCK

Tormentas solares suele haber a menudo, aunque de su intensidad depende que haya una aurora más o menos espectacular. La contaminación lumínica es otro enemigo de las auroras. Por eso en Reikiavik es más difícil verlas. Pero basta con desplazarse a los valles cercanos, donde no alcanza la luz de la gran ciudad, para contemplarlas mejor. A veces es tan solo una tenue cortina de luz verde, o como una cortina de humo, que se mece en el horizonte, pero en ocasiones se colorea de amarillo o rojo y llega a ocupar buena parte del cielo. Cuando llega este momento, es para ponerse a aplaudir.

La carretera circular número 1, que da la vuelta a Islandia, permite contemplar todo tipo de paisajes: desde los campos de lava a los prados verdes, desde cascadas como Skogafoss o Svartifoss al gran glaciar Vatnajökull, con su laguna de témpanos. Los fiordos, el lago Myvatn y la ciudad de Akureyri son otros alicientes de un viaje de otoño por la isla, a los que puede sumarse una excursión en barco para contemplar ballenas. Si a todo esto le sumamos la riqueza cultural de las sagas, unas narraciones antiguas que se adaptan al paisaje de la isla como una segunda piel, queda claro que a Islandia merece la pena viajar en cualquier época.