Islandia en invierno: más allá de las auroras boreales

Recorrido invernal por Islandia. 

Carlos Hernández de Miguel
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Foto: Carlos Hernández de Miguel

Las misteriosas luces del norte que tiñen de color los cielos durante las noches despejadas del invierno han fascinado al ser humano desde la antigüedad. Griegos y romanos interpretaban su aparición como presagio de guerra, enfermedad y destrucción. Las civilizaciones y tribus que habitaban las tierras próximas a los casquetes polares las atribuían a causas de lo más diversas y oníricas: columnas de fuego vomitadas por gigantescos dragones, almas errantes de enemigos abatidos en combate o de niños fallecidos al nacer, espíritus de viejas doncellas danzando en los cielos… En Islandia, la creencia popular asociaba las auroras boreales a los partos; se creía que su fuerza mitigaba el dolor de la madre que, eso sí, no debía nunca mirar hacia el cielo mientras daba a luz porque, de hacerlo, provocaría que el bebé naciera con estrabismo.

Ya sin miedo a plagas, fantasmas, dragones, bizqueras o maldiciones, los islandeses de hoy encienden hogueras en las playas o se desplazan a las afueras de Reikiavik para contemplar este espectáculo natural al que solo se puede asistir desde un pequeño puñado de países. Cada año, son también más los turistas que vuelan hasta Islandia para escudriñar sus cielos. La variable intensidad de la actividad solar y la climatología hacen que esa búsqueda pueda verse frustrada en demasiadas ocasiones. Sin embargo la isla de hielo ofrece otros increíbles atractivos en invierno que, demasiadas veces, quedan eclipsados por el halo de misterio y la fama que envuelve a las celestiales auroras.

El mayor glaciar de Europa y la playa de los icebergs

El color azabache de la playa contrasta con el brillo transparente y azulado de los enormes bloques de hielo que reposan sobre ella. Estamos ante uno de los paisajes más hermosos y surrealistas con el que se puede topar cualquier experimentado trotamundos. Cientos de icebergs de todos los tamaños y formas se presentan ante nuestros ojos como si de gigantescos diamantes se trataran, expuestos aleatoriamente sobre un negro lienzo de arena volcánica bañada por el embravecido Atlántico Norte. Solo tenemos que remontar durante 300 metros un pequeño y cercano río para encontrarnos con el origen de tanta belleza. La laguna de Jökulsárlón es un mar de icebergs que se han ido desprendiendo de una de las lenguas del Vatnajökull, el mayor glaciar de Europa. Una huidiza foca se zambulle entre los bloques de hielo que deslumbran con la tenue, pero fotogénica luz del perenne amanecer que se disfruta durante las escasas cinco horas de sol que hay en invierno. La noche volverá a caer muy pronto por lo que es el momento de calzarse unos crampones para enfrentarse al gran glaciar.

Carlos Hernández de Miguel

Son varios los puntos en los que expertos guías ofrecen la experiencia de caminar sobre los hielos milenarios del Vatnajökull. Desde nuestras botas claveteadas, el color del glaciar varía desde una transparencia que provoca vértigo, pasando por el azul turquesa, hasta llegar a la negra turbidez de la mezcla congelada de agua y ceniza volcánica.  Una cavidad de algo más de 10 metros nos indica que hemos alcanzado una de las famosas cuevas de hielo. Adentrarse en ella es penetrar en las entrañas de otro mundo iluminado por los rayos de sol que se filtran a través del techo cristalizado y en el que solo reinan el frío y el silencio. Un paraíso de hielo que se encuentra seriamente amenazado. Sveinn, que lleva más de una década trabajando como guía, ha visto como el glaciar retrocedía año a año por el cambio climático: “Este año hemos tenido el verano más caluroso de la historia y uno de los inviernos más suaves del siglo. O hacemos algo, o el cambio climático acabará poco a poco con estas maravillas”.

Naturaleza salvaje

El invierno no nos permite explorar el interior de Islandia. Todas las carreteras de las llamadas “Tierras Altas” se encuentran cerradas al tráfico. Sin embargo, la carretera que rodea la isla está siempre abierta gracias al constante trabajo de las quitanieves. Eso nos permite dejar atrás Jökulsárlón y dirigirnos hacia el oeste para ir descubriendo escenarios imposibles. A solo 10 kilómetros se encuentra otra laguna glaciar de menor tamaño pero similar encanto: Fjallsárlón. Es nuestro último contacto con el Vatnajökull. A partir de aquí la ruta atraviesa campos de lava y se detiene en espectaculares saltos de agua. La cascada de Foss á Siðu se derrama desde 30 metros de altura. Frente a ella, al otro lado de la carretera, se alza otro capricho de la naturaleza: las columnas de basalto de Dverghamrar

Veinte kilómetros más adelante aparece el pintoresco cañón de Fjaðrárgljúfur. Una fina capa de nieve resalta la belleza de estos abruptos cortados que blindan el paso al poco caudaloso río Fjaðrá. En todo nuestro trayecto la población de mayor tamaño es Vìk, la más meridional de la isla, con apenas 350 habitantes. Además de ofrecer una buena oferta de alojamiento y restauración, en sus cercanías se encuentra la espectacular playa volcánica de Rynisfjara y los agrestes acantilados de Dyrhólaey. Tras rodear por el sur otro glaciar, el Mýrdalsjökull, contemplamos en Skógar las tradicionales casas con tejados de césped, en las que los islandeses se protegían antaño de la inclemente meteorología. Antes de llegar a la última etapa de nuestro viaje, aún nos queda por contemplar dos cascadas excepcionalmente hermosas: Skógafoss y Seljalandsfoss. Entre una y otra, en la lejanía, se ve la cumbre del volcán de nombre impronunciable, el Eyjafjallajökull, cuya erupción en 2010 paralizó los cielos de toda Europa.

Carlos Hernández de Miguel

El recorrido invernal por Islandia termina en el llamado Círculo de Oro. Nos adentramos hacia el interior por carreteras transitables para contemplar el área geotermal en la que se encuentran varios géiseres, entre ellos el agresivo Strokkur. Aproximadamente cada 5 minutos, de su interior brota un chorro de agua y vapor que se eleva a más de 20 metros de altura. Apenas a 10 kilómetros de allí, el llamado río Blanco se precipita por una gran falla, dando lugar al Niágara islandés: la catarata de Gulfoss. Con sus 70 metros de anchura y su caída de 32 metros en dos alturas constituye una de las atracciones naturales más fotografiadas del país. Quienes aún tengan fuerzas, pueden todavía recorrer alguno de los senderos del cercano Parque Nacional de Thingvellir. Su principal atractivo es ser el punto de unión de las placas tectónicas euroasiática y norteamericana.

Antes de cenar y beber una copa en la pequeña pero animada Reikiavik, resulta imprescindible tomar un baño termal en la Laguna Azul. A pesar de la multitud de turistas, habitualmente escandalosos, observar las estrellas desde las pozas de agua caliente rodeadas de nieve es un verdadero placer.  Y, quién sabe, quizás esta noche sí; quizás sea esta la noche en que podamos contemplar, desde este idílico lugar, alguna de esas almas errantes que desde hace siglos se dedican a pintar de verde los cielos de la gran isla de hielo.

 

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