Islandia. Acabo de llegar... y ya estoy desvelado

Islandia es un país alucinante, un lugar donde no existe el término medio: pasan de estar todo el día con luz solar a un invierno de noche eterna. En nuestro viaje por la "Tierra del hielo" también vivimos la emocionante experiencia de navegar junto a una ballena y su cría, bañarnos en una laguna de agua caliente que procede de una central térmica, visitar un géiser y, como colofón, darnos una vuelta por el único museo del pene existente en el mundo.

Jorge Salvador

Primer día:
La noche que nunca llega
Dicen que al que descubrió Islandia le gustó tanto, que decidió llamarla Iceland (Tierra de hielo). Sin embargo, a Groenlandia la bautizó como el País de la hierba. Así despistaría a la gente y se irían a Groenlandia en vez de ir a Islandia. Si esto es verdad, lo primero que hay que decir es que el descubridor de Islandia era un "cabronazo" de mucho cuidado.

En este país pasan cosas muy extrañas. La primera es que llegas a las doce de la noche y es de día. Al principio, el tema de la luz te hace gracia, hasta que llegas al hotel y te das cuenta de que las cortinas no cierran bien. Bueno, no pasa nada hasta que son las 3 de la mañana y todavía hay luz -"primer día y ya estoy desvelado"-, pero al cuarto día el cuerpo se vuelve loco y no sabe cuándo pedirte ir a la cama. Es curioso salir de copas por la noche en Reikiavik y parecer que estás en la calle a las 4 de la tarde; sólo te das cuenta de que es de noche porque no hay niños correteando. Lo duro de este lugar es que no tienen término medio: pasan de todo el día con luz solar a todo un invierno de noche. Y eso reconoceréis que es para trastocar a cualquiera. Días antes de llegar a Islandia salió en la prensa española un estudio de una universidad extranjera que decía que los islandeses son los más felices del mundo. Y después de estar unos días aquí, yo puedo asegurar que no es cierto. Primero, porque el invierno no hay quien lo soporte, sin luz, con frío y con muchísimo viento; segundo, porque las estadísticas del país demuestran que aquí hay uno de los índices de suicidios entre adolescentes más altos del mundo.

Segundo día:
Una laguna de agua caliente
Vamos a visitar una de las atracciones del país: la Blue Lagoon, una laguna con agua caliente donde te puedes bañar. Cuando nos acercamos a la famosa laguna, empezaron las sorpresas: justo al lado hay una fábrica con una chimenea humeante; "qué raro", pensé. La siguiente sorpresa es que de laguna natural, nada de nada. Es como una especie de Aquapark, pero con agua caliente; de natural, nada. Son como unas piscinas con vestuarios, duchas, restaurante y tienda de recuerdos.

Pero lo peor estaba por llegar. Nos pusimos el bañador y "patos al agua". La primera sensación es gustosa, pero de repente vemos que hay una parte central en el agua de donde sale una enorme columna de humo; ¿será un géiser natural? Al acercarnos, nos quemamos, porque el agua de allí sale ardiendo. Después descubrimos que el agua sale de una tubería; ¡oh!, ¡oh! Lo siguiente fue salir del agua y seguir el rastro de la tubería. Resulta que la tubería llega directamente de la fábrica colindante... ¡Oh, no! Indagando un poco más nos enteramos de que el agua de la maravillosa Blue Lagoon es el agua sobrante de una central térmica. Algún avispado decidió que este agua es buena para la piel y ¡hala! a venderlo como una atracción, que ya llegarán unos gilipollas como nosotros a meterse en un agua residual. Y lo que es peor, en las orillas del lago hay unos cubos con un barro blanco que la gente se pone por todo el cuerpo porque dicen que es buenísimo para la piel. No quisimos preguntar de dónde surgía ese barro. Nos salimos de la piscina, nos duchamos abundantemente y salimos pitando. ¡Ah!, por último tengo que confesar que al salir me convencieron y le compré a mi mujer un bote de este barro milagroso; y es que soy tonto, porque encima ahora cuando lea estas líneas se estará enterando de donde sale ese potingue que se pone todas las noches.

Tercer día:
¡Por allí resopla!
Vamos en busca de ballenas. Lo primero que pensé fue: "que te apuestas a que no vemos ni tan siquiera una gaviota". Cogimos un barco turístico y comenzamos nuestra singladura. Al cabo de una hora comenzó un cierto movimiento de la tripulación del barco, y en la línea del horizonte se empezó a ver el inconfundible chorro de agua que lanza la ballena al respirar. Cuando nos acercamos, he de decir que vivimos una de las experiencias más emocionantes de los 26 viajes que hemos hecho en Dutifrí. Era una ballena con su cría, que nada más llegar empezó a dar saltos por encima del agua. Hay que decir que la cría medía unos ocho o nueve metros, y ver cómo ese animal sacaba todo su cuerpo fuera del agua para caer a lo bestia sobre el mar resulta un espectáculo brutal. Cada vez que saltaba la ballena, un grito de emoción y júbilo recorría toda la cubierta del barco.

La ballena nos hizo el espectáculo completo, porque saltó aproximadamente unas 30 ó 40 veces. Uno de esos saltos me pilló realmente despistado y me empapó casi por completo (como si hubiese saltado yo en vez de ella), con el consiguiente cachondeo de todo el mundo. Afortunadamente pude secar bien la cámara y salvar unas fotografías que, como aficionado, siempre había querido hacer. Ahora iba a decir una auténtica cursilada sobre la sensación tan extraordinaria que sentí durante ese maravilloso día, pero me ha dado tanta vergüenza al leerla que mejor lo borro.

Cuarto día:
De fiesta con unos vikingos
Nos dicen que justo esos días de junio se celebra en las afueras de Reikiavik, la capital islandesa, una fiesta vikinga; pues allá vamos. No sé como explicarlo, pero ver a hombres de dos metros de altura disfrazados con pieles, escudos y espadas haciendo ver que luchaban y se mataban unos a otros en una batalla simulada resultaba muy patético.

La fiesta consistía en un mercadillo donde vendían artesanía mal acabada y realizada por unos hippies islandeses disfrazados de vikingos. Me pareció una falta de respeto descomunal a la realidad histórica. Los vikingos no comerciaron nunca; lo que hacían era arrasar ciudades, robar todo, violar mujeres, asesinar, pero, desde luego, nunca vender nada. Tengo que añadir que esta visita la hicimos con Mercedes Milá, que, con muy buena voluntad, se puso un disfraz de vikinga que traíamos desde España. El disfraz era horroroso y, por supuesto, llevaba el pertinente casco con cuernos de plástico. Mercedes puso todo de su parte, pero el ridículo fue tan espantoso que los propios vikingos le pidieron por favor que se sacara esos cuernos. Pese a todo, gracias, Mercedes, la intención era buena.

Quinto día:
¡Toma chorrazo!
Otro de los fenómenos geológicos de Islandia son los géiseres; bueno, mejor dicho, el géiser. Un chorro de agua que sale disparado hacia arriba cada cinco minutos. Hay que decir que es un chollo para el país: una atracción gratuita que no tiene fin. Cada cinco minutos, ¡toma chorrazo!, y vuelta a empezar. Hay que decir que el agua sale a una temperatura bestial, y que como única protección sólo hay un cordelito para que no te acerques. El problema llega con los turistas alelados, como hace poco un francés de esos con sandalias y calcetines que quiso mirar tan de cerca que se acabó cayendo dentro del hueco del géiser, como Obélix dentro del caldero. Por supuesto, resultó herido con quemaduras muy graves.

Otra de las curiosidades que se ha puesto de moda son los bares de hielo. Es como si instalaras una barra de bar dentro de una cámara frigorífica. Para entrar te protegen con un abrigo polar con capucha, guantes... y a pasar frío. Las paredes y los bancos son como los de un iglú, y te recomiendan que no estés dentro más de 10 minutos; vamos, una gilipollez como otra cualquiera. Si queréis sentir la misma sensación, es tan sencillo como abrir el congelador de casa y meter la cabeza hasta que uno no pueda más. Os prometo que sentiréis lo mismo; y ¡ojito!, completamente gratis. Y para terminar, explicaros que Islandia es el único país del mundo que tiene un museo del pene. Sí, han leído bien. La idea se le ocurrió a un islandés que, por cierto, habla perfectamente español, y que en los últimos años se ha dedicado a coleccionar miembros viriles de todo tipo de animales, entre ellos tiene un escroto y unos testículos humanos. Además, tiene apalabrados varios penes que sus dueños han prometido donar cuando fallezcan. El dueño del museo también ha prometido donar el suyo. Mejor no escribo lo que pienso y me despido hasta el número que viene.