Isla de Lobos, la niña mimada de Fuerteventura

Ya no viven aquí. Se fueron hace mucho. Y jamás volvieron. Durante siglos este fue el paraíso de las focas monje, conocidas como lobos marinos. Ellas dieron el nombre a este islote tan peculiar. Paraíso donde la única civilización son un chiringuito que hace las veces de restaurante y las pocas personas que la visitan cada día. 

Yolanda Guirado
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Foto: Redacción Viajar

Partimos desde Corralejo. A un lado las dunas. Al otro, el parque natural nos espera. El acceso a la isla está restringido. Para entrar necesitamos un permiso. Lo concede el cabildo de Fuerteventura de forma gratuita. Algunas empresas de ferries lo gestionan directamente cuando compramos los billetes. De esta forma resulta mucho más fácil. Los que no lo tengan no podrán bajar del barco. Quienes piensen que hay cierta flexibilidad ante esta norma, se equivocan. La que aquí escribe ha presenciado cómo unos viajeros no encontraban su permiso una vez en el barco. Los tripulantes solo les dijeron: “sin la documentación no os bajáis en Lobos”. A buen entendedor.

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La tierra de los versos

Atracamos en el puerto. La piedra negra nos da su particular bienvenida. La soledad y el viento se cruzan en nuestro camino. Antaño, estas tierras estaban pobladas por focas de 3 metros que llegaban a pesar 400 kilos. Durante siglos, habitantes muy comunes en las islas Canarias. En los años 20, desaparecieron. Cuenta la leyenda que se marcharon por la presencia del hombre. Tal vez sus descendientes vivan hoy en Cabo Blanco, al sur de este archipiélago. Ya en tierra, dos lobos marinos esculpidos recuerdan lo que esta isla fue.  

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Refugio de piratas, la isla calla secretos. Por no hablar de sus aguas. Y de esas cuantas casas levantadas por los portugueses que construyeron el único faro que ilumina la isla. Hoy nadie duerme tras esta puerta de madera. En una de ellas nació la poetisa Josefina Pla en 1903. Hija de fareros, un busto suyo la recuerda en este paraíso de 13 kilómetros cuadrados al que solo pueden acceder 200 personas al día.   

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Supervivientes en la isla Negra

Un rincón salvaje. Una isla deshabitada. La piedra emana toda la energía de siglos pasados. En lugares así, los enseres forman parte del viajero. Para dar la vuelta a la isla hace falta una botella de agua. Y poco más. En andaduras así conviene ir ligero de equipaje. Los menos previsores se llevarán una alegría cuando desembarquen en El Muelle. El primer cartel que nos encontramos nos indica El Puertito. La señal lo deja claro; en este lugar sirven comidas. (Hay que encontrarlo cuanto antes porque los cubiertos son limitados).

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Tan peculiar como la isla, el restaurante. Un salón sin pretensiones con ventanales al Atlántico. Llegaremos a él gracias a una indicación de madera. Alguien pintó hace mucho la palabra “Restauran”.

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Unas casitas blancas con redes de pescadores y una ventana abierta. Detrás recogen la comanda. Elegimos el turno de comida. Solo si hemos llegado de los primeros. Al reservar nuestra mesa nos dicen qué están cocinando para ese día y reservamos también la comida. El pescado del día no falla. Pura lógica. La otra opción; llenar la nevera en Fuerteventura y traerla hasta aquí. 

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Una de piratas

Ni sobremesa ni siesta. Otro nuevo descubrimiento. Las encontramos detrás del restaurante. El océano ha creado unas piscinas naturales de agua azul turquesa aquí mismo. Nos esperan para nosotros solos. (Según la temporada del año). Este es uno de los chapuzones más instagrameables del verano. (No hay millennial que se precie que no se haga una foto en el embarcadero. Con beso incluido. Of course.)

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Un yacimiento arqueológico encontrado en 2012 es otra de las sorpresas que guarda el islote. Junto a la playa de la Calera, ánforas del siglo I a.C. esperaban a ser descubiertas. A escasos metros, el océano.

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El tubo y las gafas de snorkel también van en la mochila. Volviendo a tierra, los que se pierdan por una ruta de senderismo disfrutarán de un largo paseo por la isla. Ya lo decía la poetisa: “vaciarme de paisajes, olvidarme caminos.” (…) “Y de pronto, el viajero surgió. Sobre el sendero sus pies dejaban pálido, fosforente reguero.” Así nos sentimos en tierra de piratas y lobos marinos.