Ischia, la verde

Cuando en 1948 Truman Capote desembarcó en Ischia, tuvo un traspié en el puerto, se cayó y se rompió el reloj. "Esto tenía algo de simbólico, algo demasiado evidente", escribiría más tarde. Para añadir: "Desde un primer momento quedaba claro que Ischia no era -como no lo es casi ninguna isla- un lugar para el ruido y la furia del tiempo". Se quedó corto.

Ischia es la isla termal, la isla verde, la isla volcánica. Vista desde el aire, parece que debajo de la vegetación hay un grupo de dragones dormidos cuyas patas, garras y cabeza llegan hasta los acantilados que caen a pico sobre un mar azul verdoso, muy parecido al de las costas de Cerdeña, Baleares o la mismísima Costa Brava. El origen volcánico del lugar es evidente desde las alturas. Pero Ischia es mucho más. Es una isla con historias fascinantes, pueblos ordenados, calles limpísimas -olvidad el norte de Europa-, muros, paredes y balcones repletos de flores, jardines cuidadísimos, tiendas elegantes y bares, hoteles y restaurantes muy agradables, a pie de playa o junto a las barcas de los enclaves pescadores. Esta isla es espectacular en todos y cada uno de sus espacios, ya sean playas o montañas, alguna de las cuales, como el pico Epomeo, rozan los 800 metros de altura. Si la llegada por mar a Procida es una verdadera sorpresa, aquí la sorpresa es todavía más contundente. La gigantesca mole del Castello Aragonese, empeño de Alfonso de Aragón (1423-1438) y hoy propiedad privada, visitable, es el símbolo actual de la isla, algo así como un enorme y fantasmal barco en piedra, varado sobre un islote unido a tierra firme por un espigón, flanqueado de piedras volcánicas. El castillo, a cuya cumbre se accede mediante un ascensor, ofrece unos jardines y unas terrazas para la paz interior, a la vez que unas hermosas vistas sobre la costa y los pueblecitos que la bordean. Ischia es la mayor de las tres islas de la bahía de Nápoles. Tiene 16.430 habitantes en una superficie de 46,4 kilómetros cuadrados. Por sus laderas pasaron culturas caldeas, micénicas, eritreas, señores feudales de Sicilia, sarracenos, piratas y también... ríos de lava que destruyeron el lugar en varias ocasiones.

Junto a los preciosos y tranquilos pueblos de pescadores, como Laco Ameno, Casamicciola o Forio, hay lugares de interior sobre la montaña, como Serrara o Fontana -con las iglesias de Santa María del Carmine y San Antonio de Padua, respectivamente-, o como Ciglio, Buonaparte o Barano, que huelen a auténtico pueblo. Toda la costa norte de la isla está festoneada de playas y calas recoletas que se pueden recorrer con embarcaciones tipo zodiac, de alquiler. También merece la pena alquilar una motocicleta y visitar los lugares de interior de Ischia, especialmente para llegar al monte Epomeo y gozar de las espectaculares vistas en una terraza. Finalmente, para comprobar las aguas termales de la isla y darle al cuerpo el jolgorio de masajes, saunas, baños de vapor y otras lindezas al uso de la moda actual, hay, pegado al bello municipio de Forio, un enorme y recomendable complejo, llamado Jardines y Termas Poseidón, que mira al mar, al abrigo de las colinas repletas de pinos, chumberas y apretados arbustos. Y en todos los lugares de la isla de Ischia resuenan todavía los versos de W.H. Auden, un enamorado pertinaz de este idílico y fascinante lugar:

Ischia, qué bien corriges nuestros ojos
heridos por las ciudades productivas
cómo les enseñas, dulcemente,
a ver hombres y cosas en perspectiva
bajo tu luz uniforme.