Irlanda, viaje por la salvaje costa de hierro

Desde el cabo de Malin Head hasta el puerto de Kinsale, el oeste de Irlanda propone la ruta definida de costa más larga del mundo, The Wild Atlantic Way, con acantilados y paisajes fabulosos y ciudades y pueblos que preservan el modo de vida irlandés. Un viaje por un territorio casi salvaje, labrado a piedra y a hierro.

Javier Reverte
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Foto: ISTOCK

Bronca en sus costas pétreas, dulce en sus verdores, alegre y melancólica en sus canciones, a Irlanda no queda otro remedio que amarla. Un país que venera tanto la cerveza como los caballos y la música no es un país cualquiera, como también son únicos esos bravos territorios marinos que corren por el oeste de la isla, de sur a norte –o de norte a sur, como se prefiera– a los largo de 2.600 kilómetros de litoral (entre Kinsale, en el condado de Cork, y Derry, en el Ulster), modelando playas, farallones, acantilados, riscos de roca calcárea, sin árboles en las cumbres, y todo ello batido por un mar que viene libre y salvaje desde las costas de América. Lo llaman The Wild Atlantic Way (la silvestre ruta atlántica) y allí reinan las soledades, las tormentas y el furor del cielo y del océano. En un pub del Oeste, una punta de tierra que mira a América, dice un cartel: “Tome la última pinta, no hay otro bar hasta Boston”.

Escogí un trozo de ese indomable recorrido, entre Galway y Donegal, una vía abrupta que conviene hacer en coche y, si es posible, solo o acompañado de poca gente. Se siente uno mínimo ante la fuerza de la naturaleza ciclópea del camino. Y a veces, cuando el mar se encabrita y el cielo pinta negro, se imagina uno a sí mismo como si caminara en la barriga de una fiera. Huele a hierro en estos lares.

Galway es una ciudad antigua que conserva sus viejas trazas medievales. Han cambiado sus casas, pero no su urbanismo, y la vieja plaza del mercado podría hoy parecer salida de la paleta de Brueghel, tan solo con que se cambiara el atuendo de las personas y los vehículos a motor fueran sustituidos por carros de heno tirados por bueyes y caballerías. Al lado se alza la iglesia de San Nicolás, protestante, una joya tardía del gótico, y no muy lejos queda la catedral católica, alzada en honor del mismo santo, y que es la última de la cristiandad que se construyó en piedra calcárea. Al lado del mercado corre la calle principal, la High Street, peatonal, bulliciosa, llena de tiendas de productos de lana y de populares pubs como el Murphy’s, donde sirven –es fama– una de las mejores Guinness de Irlanda. Por cierto, que esta bebida, el santo y seña nacional irlandés, se fabrica en la destilería de Dublín tan solo para la isla y un poco para Inglaterra, en tanto que la mayoría de la que llega a otros países tiene su fábrica de principal producción en Nigeria. Cosas de la globalización.

La High Street da fe de hasta qué punto puede aplicarse a la localidad de Galway el calificativo de “juvenil”. A toda hora se llena de estudiantes de la Universidad, que constituyen una población de casi un tercio de los 75.000 habitantes de la ciudad. Y cuando los jóvenes se van y las tiendas cierran, empieza la hora de los pubs, las cervezas y las canciones. El mejor, el Taafes, con ritmos celtas de media tarde y, a la noche, baladas populares que recuerdan la emigración y la lucha por la independencia, que cuentan historias de borrachos y hablan de las montañas y del mar:

If you ever go across the sea to Ireland and watch the sun goes down in Galway Way

Chispeaba en Galway y la gente se había refugiado en los bares para seguir un partido de hurling, el deporte nacional irlandés, entre Kilkenny y Watford (ganó Kilkenny). Liam, mi cicerone en la ciudad, un hombretón con buen sentido del humor, comentó: “El tiempo es siempre muy bueno aquí..., menos cuando llueve. Y llueve casi siempre”. Otra característica de la ciudad es que en las aguas de su río nadan más de mil cisnes salvajes, la segunda ciudad del mundo con mayor población de esta elegante ave.

Pero el sol lucía rabioso la siguiente mañana. Como icen en Irlanda, “aquí tienes las cuatro estaciones en un solo día”. Y la isla grande de Aran, Inishmore, me recibió como si fuera un pedazo del pacífico Mediterráneo en lugar del feroz Atlántico. Las tres islas de este archipiélago (las otras son Inishmaan e Inishherr) constituyen, en mi opinión, la esencia de Irlanda. Aquí se habla el gaélico como lengua primera y en Inishmore se cuentan numerosos establecimientos celtas y medievales, como el imponente Dun Aengus, una antigua fortaleza alzada en una elevada colina sobre un acantilado. El mar levanta aquí ecos de metal y de guerra, y tienes la impresión de que por estas tierras no han pasado ni la exquisitez del Renacimiento ni el turbión de la modernidad, como si hubiésemos saltado directamente de la Edad del Hierro al presente.

El peso de lo legendario

Hasta hace poco más de dos décadas Aran era casi un lugar perdido, por más que lo recordara, e idealizara, un documental de los años 30 rodado por un tal Flaherty. Sus pocos cientos de habitantes –no llegan a mil en la isla grande– vivían de la pesca y de la industria de la lana. Hoy, los bancos de pesca están casi agotados y apenas quedan medio centenar de ovejas autóctonas en el archipiélago, pues la lana que llega de Australia y Nueva Zelanda sale mucho más barata, y Aran solo se ocupa de confeccionarla. De nuevo la globalización impone sus leyes. Hoy las islas viven del turismo del verano, que es corto pero constante, y la pobreza está erradicada. Solo el pasado año, en viajes de uno o dos días, la isla grande fue visitada por 250.000 personas, que llegan al archipiélago en vuelos de avioneta o en modernos ferris. Irihsmaan, la isla de en medio (nadie la llama mediana, que es su tamaño en relación con la grande y la pequeña), soporta el peso de todo lo legendario que guarda el archipiélago de Aran. Allí se habla el mejor gaélico, exaltado por el gran poeta y Premio Nobel William Butler Yeats, y allí plantó sus reales durante varios veranos el escritor John M. Synge, para aprender la lengua irlandesa y escribir su libro Hombres de Aran, que inspiró el famoso reportaje de Flaherty. En invierno, las islas se cierran en sí mimas, azotadas por los vientos y las tormentas atlánticas. Y no deja de resultar curioso que un puñado de las decenas de miles de personas que las han visitado durante el estío decidan quedarse para siempre. Hoy viven en las islas gentes de 35 naciones. “La soledad engancha”, dice Cyril, mi guía de Aran.

Escenarios de cine

Volvimos a la siguiente mañana a las tierras de Connemara, en el mainland, bajo el brillo del sol, y nos alejamos algo de la costa. Un paisaje desolador, de lagos que bien podrían ser morada de reptiles del pleistoceno, montañas rudas de piedra, valles verdes, apenas casas de campo, escasos pueblos, prados desnudos en donde no crecen los árboles y ovejas de cara negra. Pero pronto asomó de nuevo el mar en la bonita villa de Clifden, de casas bajas pintadas de vistosos colores. Y a poco de salir del pueblo, una pequeña carretera sombreada de árboles nos llevó hasta el monasterio de Kylemore, una joya tendida sobre un lago en donde se deslizan cisnes como veleros vivientes y flotan como balsas las hojas verdes de los blancos nenúfares. El edificio principal fue construido a finales del siglo XIX y todavía lo ocupan monjas benedictinas.

Toda la zona es un jardín y la carretera formaba un parque de espesos y soberbios árboles centenarios. Esta zona de Connemara, dejados atrás Clifden y Kelymore, pertenece al condado de Mayo, uno de los más bellos de Irlanda. Y allí está Cong, uno de los grandes monumentos al cine, pues en este pueblo se rodaron la mayoría de los exteriores de la película de John Ford El hombre tranquilo. Todos los días aparcan un buen puñado de autocares de turistas para visitar los escenarios en donde se desarrolla el amor entre Sean Thorton (John Wayne) y Mary Kat Danagher (Maureen O’Hara) y la espectacular pelea entre el primero y el hermano de la segunda, Will Danaher (Victor McLaglen). Y yo salí del pueblo silbando los temas musicales del estupendo filme.

La salvaje ruta Atlántica continuaba hacia el norte, hacia el condado de Sligo. La ciudad es fea, y más fea todavía la estatua dedicada al poeta William Yeats, Premio Nobel de Literatura, una de las glorias de Irlanda y el poeta favorito de nuestro Juan Ramón Jiménez. El escritor pasó aquí una buena parte de su infancia y al territorio por donde discurrieron sus andanzas se le conoce hoy como Yeats Country (el país de Yeats), una muestra más del amor que siente Irlanda por sus escritores. Visité la casa en donde transcurrieron sus primeros veranos, junto a una entrada de mar, en Rose Points, y luego la tumba sencilla al pie del imponente Ben Bulben, una gran formación montañosa que en su perfil recuerda a la famosa Ayers Rock, en el parque Uluru de Australia. El epitafio que el poeta escribió para su lápida es probablemente uno de los más bellos de la historia de la literatura: “Echa una fría ojeada /sobre la vida, sobre la muerte. /¡Pasa de largo, jinete!”. Jinete de mi coche utilitario, pasé de largo tras dejar una flor silvestre en la tumba y tomé la costa hasta asomarme a Mullaghmore, famoso pueblo de veraneo, tan famoso que no había esa jornada ni el más mínimo hueco para aparcar y echar una ojeada. Lo dejamos para un invierno y seguimos ruta hasta el escondido y bonito pueblo de Ardara. Un tranquilo lugar en donde pasar la noche. Y empezó a llover. Y Ardara, rodeado de bosques, se llenó de saudade empapado por el chirimiri. Sin embargo, hay un plácido hotel en donde reposar y pasar una noche melancólica, el Woodhill House, en el que pueden degustare, dicho sea de paso, unas estupendas ostras y un exquisito buen salmón levemente ahumado.

Los acantilados de Slieve League

Pero lo mejor de Ardara es que es el lugar en donde tomar fuerzas para acometer la visita a los Slieve League Cliffs, unos acantilados que, si no compiten en tamaño y altura con los muy famosos de Moher, al menos sí en magnificiencia y salvajismo. Poca gente va a verlos, pero desviarse merece la pena. De nuevo vuelve la sensación de estar en los inicios de la civilización, en el alba del Medievo, sin rastros del mundo clásico ni de su refinamiento. Tremebundos precipicios de roca, saltos de agua entre peñascos, niebla, lluvia, nubes, roca gris, mantos de hierba en las laderas montañosas, ni rastro de árboles... El grito del halcón peregrino levanta ecos en estos sus cazaderos naturales. Y bajo la lluvia terminamos el viaje varios días después en Donegal, cerca ya de la frontera del Ulster. En el castillo de los O’Donnell su escudo preside el patio de armas: una mano fuerte que surge de un brazo vigoroso y cubierto de cota de malla sujeta una cruz. La leyenda es un viejo dicho de los días del Medievo: Ad hoc signo vinces, con este signo vencerás.

­Mis cinco paradas imprescindibles

1. El “pub” Murphy’s de Galway

Genuinamente irlandés, ofrece la mejor cerveza Guinness de la región, traída expresamente de las destilerías de Dublín. No hay música en vivo, pero da lo mismo. Lo más tradicional de la ciudad se concentra allí.

2. Monasterio de Kylemore

No hay escenario que se parezca tanto a sus postales. Kylemore es un tercio castillo, un tercio centro religioso y el otro palacio. Estanque con cisnes, nenúfares, sauces llorones, bosques y riscos de piedra. Y cientos de selfisheros.

3. Cong

El pueblo en donde se rodó El hombre tranquilo, rebautizado por John Ford como Inishfree. Casi se puede recorrer siguiendo el ritmo de los puñetazos que se propinaban John Wayne y Victor McLaglen o los morreos del primero con la bellísima Maureen O’Hara.

4. Fuerte de Dun Aengus

Una fortaleza medieval en la isla mayor del archipiélago de Aran, Inishmore. Aquí todo resuena a batallas medievales, a armaduras de acero y, sobre todo, a piedra y a hierro, los materiales con que se han labrado estas costas.

5. Acantilados de Slieve League

Puede oírse el grito del halcón peregrino bajando desde las alturas de estos acantilados que, sin ser tan grandes como los de Moher, sí que alcanzan su solemne magnificencia. Apenas visitados, impresiona su vigor natural (más información en turismodeirlanda.com).

(*) Javier Reverte es autor de Canta Irlanda. Un viaje por la isla esmeralda (2014).