Invierno en Doñana

Reserva de la biosfera y Patrimonio Mundial. A la mayor reserva ecológica de Europa conviene, como casi a cualquier sitio, ir bien leído. Afortunadamente Doñana no es ni por lo más remoto parecido a un zoológico. De ahí la posible decepción de los despistados que esperen avistar un lince a las primeras de cambio. Reserva de la Biosfera, Zona de Especial Protección para las Aves y Patrimonio Mundial son algunos de los galardones que ostentan sus ecosistemas, entre los que presiden las infinitas marismas, inundadas con las primeras lluvias, que una barbaridad de aves migratorias vuelven a elegir para pasar el invierno.

Elena del Amo
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Foto: hector garrido/ EBD-CSIS

Doñana es una muestra de lo que podría ser el mundo sin el hombre; mejor dicho, sin que el hombre imperase en él”. El piropo, tan certero como agridulce, pertenece a una de las personas que mejor conoce este santuario de biodiversidad el doble de grande que la isla de Ibiza: Miguel Delibes hijo, director durante una década de la Estación Biológica que esconde en su corazón este descomunal mosaico de monte mediterráneo y bosques de ribera, de pinares, sabinas y dehesas de alcornoques, playas, dunas, lagunas y, sobre todo, de la emocionante horizontalidad de sus marismas.

hector garrido/ EBD-CSIS

La Estación, un laboratorio de campo al que solo puede accederse con la bendición del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), fue el embrión de lo que años más tarde se convertiría en la mayor reserva ecológica no ya de España sino de toda Europa. En 1964, jugando al teto con el franquismo, el naturalista José Antonio Valverde lograba con una campaña internacional sin precedentes reunir los 33 millones de las viejas pesetas que hacían falta para adquirir parte del que fuera durante siglos el coto de caza de los duques de Medina Sidonia, sentenciado por aquel entonces a convertirse en una zona económicamente productiva.

luis davilla

A esta primera finca se le añadirían con el tiempo muchas otras hasta alcanzar las más de 100.000 hectáreas del hoy Espacio Natural de Doñana. En las lindes de las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, bajo ese nombre queda englobado el Parque Nacional de Doñana y, como un cinturón protector a su alrededor, el Parque Natural de Doñana; ambos accesibles, al menos parcialmente, ya sí a cualquier mortal.

Marismas inundadas

Sin el empeño de aquellos conservacionistas que hace medio siglo lanzaron las alarmas para salvaguardarlo de la depredación humana, Doñana no sería la maravilla que es y muy difícilmente le habría llovido la ristra de galardones que, uno tras otro, avala su trascendencia: Reserva de la Biosfera, Zona de Especial Protección para las Aves, Red Natura 2000 o, entre tantos otros, Patrimonio de la Humanidad. Su ubicación a caballo entre dos continentes explica en buena medida el rol vital de sus humedales para los más de 350 tipos de aves que, procedentes de rincones tan dispares como Escandinavia o Kenia, recalan por aquí para anidar, pasar el invierno o descansar en sus migraciones.

hector garrido/ EBD-CSIS

Las más importantes, las que protagonizan sus láminas de agua en primavera, cuando de África comienzan a llegar garcillas, martinetes y muchas más especies que criarán por ellas antes de volver sobre sus pasos entre julio y agosto, y la que traen las primeras lluvias del otoño. Entonces, sus cielos se tiñen con espectaculares bandos de anátidas que, huyendo del norte de Europa, pasarán los fríos en Doñana. Ahora pues y hasta aproximadamente mayo es uno de los mejores momentos para asomarse a sus marismas, estos meses inundadas. 

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En el puñado de centros de visitantes del parque –sobre todo en el principal de El Acebuche– proporcionan información sobre cómo recorrerlo, y varios cuentan en sus inmediaciones con algún sendero por el que asomarse a pie o en bici a sus ecosistemas. Entre ellos, el de tres kilómetros y medio que se abre camino por los pinares, los carrizales y los observatorios de aves del Charco de la Boca, junto al centro de La Rocina; o, igualmente en las cercanías de la aldea almonteña de El Rocío, en el palacio del Acebrón, donde otra trocha algo más breve se cuela por un densísimo bosque de ribera. El bautizado en honor a José Antonio Valverde –el único de más difícil acceso por carretera en esta época de lluvias– se levanta a orillas del Parque Nacional, con colonias de aves revoloteando entre sus aguas a la vista desde sus miradores. 

Rutas y senderos

Numerosas empresas privadas proponen rutas incluso en bici, a caballo y hasta en dromedario o en globo por zonas de menor protección; es decir, por algunas del Parque Natural o por sus inmediaciones, donde a su vez existen varios senderos a emprender si se prefiere a su aire. También son de acceso libre los más de treinta kilómetros de playa virgen del Parque Nacional. Sobre todo en verano, bañistas llegados a pie o a pedales desde los pueblos vecinos de Matalascañas y Sanlúcar se adentran por este arenal atlántico flanqueado por las ruinas de torres vigías contra piratas y corsarios, algún ranchito de pescadores y cordones de dunas móviles muy capaces de pasarles por en cima a los pinos.

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Igualmente junto a Matalascañas nace un entramado de pasarelas de madera entre las dunas muy fácil de transitar, así como un carril cicloturista que, entre pinares y matorral mediterráneo, culmina en la antigua torre almenara del Pico del Loro. Si por el contrario se enfila desde su playa hasta la de Mazagón, podrán admirarse sus acantilados y sus dunas fijas incluso a caballo mientras, desde el poblado forestal de Cabezudos, es posible pedalear por una pista rumbo a Abalarios y sus lagunas.

hector garrido/ EBD-CSIS

Para internarse por las áreas más frágiles del Parque Nacional habrá sin embargo que sumarse a las visitas guiadas que se organizan en 4x4 a través de sus flancos norte y sur. Por el primero imperan los paisajes y la fauna de sus zonas de bosque y sus marismas, encharcadas normalmente del otoño a la primavera o convertidas en verano en un cuarteado desierto de arcilla por el que sobrevuelan los milanos y los buitres. Las rutas por el sur de Doñana, con salida en este caso desde El Acebuche, permiten admirar todos sus ecosistemas, incluidos, además de las marismas, sus cotos, algunas de sus dunas más altas y su vera. A ello se suman las singladuras que desde Sanlúcar, a bordo del buque Real Fernando, adentran durante unas cuatro horas a un centenar de pasajeros por el último tramo del Guadalquivir. Tanto estas excursiones terrestres como la fluvial se realizan a lo largo de todo el año. Porque no hay momento malo en Doñana. 

Las estaciones del parque

Si las lluvias del invierno hacen que regresen muchas aves y en primavera, además de con ellas, el parque se viste entero de color, los atardeceres del otoño no tienen comparación. Incluso en verano, cuando todo comienza a resecarse por obra y gracia de la canícula, las marismas y los lucios que aún conservan algo de agua concentran garzas, espátulas y especies tan buscadas por los fotógrafos como los flamencos rosados que recuerdan a los lagos africanos. Igualmente en el pleno estío resulta relativamente fácil avistar por sus extensiones a los ciervos con la cuerna ya crecida, a punto casi para la berrea. 

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Mientras la Casa de Medina Sidonia fue dueña de estos pagos, los cazaron desde señoritos hasta reyes, al igual que a los gamos y jabalíes que siguen abundando por este Espacio Natural que pudiera adeudarle el nombre a Doña Aña de Mendoza y Silva, hija de la princesa de Éboli y esposa del séptimo duque. En su afán por hacer más rentables estas tierras, fomentaron a su vez la cría de vacas y caballos marismeños que, para sorpresa de no pocos visitantes, aún pervive en algunas áreas. Y es que, guste o no, Doñana tampoco podría entenderse sin la interacción, no siempre amable, entre el hombre y la naturaleza. 

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La cosa viene tan de lejos que algunos arqueólogos han buscado bajo sus aguas el rastro de la Atlántida o de la también mítica ciudad de Tartessos. Sobre lo que no cabe hipótesis posible es que desde siempre sus planicies, encajadas entre las antiguas terrazas del río, se han aprovechado, amén de para cazar y pescar, para usos ganaderos y agrícolas y para extraer desde sal y miel hasta piñas o carbón vegetal. Tan cierto como que los más de mil pozos ilegales que le roban agua a Doñana son hoy una de las mayores amenazas para sus humedales y su fauna, es de ley reconocer que las rayas de las que se servían antaño los terratenientes durante las monterías se aprovechan ahora como cortafuegos.

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O que el haber funcionado como un coto privado de nobles hasta bien entrado el siglo XIX ha permitido conservar su vastedad tan inalterada como ha llegado a nuestros días. Estos parajes salvajes fueron de hecho el último rincón de España donde, en los años 60' del siglo pasado, se erradicó la malaria que campaba a sus anchas por las marismas. Solo una década antes, el guarda José Chico había dado muerte al último lobo de Doñana. 

Observatorio de Linces

Afortunadamente ni él ni otros tuvieron el mismo éxito con los zorros, las ginetas, los meloncillos y, aunque por los pelos, con el lince ibérico, el felino más amenazado del planeta y especie más mimada del parque junto con el águila imperial. El pasado mes de abril se inauguraba junto al centro de visitantes de El Acebuche el Observatorio de Linces, donde conocer de cerca a una pareja de estos gatos grandes incapaces de vivir en el campo. Avistar en libertad a alguno de los cerca de ochenta ejemplares que habitan el área de Doñana-Aljarafe podría considerarse casi un milagro. Uno de los responsables de la Estación Biológica confiesa habérselos cruzado apenas una veintena de veces en los más de treinta años que lleva peinando la zona. Eso sí, su primer encuentro tuvo lugar el mismísimo día que entró a trabajar como investigador en Doñana. Será pues cosa de plantarse en el parque y cruzar bien fuerte los dedos.