India: viaje a las raíces de la espiritualidad y la trascendencia
Un saludo, una guirnalda de flores, la luz de una vela… cada pequeño gesto encierra una tradición milenaria y una conexión con lo divino. Una espiritualidad cuyos dogmas aparecen en los monumentos más importantes de la India y se siente a orillas del Ganges. Una forma de vivir que se descubre en la concurrida Delhi, se advierte en la belleza del Taj Mahal y te envuelve en la misteriosa Benarés.

La llegada a la India puede ser un tanto abrumadora: el sonido incesante del claxon, la mezcla de olores, el constante fluir de personas, las motos y rickshaws circulando en calles imposibles y vacas acostadas en medio del gentío. Y sin embargo, entre el tráfico imposible y la algarabía constante, la vida sigue su curso mostrando que hay belleza en el desorden y armonía en el caos, pero también que la espiritualidad está entretejida en la vida diaria; es una forma de vivir, una manera de ver el mundo y de relacionarse con los demás. Se percibe en el saludo namaste, un gesto con el que dicen “lo divino en mí saluda a lo divino en ti”, en su hospitalidad —el huésped es visto como una manifestación de Dios (Atithi Devo Bhava)— y está presente en cada rincón, desde los templos hindúes, las mezquitas y gurudwaras hasta llegar a orillas del Ganges. Una espiritualidad que se refleja por igual en las tres religiones mayoritarias del país (hinduismo, islam y sijismo) y en sus emblemas arquitectónicos. Sus dogmas aparecen en las fachadas y en los espacios interiores de templos, palacios y mausoleos que se han convertido en símbolos del país.

Delhi, la capital de la India, es el mejor reflejo de esa energía que define al país. En sus calles se alzan monumentos que representan el hinduismo, el islam y el sijismo —entre otras religiones— y sus habitantes dibujan ese crisol de culturas y tradiciones que es India. Basta con acercarse a Chandni Chowk, el verdadero corazón de la ciudad. Un gran bazar de estrechas y laberínticas calles en las que pasado y presente coexisten armoniosamente. En sus bulliciosas calles viajeros hacen fotos, locales portan bultos sobre su cabeza o hacen la compra, y comerciantes conversan a la entrada de sus pequeñas tiendas, agrupadas según lo que vendan (perfumes, joyas, telas, especias…). No faltan las vacas, que en el hinduismo son animales sagrados y su veneración tiene que ver con la abundancia, la fertilidad y la maternidad. El sonido del claxon de motos y rickshaws es constante y abrirse paso entre el gentío resulta a veces imposible, especialmente en los puestos de comida callejera, siempre repletos de personas disfrutando de parathas rellenos, jalebis y samosas. En ese caos la belleza de la vida cotidiana y la convivencia de religiones, culturas y tradiciones: mujeres hindúes vestidas con coloridos saris, sijs con grandes turbantes cubriendo su larga melena y musulmanes con sus topi.

Los fastos del imperio mogol
Los fieles se dirigen a la cercana mezquita de Jama Masjid (mezquita del viernes), mandada construir por el emperador mogol Shah Jahan en 1644. El islam ya se había consolidado y el emperador necesitaba dar respuesta a las necesidades de los devotos musulmanes para que pudieran reunirse a orar los viernes —de ahí su nombre—. Al entrar la aglomeración persiste, pero el ritmo se ralentiza y la paz llena cada espacio de esa gran explanada que alberga a unos 25.000 fieles en oración y en cuyo centro brotan las aguas de una gran pila rectangular. Hay devotos rezando, aunque son muchos más quienes la visitan. Arcos, cúpulas, patios y dos minaretes de 40 metros conforman el patrimonio de esta joya arquitectónica. Sus más de cien peldaños llevan a contemplar la ciudad, cubierta por una capa de niebla grisácea. Delhi es una de las ciudades más pobladas del mundo y con más contaminación.

A poca distancia está otro proyecto monumental de Shah Jahan: el Fuerte Rojo o Lal Qila. Casualidad o no, su construcción comenzó en el mes sagrado islámico de muharram, el 13 de mayo de 1638 —las obras finalizaron una década después—. El acceso al Fuerte Rojo se realiza por la imponente puerta de Lahore y tras atravesar los arcos del bazar Chatta Chowk que, antiguamente, surtía de mercancías a la corte. Hoy es posible encontrar de todo. Al salir, un gran jardín cuidado, fuentes y canales de agua. Agua, luz y espacio que recuerda al diseño islámico, en esa búsqueda de la reflexión, y mármol blanco, símbolo de poder durante el imperio mogol. El interior del recinto imperial repite el esquema de la corte, las salas de audiencias, las residencias y los palacios. Algunos lucen hoy más austeros, como el Diwan-i-Khas, cuyo techo estaba incrustado con plata y oro. En el centro lucía el célebre trono del Pavo Real, adornado con piedras preciosas. La inscripción “si hay un paraíso en la tierra, es aquí, aquí” atestigua que el palacio se concibió a semejanza del paraíso descrito en el Corán. El recinto está protegido por su muralla, que sigue el cauce del río Yamuna, ese mismo en el que una llama eterna recuerda el lugar donde fue cremado Mahatma Gandhi en 1948. Su ubicación no es banal: los hinduistas consideran que el Yamuna es, después del Ganges, el río más sagrado de la India.

La hospitalidad de los sijs
La diversidad de Delhi se palpa en cada rincón, pero quizá es en Connaught Place donde mejor se percibe esa convivencia de culturas, comunidades, religiones y tradiciones. El centro financiero y comercial de Delhi es un lugar ecléctico en el que desgastados edificios victorianos albergan tiendas de marca que contrastan con los puestos de tejidos locales del Palika Bazar. También es un buen sitio para comer algo antes de visitar uno de los lugares más importantes de la religión sij en Delhi: el Gurdwara Bangla Sahib. Su gran cúpula dorada se advierte desde la lejanía, casi actuando de faro. Hay personas de todas las religiones, pero sobre todo sijes. Los hombres cubren su cabeza con turbantes, símbolo de identidad y compromiso espiritual, y llevan barba —el pelo se considera un regalo de Dios y no debe cortarse—. Algunos portan en su cintura una daga pequeña (kirpan), símbolo de poder y libertad, y un brazalete de acero, que simboliza la conexión con la divinidad y la comunidad. Las mujeres cubren su cabeza y llevan el salwar kameez, una camisa larga, similar a la vestimenta tradicional del norte de la India.

Antes de acceder al interior del templo hay que descalzarse, lavarse pies y manos, y cubrirse la cabeza. Unas escaleras llevan hasta la entrada al templo, una gran explanada blanca en la que los turbantes ponen la nota de color. En silencio los sijs acceden al interior, una gran sala cubierta con alfombras donde se consagran a la lectura ininterrumpida (ajand-path) del Guru Granth Sahib. En una pequeña tarima están quienes dirigen la oración y los músicos. La devoción en sus rostros y las letanías cantadas hacen del lugar un espacio de recogimiento único. Se acrecienta al salir, donde en el gran estanque, conocido como Sarovar, los devotos toman un baño ritual para purificar sus almas. Según el Sri Gurú Granth Sahib, el agua se considera el elemento más importante para el origen de la vida, de ahí que esté tan presente en el templo.

Pero una gurdwara es mucho más. Es donde se aprecia su hospitalidad y la labor que hacen por la comunidad. En la cocina comunitaria, llamada langar, decenas de voluntarios pelan verduras, amasan pan y cocinan platos tradicionales. Cada día, de forma gratuita, sirven comida a unas 40.000 personas sin atender a cuestiones de religión, género o condición económica. Sentados en las esteras y ante ese thali repleto de comida vegetariana, todos son iguales. A diferencia del hinduismo o el islam, el sijismo no cree en la división por castas ni en la adoración de dioses y diosas.
Agra, donde el arte y el amor se mezclan
En ese camino por la India espiritual hay que hacer un alto en Agra para conocer un monumento al amor y un punto de peregrinaje de quienes desean comprender el legado del islam en una era de esplendor artístico y tolerancia cultural. Se trata del Taj Mahal (Patrimonio de la Humanidad y una de las siete maravillas del mundo moderno), un conjunto tan perfecto como la historia que encierra: la devoción que Shah Jahan sentía por su esposa Arjumand Banu —más conocida como Mumtaz Mahal—, que murió al dar a luz a su decimocuarto hijo. Da igual cuántas veces se haya visto en fotos, entrar al recinto amurallado y ver el edificio reflejado sobre el estanque es un momento mágico que merece la pena ser vivido al menos una vez en la vida. Se alza al fondo del jardín, concebido como el Paraíso, sobre una base de mármol que sostiene en perfecta simetría las fachadas, cuatro minaretes y una cúpula en forma de bulbo y rodeada por otras cuatro más pequeñas.

De cerca enamora todavía más. Sobre el mármol traslúcido se esparcen millares de motivos florales e incrustaciones de piedras preciosas o semipreciosas. En su construcción trabajaron miles de personas y aun así se tardó veintidós años (1631-1648) en completar esta joya arquitectónica que combina elementos de las arquitecturas islámica, persa, india y turca. De regreso merece la pena sentarse en un banco, abstraerse de los visitantes y entregarse a la contemplación. Entonces te darás cuenta de que el sol ha cambiado su tonalidad. En la ciudad los muecines llaman para la oración mientras otros siguen elaborando guirnaldas de caléndulas —se considera sagrada—, que sirven en señal de respeto y devoción, y se ofrecen a las deidades como muestra de amor y reverencia. También a los invitados.

Benarés, la ciudad más espiritual
Del caos de Agra a la atmósfera mística de Benarés (o Varanasi en hindi) para comprender mejor el papel que juega el Ganges en el hinduismo. En un primer momento no parece una ciudad diferente. Reina el caos, el ruido y el bullicio, pero al llegar a los ghats, las escaleras que llevan al Ganges, esa espiritualidad y misticismo se vuelven protagonistas. El ajetreo en torno al río más sagrado para los hinduistas es intenso. Unos jóvenes se adentran en sus aguas purificadoras para expiar sus pecados, una mujer reza a la madre Ganga, niños corretean en las escalinatas y algunas personas lavan utensilios y prendas. De fondo, se escuchan mantras.

Y mientras la vida brota, la guadaña se presiente cerca. En los ghats conviven de forma natural la vida y la muerte y la atmósfera que se crea es tan contradictoria como hermosa. Hasta aquí acuden muchas personas para morir y ser incinerados en las escaleras. Según la creencia hinduista, si las cenizas de un difunto son echadas al Ganges, su alma se purificará y se liberará del ciclo de las reencarnaciones, obteniendo una buena vida eterna. Por su alma pura, los sadhus (monjes), las mujeres embarazadas, los niños y los picados por una cobra (representación de Shiva), entre otros, no se pueden incinerar y deben ser arrojados al río. Los ghats Manikarnika y Harischandra, los más importantes, pueden llegar a realizar alrededor de doscientas cremaciones diarias. Presenciar una es bastante habitual.

Una devoción hacia la madre Ganga que continúa al anochecer con el Aarti, el ritual religioso hindú con el que celebran la divinidad del río Ganges, que es reverenciado como una diosa. Cada escalón, pasillo y esquina está ocupado. Las miradas se dirigen a los pandits (sacerdotes hindús), vestidos con batas de satén de color blanco, rojo y azafrán. El murmullo cesa cuando alzan las lámparas de ghee encendidas y las mueven en patrones circulares. Los cánticos acompañan los movimientos de la coreografía. Al finalizar, muchas personas se aproximan a los sacerdotes para ser bendecidas, otras lanzan pequeñas lámparas flotantes con flores sobre el río, cada una simbolizando deseos, plegarias y agradecimientos. Una espiritualidad que inexorablemente se siente de una manera mágica. Entonces te das cuenta de que algo en ti ha cambiado.
Sin duda, visitar la India es transportarse a otro universo en el que la espiritualidad y el misticismo son los protagonistas, donde lo mundano se vuelve mágico, los olores despiertan los sentidos y en cada rincón hay una nueva emoción.
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