Iguazú, la primera maravilla de la naturaleza

Las Cataratas del Iguazú encabezan la lista de las Siete Maravillas naturales del mundo en la votación organizada por new7wonders.com. Comparten territorio con Brasil y Argentina, en la frontera con Paraguay, y despliegan un espectáculo único. Sus 275 saltos de agua muestran la fuerza explosiva de la Naturaleza con caídas de hasta 80 metros en un paisaje asombroso.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Si hay un lugar en el planeta donde ruge el agua con más intensidad ese es, sin duda, Iguazú. El Parque Nacional del mismo nombre fue declarado Patrimonio Natural de la Humanidad en 1984 y dos años después se convirtió en el escenario principal del rodaje de la película La Misión, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes. Su elección como una de las siete maravillas naturales del mundo en 2011 hizo que este paraje ubicado entre Argentina, Brasil y Paraguay multiplicara las visitas de un modo vertiginoso. El gran protagonista del parque es el río Iguazú, "agua grande" en guaraní, que desemboca en el Paraná y discurre con una anchura de 2.700 metros en este estratégico punto, salpicando islas e islotes para desembocar en un espectacular barranco de lava formado hace 120 millones de años. En este lugar hay 275 saltos de agua en forma de media luna, siendo el mayor de ellos de 80 metros de altura. El 80 por ciento de los saltos pertenece a Argentina y el resto a Brasil. Por eso se dice que el escenario natural se encuentra en suelo argentino y la platea, el grandioso espectáculo que conforman las cataratas, se ubica en territorio brasileño.

La biodiversidad del Parque Nacional, declarado como tal en 1934, es grandiosa, pero a primera vista lo que más impacta es el caudal del agua. Normalmente supera el millón y medio de litros por segundo, pero puede alcanzar entre 5 y 10 millones. En junio de 2014, por ejemplo, llegó a ser de 46 millones de litros por segundo debido a la rotura de una represa del río en suelo brasileño. Se produjeron entonces las inundaciones más graves de su historia y muchas de sus pasarelas quedaron destrozadas. Hoy, las nuevas instalaciones, desmontables, permiten evitar ese problema en caso de que se produzca otro desastre por el aumento del caudal del río.

La selva nativa

El actual parque protege una extensión superior a 67.000 hectáreas de selva nativa, pero antiguamente llegaba desde Bahía en Brasil hasta los límites de Buenos Aires en el delta del Tigre, "alrededor de 80 millones de hectáreas", comenta Iván Piedrabuena, director general del departamento de turismo de las cataratas del Iguazú. Por desgracia, la deforestación acabó con gran parte de esta selva y Misiones, la región argentina donde se encuentran las cataratas (un 1% del territorio argentino), es ahora la que goza del área mayor de selva, con un millón de hectáreas en toda la provincia (saltos, cascadas, ríos, ecolodges, destinos de agroturismo...). Llama la atención que la región más diminuta de Argentina cuente con el 30 por ciento de la biodiversidad existente en el país. Esta exuberante selva, que se dio casi por perdida en el siglo XX, ha preservado más de dos mil especies de plantas, muchas de ellas recuperadas tras la declaración de Parque Nacional; ahora es abundante otra vez en lianas, epifitas y helechos, destacando especies importantes como el bosque de palmito y el palo rosa (árbol gigante de la selva de casi 40 metros de altura) y el laurel. En cuanto a su exótica fauna, destacan los monos caí, coatíes, ardillas, tucanes, urracas, agutíes, cuises, zorros de monte, lagartos y, por sus huellas, es posible adivinar la presencia del jaguar y del puma. En el agua, algún caimán, serpientes y tortugas de agua, junto a numerosos peces, y desde el cielo, los vencejos de cascada –el símbolo del Parque Nacional– y más de 450 especies de aves.

Un rodaje especial

El primer impulso popular del parque se produjo tras el estreno de la película La Misión. Roland Joffé, su director, estudió a fondo la selva que rodea las cataratas para situar la trama. El realizador franco-británico tenía muy claro que Robert de Niro y Jeremy Irons debían ascender por los acantilados de la isla de San Martín, el pedazo de tierra en medio del río que hace frontera entre Brasil y Argentina, para lograr así un entorno espectacular en una historia sobre los primeros jesuitas que llegaron a estas tierras. Joffé confesó que su trabajo no podría haberse realizado sin el apoyo de las comunidades indígenas y en particular de los miembros de la comunidad guaraní de Iguazú. Tras el rodaje, algunas de las promesas sociales que el equipo prometió a esa comunidad quedaron al parecer en el olvido. El filme, una desgarradora y auténtica historia de los indígenas en las reducciones jesuitas durante el siglo XVIII (1750), que en su mayor parte ocuparían el actual Paraguay, recibió la Palma de Oro de Cannes y el Oscar a la Mejor Fotografía. La escena más memorable de la película se desarrolla cuando miembros guaraníes que vivían en la parte superior de las cataratas ataban a un sacerdote en una cruz para arrojarle por uno de los saltos más fascinantes del Iguazú. Cuando los turistas divisan el salto San Martín, el lugar exacto donde se rodó esta escena, quedan impactados por la fuerza del agua, que inunda en muchas ocasiones gran parte de la isla, lo que obliga a veces a cerrar este punto por seguridad.

Aquel equipo del rodaje se instaló en el Hotel Internacional, hoy en manos de la cadena Meliá, dentro del Parque Nacional. Desde allí se puede organizar la visita como en ningún otro sitio a través de los diferentes senderos del parque. Antes de iniciar la ruta conviene saber que hay dos circuitos principales a pie, el superior y el inferior, sin escaleras, y que casi todo el recorrido es accesible para personas discapacitadas. El superior tiene una longitud de 1.750 metros y se recorre normalmente en dos horas. Arranca a doscientos metros de la Estación Cataratas del Tren Ecológico de la Selva, con un recorrido que permite disfrutar de una vista panorámica de la herradura de los saltos. Desde el comienzo resulta asombroso asomarse a los balcones y miradores de la ruta. El salto Dos Hermanas es el primero de otros muchos, como Chico, Ramírez, Bossetti, Adán y Eva y Bernabé Méndez o Mbiguá, hasta que se alcanza el segundo más importante del sistema: el salto San Martín. Es este el punto mirador con la mayor y mejor visión panorámica de todo el parque: desde este balcón puede divisarse, en la orilla brasileña, el hotel Das Cataratas y los elevadores del Área Naipi del Parque Nacional do Iguazú. Del lado argentino la mirada se dirige al Hotel Internacional, la Torre Tanque –que se asemeja a un faro–, los balcones de los circuitos Superior e Inferior, la isla San Martín y, a lo lejos, la pasarela que conduce a la Garganta. El circuito inferior presenta una longitud de 1.700 metros. Normalmente se cubre durante una hora y 45 minutos de visita. En este paseo las pasarelas se adentran en la frondosidad de la selva, hacia el contacto directo con la rompiente de los saltos Dos Hermanas, Chico y Ramírez. El primer tramo termina en una pasarela que pone al visitante al pie del enorme murallón de agua que impresiona cuando se observa el salto Bossetti y muy cerca, a unos 20 metros, se halla el acceso al embarcadero desde el cual los turistas cruzan en bote a la isla San Martín.

La visita de las cataratas

La visita más espectacular del parque se sitúa en la Garganta del Diablo, allí donde se divisa y se siente el salto más importante y caudaloso de los 275 que integran el sistema de las Cataratas del Iguazú. Para llegar a este punto hay tomar un tren desde la Estación Cataratas, siempre rodeada de pacíficos coatíes –aunque conviene tener cuidado porque la mordedura de este animal es peligrosa–. La llegada a la garganta siempre impresiona porque parece un gigantesco embudo que se traga todo el agua del planeta con un sonido estruendoso. Ban Ki-Moon, ex secretario general de Naciones Unidas, visitó este mirador en 2016 e hizo caso de los guardas del parque moviendo con las manos sus orejas hacia delante para escuchar mejor el sonido del agua. Después de esa experiencia comentó con gran asombro que nunca había visto y experimentado algo parecido a lo largo de su vida.

Desde el lado argentino, los circuitos pueden recorrerse las veces que uno quiera, sabiendo que a las seis de la tarde se cierran los senderos por motivos de seguridad. Pero antes del final de la jornada casi nadie se pierde la experiencia más divertida y refrescante. Todos la conocen como La Gran Aventura y es la única que se puede realizar a través del agua, pues permite introducirse en los saltos para mojarse por completo. La actividad se desarrolla en unas lanchas, que los locales llaman gomones, para navegar hacia el interior del cañón del río Iguazú sorteando todo tipo de corrientes. Normalmente es divertida y se agradece para combatir el calor. Si se llevan cámaras fotográficas, algo normal en este sitio paradisíaco, no hay que preocuparse pues ofrecen unas bolsas especiales para protegerlas del agua antes de la partida. El remojón está asegurado, por lo que se recomienda el uso del bañador o de impermeables, sobre todo si la temperatura es más fría. Desde la lancha se aprecian los saltos del lado brasileño y argentino con panorámicas desde el agua muy llamativas. El tour culmina con una impresionante vista de la Garganta del Diablo y del salto San Martín, un descenso por el río de 5 kilómetros y un paseo relajante por la selva en un camión 4x4 descubierto equipado con asientos exteriores.

Eduardo Grund

La huella de los guaraníes

Para completar la experiencia en Iguazú no está de más acercarse al corredor peatonal de las cataratas en Brasil. Conviene saber que aunque desde la orilla argentina se divisa perfectamente el suelo brasileño, si se quiere acceder al Parque Nacional de Iguazú en el país vecino hay que recorrer 40 kilómetros en coche, cruzar la frontera y encontrarse con muchos más turistas. Las panorámicas de todo el conjunto son grandiosas, pero la visita se realiza en grupo y resulta mucho más complicada sobre todo a la hora de tomar fotos. A final del recorrido existe la posibilidad de acercarse a la Garganta del Diablo en su parte inferior con una pasarela que se adentra hasta los saltos. El baño es otra vez inevitable, con una sorpresa inesperada: un bellísimo arco iris casi completo. Los guaraníes constituyen el otro gran protagonista de Iguazú. Los descendientes de aquellos indígenas se han adaptado completamente a la vida moderna y mantienen a duras penas sus tradiciones. El paso de los jesuitas marcó la vida de sus antepasados. Aprendieron la lectura, los trabajos artesanales y agrícolas, la música y muchos de ellos se instalaron en las ciudades tras la expulsión de los jesuitas. Hoy muestran su artesanía en lugares tan mágicos como La Aripuca, donde existe la posibilidad de admirar el tamaño de los árboles gigantes que ocupaban esta selva virgen. Desgraciadamente ya no queda casi nada de estas maravillas de la flora americana, pero sí se puede descubrir en este recinto el árbol del mate, una hierba que comenzó a cultivarse en Misiones por los propios guaraníes y que ahora es muy popular, por ejemplo, entre los futbolistas de Argentina, Uruguay o Paraguay.

En los alrededores de las cataratas no hay restos de misión jesuítica alguna. Quien se sienta interesado por su historia puede acercarse a la misión de San Ignacio Miní, en la provincia de Misiones, la más bella y la más visitada de Argentina. Se sitúa muy cerca de Posadas, la capital, a dos horas y media en coche desde Puerto Iguazú. Los sacerdotes José Cataldino y Simón Masceta fundaron esta misión en 1610 junto a otras que en 1631 serían asediadas en forma constante por los bandeirantes. Estos portugueses cazadores de esclavos eran también combatidos por los jesuitas que convivían en esta reducción con más de 4.000 guaraníes. Los indígenas vivían en casas con capacidad para cinco ocupantes y toda la comunidad podía entrar en la iglesia para asistir a los oficios de pie. Es precisamente este templo de piedra roja, con una fachada de 24 metros, lo que más impresiona a los visitantes, junto a la plaza de armas, con dimensiones superiores a las de un estadio de fútbol. Todo un ejemplo del barroco guaraní, con una arquitectura muy bella, llena de detalles, sobre todo palomas y flores, que fue descubierto y recuperado de una vegetación que lo ocultaba entre 1940 y 1948 por el arquitecto Carlos Onetto. En 1984 esta reducción y otras más cercanas, como Nuestra Señora de Loreto, fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Eduardo Grund

Leyenda de amor en la Garganta del Diablo

La leyenda de la que surgió el nombre de Garganta del Diablo refleja el amor prohibido entre una princesa y un príncipe guaraní: Tarobá y Naipí. Ante la posibilidad de contraer matrimonio, Tarobá decidió secuestrar a su doncella india escapando por el río, pero el diablo, Boi, se puso tan furioso que partió el curso del río formando las cataratas. La pareja quedó atrapada, de tal manera que la cabellera de la mujer se transformó en la caída de las cataratas y el hombre en los árboles y palmeras que rodean a los saltos. La condena del diablo era clara: una eternidad cercana pero sin contacto. Se dice que el diablo se sumergió en la garganta y desde ahí vigila que los amantes no vuelvan a unirse. Sin embargo, en los días muy soleados el bello arco iris supera el poder de Boi y los junta de nuevo, burlando esa condena. Desde el punto de vista histórico, se sabe que el descubridor Alvar Núñez Cabeza de Vaca intentó sin éxito cambiar el nombre de la Garganta del Diablo por el de Santa María, pero finalmente se mantuvo la denominación guaraní.

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