Ibiza en velero: el viaje soñado (y ahora, más aún)

Descubrir, desde el mar, los encantos de la Isla Blanca, es hacer un viaje sensorial

Noelia Ferreiro
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La mayor de las Pitiusas, demasiado estereotipada en su faceta festiva, esconde también un rostro sosegado: el que permite ver, desde el mar, su perfil salvaje, alejado de excesos y derroches. Nada como desconectar del bullicio con una tentadora travesía a bordo de un velero. Una estupenda manera, en estos tiempos de guardar distancias, de descubrir sus encantos: acercarse a calas inaccesibles, recorrer acantilados escarpados y bañarse en el Mediterráneo más puro, allí donde la luz del día eclipsa a las tentaciones nocturnas.

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Navegar sobre las aguas cristalinas  de la Isla Blanca es aventurarse en un viaje sensorial que conecta con la naturaleza. Con las velas desplegadas, empujadas por los vientos de Levante, Mistral o Tramontana, se disfruta de esa otra Ibiza que sigue el curso de su costa dentada y va ofreciendo, como regalos sorpresa, playas cada vez más deslumbrantes.

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Dormir bajo las estrellas

Hay muchas formas de abordar esta experiencia. Desde paseos de un par de horas por la mañana o para contemplar la puesta de sol, hasta excursiones de varias jornadas en las que el barco fondea en alta mar y se duerme bajo las estrellas. También se puede elegir entre embarcaciones comandadas por una tripulación o un simple alquiler sin patrón, aunque para esto, claro, se requiere disponer del título del PER.

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Después, todo será elegir el rumbo, teniendo en cuenta la orientación del viento. Acercarse, por ejemplo al sur, donde la costa dibuja las playas más extensas, los largos arenales casi siempre equipados con chiringuitos y tumbonas: la animadísima Playa d’en Bossa, la oficialmente nudista Es Cavallet o la popular Ses Salines, con sus cuatro kilómetros de dunas, beach clubs y gente guapa. Hay también alguna excepción, como la pequeña Es Codolar, más tranquila y familiar.

Acantilados y hippies

Navegar por el norte, sien embargo, es descubrir un litoral escarpado que presenta erguidos acantilados entre los que se encajan calas maravillosas. Aquí el mar es de una transparencia suprema, especialmente en rincones tan escondidos como Xuclar, S´illot des Renclí, Xarraca o Benirrás. Esta última, de grava dorada, es famosa por la fiesta hippy de los tambores, que se celebra cada domingo del verano.

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A bordo, aguardan múltiples actividades. Hay quien prefiere participar en las labores náuticas y quien simplemente opta por tomar el sol bajo la hipnótica imagen del azul infinito. Todo ello, mientras desfilan escenarios fantásticos, alejados de las muchedumbres. Como el rosario de calitas contiguas que encontramos en la costa oriental: Niu Blau, S’Argamassa, Cala Pada, Cala Nova… Y una desconocida que, desde el mar, resulta altamente tentadora: Cala Llenya, con forma de media luna y rodeada de un frondoso pinar.

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Un atardecer de película

Navegar en velero permite también asistir a un acontecimiento mágico: el de contemplar desde cubierta conmovedoras puestas de sol, sin las comunes multitudes a las que acostumbra este momento. Para ello hay que acercarse a la Ibiza occidental. Es el lugar donde residen las calas más espectaculares, agraciadas con un bello entorno natural. También es el lugar donde se sitúan la mayoría de las discotecas y los concurridos locales de chill out. Pero sobre todo, es el lugar desde el que se capturan el ocaso.

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Antes, conviene darse un chapuzón en Cala Salada (o en su diminuta hermana, Cala Saladeta), donde el agua no puede ser más turquesa. Y contemplar de lejos Cala Bassa, muy frecuentada por turistas y Cala Compte, tal vez la más famosa de la isla, a menudo salpicada por lujosos yates. Pero es en Cala d’Hort donde hay que prepararse para el espectáculo del atardecer con las fabulosas vistas sobre el islote de Es Vedrá. El magnetismo está asegurado.

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