Ibiza en invierno: cuando la isla blanca duerme

Lejos de la faceta festiva, la mayor de las Pitiusas es, en estos meses fríos, un refugio de soledad y de silencio.

Noelia Ferreiro
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Foto: Juergen Sack / ISTOCK

Hay un momento del año en que la Ibiza ojerosa del derroche echa mano del freno. Tiene lugar con el nacimiento de cada año, en los meses de enero y febrero, cuando la isla recupera su serenidad natural, aquella que nada tiene que ver con fiestas permisivas y excentricidades millonarias. Aunque la mayor de las Pitiusas está estereotipada en su faceta festiva, en invierno, la luz del día eclipsa a las tentaciones nocturnas. 

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Sin gente, sin ruido, sin tráfico, es hora de descubrir los secretos que se ocultan entre sus pliegues. Especialmente los de la capital, con la maravillosa Dalt Vila en su versión solitaria. Aquí, en la parte más alta, nació esta ciudad que lleva el mismo nombre de la isla y que hoy constituye su casco viejo. Un dédalo de callejuelas que trepan por una colina y que, por su fuerza evocadora y su belleza medieval, está declarado Patrimonio de la Humanidad. 

Sabor medieval

Elevada sobre un promontorio, Dalt Vila es un recinto amurallado que conserva su sabor medieval como pocas ciudades del Mediterráneo. Aquí, a un paso del estruendo de las discotecas y del glamour de los yates, Ibiza permanece ahora inalterada y eterna. Puede que cambien los restaurantes, que broten las galerías de arte, que muden de piel las boutiques, que el desfile de gentes siga los diferentes dictados de la moda. Pero sus arcos de piedra, sus fachadas encaladas y su empedrado pulido conforman una estampa inmortal. Como una isla dentro de otra isla abrochada por muros milenarios. 

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Dalt Vila, que es el resultado de una superposición de culturas (púnicos, romanos, bizantinos, árabes, aragoneses, catalanes…) fue fortificada por Felipe II para proteger la isla de los ataques piratas del siglo XVI. Hoy asomarse al mar desde sus murallas renacentistas, perfectamente conservadas, es retrotraerse a los tiempos en que aquella alianza entre turcos y franceses suponía un serio peligro para el imperio español. 

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Sin rumbo ni meta

Ahora que escasean los turistas, es un gusto subir a la ciudadela. Y aunque se puede entrar desde diversos puntos, lo mejor es hacerlo desde Ses Taules, al que se accede por la Plaza del Mercat a través de una rampa empinada. Comienza entonces el laberinto de calles blancas y muros carcomidos, las cuestas que se aúpan y descienden para dejar ver el puerto abajo, las casas señoriales, los zaguanes frescos, los rincones con encanto que sólo quedan al descubierto de los viajeros menos perezosos. Porque si bien lo más recomendable es deambular sin plano ni guía, la ruta intramuros siempre se hará en dirección a la parte alta, ejercitando las piernas.

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Una vez arriba, todo será deleitarse con la panorámica que se vierte desde el punto más elevado, donde descansa el conjunto monumental de la Catedral, la Almudaina, el Palacio Episcopal y el Museo Arqueológico. Allí la vista alcanza el trazado de las murallas, los pintorescos barrios de La Marina y Sa Penya, el pueblo blanco desparramado por la bahía y, en los días claros, hasta Formentera de fondo.

Las playas vacías

Otra Ibiza diferente en estos meses invernales es la que sigue el curso de su costa y va saltando de cala en cala. Es la Ibiza de las playas, ahora tranquilas y solitarias, ideales para pasear, aunque siempre habrá algún valiente que se atreva con un chapuzón. Los que no, podrán disfrutar de una imagen que también con frío y lluvia parece de postal. 

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Desde Dalt Vila, rumbo al sur, encontramos los arenales más extensos, ahora sin chiringuitos ni tumbonas: Playa d’en Bossa, Es Cavallet o Ses Salines. Y tras pasar Cala Llonga, apreciada por su ausencia de oleaje, ese rosario de calitas contiguas que son la imagen del paraíso: Niu Blau, S’Argamassa, Cala Nova, Cala Llenya … Si optamos por el norte descubriremos un litoral escarpado, trazado con acantilados entre los que se encajan otras calas maravillosas. Aquí el mar es de una transparencia suprema, especialmente en rincones como Xuclar, S´illot des Renclí, Xarraca o Benirrás. 

Juergen Sack / ISTOCK

Pero conviene acercarse a la Ibiza occidental para apreciar el verdadero contraste entre las estaciones. Porque no sólo se trata del lugar donde residen las calas más espectaculares (Cala Salada, Cala Bassa, Cala Compte, Cala Vadella…), agraciadas con un bello entorno natural, sino también la mayoría de las discotecas y los concurridos locales de chill out. Eso sí, tanto en invierno como en verano, es el lugar desde el que se capturan unos atardeceres de película. Sobre todo en Cala d’Hort con las fabulosas vistas sobre el islote de Es Vedrá. 

Paso a paso