Huelva y Bajo Alentejo

"Horizonte 2006" es el programa europeo que ha estado invirtiendo millones de euros para abrochar pueblos fronterizos de los Picos de Aroche (Huelva) con municipios simétricos al otro lado de la Raya, la frontera más abismada al sur de Portugal.

Carlos Pascual

Los Picos de Aroche, la zona más occidental de la Sierra de Aracena, bien pudo ser el limbo escurridizo, desesperado, que abocetó Delibes en Los santos inocentes. Su condición de frontera, en todas las edades, es responsable de esos latifundios insondables apenas humanizados por algún cortijo secreto, de esas dehesas de encinas, al cornoques y castaños a cuya sombra sólida sestean piaras negras como tizones, cuyos muslos son un oro púrpura tan codiciado en la cuenca como un mineral precioso. Los programas europeos para la integración regional (Interreg III) han tratado de colmar ese vacío y han planteado actuaciones de forma especular, de modo que cada acción a un lado de la Raya estuviera contrapesada por otra intervención en una población gemela del lado opuesto. Los resultados se pueden apreciar a través de una ruta transfronteriza, siguiendo la carretera N-433, que va desde Aroche y su comarca hasta la ciudad de Beja, capital del Bajo Alentejo portugués: tan cerca y tan lejos, como siempre. Un a modo de mágico prólogo en Alájar: un pueblo blanco y prieto que se recuece bajo la Peña de Arias Montano, el humanista encargado por Felipe II de preparar la Biblia Po líglota en Amberes (donde se hizo amigo de Rubens, que le pintó un retrato). Arias Montano, heterodoxo y listo como el hambre, atribuía a ese peñasco propiedades magnéticas y esotéricas. Ahora es merendero y santuario, o viceversa. Perderse por las fragosidades que arropan a Alájar y su peña nos lleva a descubrir pueblos serranos como Castaño del Robledo o Fuenteheridos, donde la autenticidad no es una pose, es una fatalidad. Pueblos de radiante belleza Siguiendo la N-433, al cabo de algún giro asesino tendrá que aparecer uno de los pueblos más seductores del recorrido, Almonaster la Real. No puede ocultar su belleza radiante, ni su oficio de guarda de frontera. Sobre el cerro, a cuyos pies se remansan las casas, quedan restos del castillo, pero pocos: con sus piedras se erigió una iglesia y una plaza de toros, allí mismo, sobre el teso. Para el templo no tuvieron que gastar mucha piedra ni mucha caloría porque aprovecharon una mezquita. Expurgada ésta recientemente de postizos, ha recobrado su humilde y emocionante aspecto original. Ahora se utiliza como aula del espíritu, tanto para actos culturales como de culto (ya sea islámico o cristiano). También Cortegana, más adelante, se presenta como jalón fronterizo, con su castillo (bien conservado en este caso) sobre un cono empinado que protege al desbarajuste de calles con anarquía de medina mora. Una estampa similar a la de Aroche, más grandona, como clueca principal que es. Aroche no conserva muchos restos vetustos, pese a ser he- redera de dos asentamientos históricos (luego fundidos), Arucci y la romana Turóbriga. De la época almorávide es el castillo, cuya plaza de armas fue convertida en coso taurino. En la parroquia anexa trabajaron firmas reconocidas en tiempos renacentistas. La cilla o convento de Jerónimos aloja un incipiente y voluntarioso museo local. Hay algunas casonas nobles del XVIII, muchos bares y buenas tapas, y muchísimo trajín de perros, ojeadores, guardas y escopetas cuando se levan- ta la veda; la caza es un buen negocio, lo mismo que el turismo rural, que aprovecha los cortijos solitarios, antes estigmatizados. Vestigios romanos A partir de Aroche, la frontera se espesa y el paisaje se aclara. Ni un pueblo hasta Rosal de la Frontera, a casi medio centenar de kilómetros. La vieja condición de fielato de ese pueblo apenas se deja notar en las tiendas heteróclitas de productos típicos, a un lado y otro de la calzada. El vacío se hace más angustioso, si cabe, cuando se ha cruzado la Raya. Apenas un par de villorrios antes de llegar a Serpa (que está geminada con Rosal, para los dineros europeos). Serpa sorprende, tiene vistosas murallas, quesos con fama y un festival de teatro importante. De Serpa a Beja, más de los mism es decir, vacío, paisaje abandonado; ¿de verdad estaremos en Europa? ¿No habremos cruzado una raya hacia otra dimensión del espacio? Pero n Beja acapara a todos los cristianos que faltaban, y además los apiña en cuatro calles imposibles (para los coches sobre todo). Se ve que es sarracena, tanto como el castillo en su casco amurallado. De sus raíces romanas queda lo demás: los trigales anchos, los olivos, el corcho, los cielos despejados...