Huelva, la costa que conoció Colón

La Costa de la Luz es un apelativo que comparten Cádiz y Huelva. La desembocadura del río Guadalquivir separa las dos provincias. Del lado onubense, las playas vírgenes de Doñana son el preámbulo de un litoral luminoso y bien cuidado que se extiende hasta la desembocadura del río Guadiana, frente a las costas portuguesas.

Manuel Mateo Pérez
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Foto: typhoonski / ISTOCK

Huelva está encajonada entre la desembocadura de dos grandes ríos. Antes de dejarse caer hasta el salado océano Atlántico, esta provincia andaluza ha tenido ocasión de paladear las aguas dulces del Guadalquivir y el Guadiana. El primero baja desde Sevilla y Córdoba y es navegable por esta raya grisácea que entra y sale de Sanlúcar de Barrameda. El Guadiana, en cambio, es un río menor. Ensancha sus orillas a la altura de Ayamonte y el puente internacional que lo cruza en dirección a Portugal nos hace creer que es más grande de lo que en realidad es.

La Costa de la Luz onubense es una extensión de playas infinitas, arenas doradas y dunas fósiles que separan las aguas oceánicas de un interior que pronto se arruga para hacerse vitivinícola y serrano. Doñana es su más ilustre puerta de entrada, el único lugar del Mediterráneo español que conserva una excelsa colección de playas vírgenes. Llegar a ellas es una tarea complicada. Y no porque su entrada esté prohibida, sino porque no existen carreteras para llegar hasta aquí, y eso, en estos tiempos, es una manera muy inteligente de disuadir a los turistas. Los cerca de cuarenta kilómetros del parque nacional y su entorno son el mayor tesoro costero que Andalucía posee. Los caminantes más valientes estacionan sus vehículos en Pueblo Andaluz, que es una urbanización próxima a Matalascañas, y se adentran a pie hasta perderse en territorios deslumbrantes donde el océano azota con más furia y la arena es más dorada y limpia que en ningún otro lugar.

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Camino de Mazagón hay un Parador de Turismo que se asoma al océano desde un alto acantilado, dejando a un lado y a otro una panorámica de playas infinitas. Mazagón es la síntesis de los pueblos costeros que han sabido conjugar el desarrollo económico y el respeto por su entorno natural. Sus playas están adornadas con banderas azules que dignifican el esfuerzo de sus vecinos y gestores. Frente a sus costas se halla la isla de Saltes, un istmo a modo de flecha atrapado entre las marismas.

A un paso de estos mares están los Lugares Colombinos. El epicentro de estos parajes históricos donde Colón llegó en busca de consejo y apoyo es La Rábida. En estos patios mudéjares y estas salas hoy decoradas con pinturas al fresco de Daniel Vázquez Díaz el genovés urdió su empresa descubridora con el decidido apoyo de los monjes franciscanos. A su lado queda la sede iberoamericana de la Universidad Internacional de Andalucía y a orillas de la marisma del Tinto, el Muelle de las Carabelas, un parque temático donde se recrea con exquisito acierto la gesta del almirante a través de la reproducción a escala de las tres carabelas que le llevaron hasta Nuevo Mundo.

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El Monumento a la Fe Descubridora fue el regalo que Estados Unidos hizo a Huelva por su significación histórica. Es una escultura realizada por la escultora Gertrude Vanderbilt Whitney. No representa a Colón, como habitualmente se cree, sino a uno de los monjes franciscanos que con su apoyo lograron que Colón fuera recibido por la reina Isabel y consiguiera en Granada la financiación necesaria para su empresa.

Colón abre las puertas de la ciudad de Huelva, situada en las desembocaduras de los ríos Tinto y Odiel. Por dentro, Huelva posee algunas plazas con encanto como Las Monjas, una catedral reciente, un paseo conocido como el Conquero y un barrio inglés dedicado a la Reina Victoria cuyas casas reproducen las pautas de la arquitectura británica.

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No está lejos Punta Umbría, una localidad protegida por un paraje natural sombreado de enebrales que ha hecho de la gamba blanca un símbolo de la gastronomía andaluza. Las lagunas, los esteros y las marismas se suceden camino de El Rompido, una colonia veraniega, protegida por una flecha de arena fina que las aguas del río Piedras construyeron a su paso.