Hoteles rurales de La Vera

Entre tantos lugares hermosos de su vasto imperio, el emperador Carlos I escogió La Vera para retirarse a vivir allí sus últimos días, envuelto en la exótica magia y belleza del paisaje de esta comarca extremeña. La estela de su presencia sigue siendo una invocación para los hoteles de la zona que se afanan por reinventar el turismo rural.

Miguel Mañueco

Carlos I bien podría haber elegido para su jubilación un castillo de ensueño del Rin, un pinturero palacio flamenco o una refinada villa italiana. Y, sin embargo, el achacoso monarca se acordó de La Vera, esa espléndida ladera extremeña del sur de Gredos que llega hasta el río Tiétar, bendecida por la bonanza climática, bella y frondosa. Su retiro, que sólo duraría dos años hasta su muerte, lo albergaría un palacete a la manera del que contempló su niñez allá en Flandes, pegado al monasterio jerónimo de Yuste.

Hizo su último viaje a lo largo de la calzada romana que atraviesa el puerto de Tornavacas. Desde allí vería la geografía y la espléndida naturaleza de estos lares, y allí mismo tuvo que pernoctar, en una casa serrana. Claro que, si tan noble tránsito se efectuara hoy, el mismo Carlos hubiese insistido en seguir un poco más, adentrarse en la comarca y llegarse hasta Villanueva de la Vera. Así su majestad hubiese podido descansar en El Balcón de la Vera, uno de los esmerados hoteles rurales con que cuentan estos idílicos paisajes.

Milagro de fertilidad en la meseta
Desde la loma sobre la que se asienta el edificio, de nueva factura pero tributario de la arquitectura tradicional verana, el ilustre viajero hubiese podido contemplar el generoso panorama, presidido por las cimas de Gredos, entre ellas la del Pico Almanzor. Se deleitaría con toda esa vegetación, misterio de la naturaleza, densa y verde, con robles y helechos como en el norte, con olivos y chumberas como en el sur, con plantas de tabaco como en tierras exóticas, con muchos manantiales y riachuelos saltarines.

Qué bendición del cielo, diría el monarca, y lo dice cualquiera ante este milagro de fertilidad en medio de la austera meseta.

Qué bien se disfrutan esos dones en la soledad de El Balcón de La Vera. Su fachada color burdeos, con un mirador y varios balcones de madera, encierra un entorno acogedor. Muebles y decoración de buena calidad en habitaciones y suites de diferentes colores e inspiraciones crean una atmósfera que se aleja de lo rústico y que tiene su colofón en el restaurante. Hubiese disfrutado el emperador cenando cabrito en la pérgola cubierta del jardín, que, desde sus naranjos y limoneros, mira a la sierra y forma parte de una gran finca donde hay espacio para caminar o cabalgar. Así lo hacen los cazadores alemanes, americanos o belgas que suelen alojarse aquí en la época de caza de la cabra montés.

En algún momento seguirán ellos la carretera que dibuja el trazo del camino romano seguido por Carlos. Saldrían a saludarlo las gentes, un tanto confundidas, desde sus casas de piedra y adobe en Villanueva y en Valverde de la Vera. No estaría entonces Losar de la Vera decorado por tantos setos esculpidos como lo está ahora. Podría haber sido aquí su retiro de haber conocido él la existencia de Antigua Casa del Heno. Un camino rústico surca unos tres kilómetros de verdes parajes desde Losar hasta llegar a este establecimiento, pionero de la hostelería rural esmerada en La Vera. Con 14 años de existencia, ocupa una antigua casa de labranza con almacén de heno y secadero de tabaco, y quizás no es el más elegante, pero sí el más genuino. La madera invade su interior dando un sencillo pero apetecible encanto a las habitaciones y, sobre todo, a la recepción, espacio con sabor a refugio de montaña de los de buen ver. Y todo macerado y matizado por la soledad del bosque de robles que lo rodea, allí a la orilla de otra garganta, pues sólo a través de estos desfiladeros pueden los arroyos fluir en esta tierra con perfil de ladera. Los nuevos propietarios de Antigua Casa del Heno son cuatro matrimonios madrileños que hace bien poco se liaron la manta la cabeza y han cambiado el mundanal ruido capitalino por el sosiego de La Vera.

Y es que no hay que ser emperador para tomar decisiones heroicas. Incluso aunque se opte por residir en Jarandilla, localidad siguiente en la ruta verana donde se dan ajetreos más urbanos al pie de su castillo, enhiesto y simbólico parador nacional en estos días. A esta fortaleza ya la hizo im- portante Carlos cuando residió en ella un tiempo, hasta que se terminaron las obras de Yuste. En realidad, le dio el toque de gracia a toda la comarca, que, agradecida, hoy le brinda su vocación turística. Los hitos de su vida por estos pagos inspiran carteles y nombres, como el del hotel rural Ruta Imperial, situado a las afueras de Jarandilla, con vistas a la garganta de Jaranda, que por fin tiene agua después de la dura sequía. En este establecimiento, el refinado diseño se impone a lo rústico, apenas representado en sutiles detalles, y plantea las tendencias que en los últimos años sigue la hostelería rural, cada vez más estilizada y menos rural. Está bien. Tiene que haber de todo, y no cabe duda del deleite que para muchos será el sello de los buenos muebles y diseñadores de habitaciones, cada una definida en color y estilo propios.

El camino del emperador terminó en Cuacos de Yuste, pueblo que conserva con esmero las gracias y donaires de la arquitectura tradicional. Entre sus soportales y casas de fachadas entramadas se moverían con apremio administrativos y criados, pues aquí residió la Corte, y así esta población fue durante esos dos años capital de una gran parte del mundo conocido. Unos y otros a diario hacían y deshacían a pie el camino hasta el monasterio donde su majestad imperial, inmovilizado por la gota y la obesidad, rezaba y pescaba.

Sinfonía del buen arte decorativo
Rememora aquellos aconteceres el hotel rural Abadía de Yuste, sito en plena calle principal de Cuacos. Aunque poco lo pregona su fachada exterior, más bien pequeña e insignificante, dentro se despliegan patios de exquisito gusto rústico y evocadores. Las habitaciones, que llevan nombres de los lugares importantes en la vida de Carlos, se asoman a estos espacios que desembocan, escaleras arriba, en la piscina. En medio se disponen las construcciones como si de la calle de un pueblo serrano se tratase. Y aquí, una cascada o el mismísimo escudo del Imperio. Y arriba, un restaurante con gusto renacentista. Y hacia la calle, un bar donde acude la gente del pueblo, que bueno es no esconderse en esas islas que son los hoteles y, de vez en cuando, saber bien dónde se está. El restaurante aledaño al bar tiene merecido prestigio en la comarca a costa de mezclar con sabiduría lo nuevo y lo tradicional. Un buen lugar para probar el secreto del cerdo, deliciosa carne escondida en el animal que es una de las suculentas especialidades extremeñas.

La comitiva imperial no llegó más allá, pero La Vera sí lo hace. Su ecléctico festival de vegetación continúa desparramándose hacia el oeste, siempre en pendiente, salpicado de pueblos o casas aisladas o secaderos de tabaco rodeados de árboles frutales. Al pie de una ladera, donde ya se adivina el final del argumento paisajístico de Gredos, está el pueblo de Arroyomolinos de la Vera, envuelto en una quietud y una autenticidad que también hubiese complacido a su majestad.

Placer redondo si hubiese conocido el hotel rural Peña del Alba, ahí mismo, en un campo de las afueras. Las acertadas líneas y el excelente sentido decorativo presiden este establecimiento. Si bien por fuera se trata de una construcción moderna poco sutil, por dentro es una auténtica sinfonía del buen arte de la decoración. Elementos mestizos, con abundancia indonesia, y excelentes trucos visuales -como el colorista cuadro hecho a base de esponjas de baño- hacen de las habitaciones, cada una en su propia inspiración, y de las partes comunes un mundo refinado y acogedor a la vez. Afuera, más allá de la piscina y siempre de fondo, la silenciosa y tajante presencia de las montañas, que a vuesa merced, señor emperador, le hubiese deleitado otear mientras daba buena cuenta de uno de los creativos platos del renombrado restaurante, que se llama La Era de mi Abuelo. Mire usted qué gracioso.