Hoteles de San Sebastián

El marco excepcional de la bahía de La Concha sedujo a monarcas, burgueses y artistas a principios del pasado siglo. La capital donostiarra se había reinventado a sí misma para ser ciudad balneario de altos vuelos y lo había hecho con gustoso acierto. Cinco de sus hoteles preservan hoy los ecos de aquella "bella época".

Miguel Mañueco

Resplandecían las salas del Gran Casino y el bullicioso ajetreo parecía flotar en su propio fulgor. La misteriosa Mata Hari, el inopinado León Trotsky y el inspirado Maurice Ravel deparaban con unos y otros, aristócratas o banqueros, estirados burgueses o glamourosos artistas de toda Europa. Eran los años duros de la Primera Guerra Mundial y la elite del buen vivir había buscado su dorado refugio en San Sebastián, ciudad balneario elegida y bendecida por la monarquía española desde mucho antes. La historia de lujosos veraneos había comenzado en 1845, cuando por primera vez la reina Isabel II había elegido el magnífico escenario de La Concha para los baños de mar que le habían sido recomendados como remedio para sus males de piel. Tras ella llegó la Corte y la más significada nobleza, que iban y venían, hasta que en 1885 y tras la muerte de Alfonso XII, la reina regente María Cristina, a la que -ya lo dice la canción- había que seguirle la corriente, institucionalizó esta sana costumbre.

Edificios a la francesa
La espléndida bahía era muy seductora. Sólo era necesario convertir la pequeña villa amurallada a los pies del monte Urgull en ciudad balneario con el énfasis requerido. Derribadas las fortificaciones en 1863, se inicia la construcción del ensanche a base de calles lineales y amplias, que se van llenando de edificios con pretensiones, muy a la francesa, sobre todo en sus tejados de mansarda. En 1887 abrió sus puertas el Gran Casino, con su empaque palaciego, que atraería la atención de más celebridades nacionales y extranjeras. Años de donosura y refinado divertimento que terminaron cuando en 1940 fue prohibido el juego y el edificio se convirtió en Ayuntamiento de la ciudad. El burocrático oficio, que dura hasta el día de hoy, no resta majestuosidad a la construcción, que desde sus dos estilizadas torres sigue reinando sobre los jardines Alderdi-Eider y La Concha.

No dejarían de admirar los ilustres personajes al salir del casino, aun a altas horas y embebidos en su diversión, el espectáculo tremendo y hermoso de la gran playa, enmarcada por la gustosa y blanca baranda y las historiadas farolas. Y la curiosidad les haría mirar hacia el muy británico Palacio de Miramar, que María Cristina se había hecho construir en el más idílico lugar: el rocoso promontorio que separa La Concha de la playa de Ondarreta, brazo de arena también generoso que llega hasta el Monte Igueldo. Antes habían residido los monarcas en el Palacio de Aiete y, entre idas y venidas, la regente inauguró en gran hotel que lleva su nombre.

Discreta pero solemne fue la ceremonia que abrió las puertas del hotel María Cristina el 9 de julio de 1912. El edificio, de elegancia también muy francesa, enseguida catalizó la intimidad y los eventos más exclusivos de los excelsos veraneantes. Reyes y magnates bajaban de sus habitaciones para asistir, en alguno de los salones, a una exhibición de diseños de Coco Channel o Jean Patou. El glamour no cesó con el paso de los años pues al refinamiento aristocrático se le vino a añadir el fulgor de las estrellas que el Festival de Cine nunca ha dejado de llevar a San Sebastián.

Elegancia inglesa
Las salas y habitaciones testigos de tan reluciente devenir han sido adaptadas a la evolución del confort, pero han conservado su envolvente y plácido estilo belle époque . La suntuosidad palaciega recorre la recepción y los salones, entre marmóreas columnas y mobiliario con la elegancia inglesa de principios de siglo. El empaque de buenos y altos vuelos también inspira el ambiente del bar Gritti y del restaurante Easo, que se asoma con sus mejores aires al Urumea. La magia arquitectónica de la ciudad, con esa querencia tan parisina, se concentra y resume en la desembocadura del río, entre las portentosas farolas del puente Zurriola y la clásica elegancia del puente María Cristina. Los vividores de la belle époque , admiradores de los arrebatos creativos del momento, quizás no se hubiesen asustado tanto al ver los cubos traslúcidos que forman el Kursaal. El auditorio y palacio de congresos ideado por Rafael Moneo, sede de la activa vida cultural donostiarra, tuvo la osadía de plantar su esquematismo en medio de tan decimonónico entorno. El tiempo lo ha encajado en su sitio y ya es un icono más de la ciudad, que se ufana de no haberse quedado quieta en los efluvios del pasado. Su vista es especialmente significativa desde el teatro Victoria Eugenia, fruto de la misma iniciativa y del mismo tiempo que el hotel. Mucho de los aristocráticos brillos estivales de antaño y de famosos y famosas del cine sabe también este enjundioso edificio, embebido en sus líneas neoplaterescas, estilo elegido por el éxito que había tenido el pabellón de España en la Exposición Universal de París de 1900.

Tras la opereta parisina o el ballet ruso, los elegantes veraneantes se acercarían hasta los cafés del Paseo de La Concha. Allí mismo se hospedaría alguno de ellos, en el hotel de Londres y de Inglaterra, y hoy no iría al casino, se quedaría en la habitación leyendo y deleitándose con el panorama magnífico de la bahía. Renovado en 1999, el hotel ha mantenido el ambiente decorativo que las habitaciones tenían desde su apertura en 1902, y que acomodó las horas íntimas de Sarah Bernhard o Toulouse-Lautrec, quien por cierto se fue muy asustado cuando, la noche del 27 de agosto de 1893, las gente amotinadas quisieron asaltar el hotel porque en él se alojaba el presidente Práxedes Mateo Sagasta. Hoy sus salones, así como el bar Swing o la brasserie Mari Galant, tocados de modernidad pero fieles a las formas de los viejos tiempos, contemplan el sereno tránsito del Paseo de La Concha.

Los atractivos del Monte Igueldo
Por el carril bici o por entre los jardines, despacio, la vista se la llevará casi siempre la bahía, con el mágico toque geográfico de la isla de Santa Clara. Y así enlazar con el Paseo Nuevo, hasta ascender al pequeño mundo del Monte Igueldo en el mismo funicular en el que lo hacían los remirados veraneantes de antaño, y, como pudieron hacer ellos, apuntarse al vértigo de la Montaña Suiza (que no rusa) o a la calma de un paseo en pony. Lo que ellos no vieron fue el Peine de los Vientos, herrumbrosas esculturas de abstracto diseño que se alían con la fuerza del mar para lograr su efectismo y que son una de las obras más populares de Eduardo Chillida.

A la familia del conocido artista local ha pertenecido siempre el hotel Niza, que también forma parte de la primera línea del Paseo de La Concha. Desde el salón de recepción, cargado de muebles y detalles emblemáticos de los años 20 y testigo también de tantas veladas exclusivas desde su apertura en 1911, el viejo y original ascensor de madera da acceso a las habitaciones. El aire de época en ellas es inevitable, pero aquí sí se optó en la última remodelación por la renovación del mobiliario a costa de líneas más modernas y simples y colores más intensos y atrevidos. La modernidad y linealidad calculada están también presentes en la cafetería, que se llama Biarritz, y en el restaurante, La Pasta Gansa, de buena cocina italiana. Ambos dan vista a la playa y a su ensueño de armonía entre lo urbano y lo humano.

Detrás se extiende la ciudad creada para la vida bien vivida. Disfrazadas de carteles y recordatorios de lo más actual, la Avenida de la Libertad, la Plaza Guipúzcoa o el Boulevard retienen esa época en que las cosas se hacían por gusto. Por ahí asoma la torre de la neogótica catedral del Buen Pastor, definitiva e impecable, como correspondía a una ciudad que quería ser distinguida.

De pintxos en la Parte Vieja
Lo auténtico y genuino hizo plaza fuerte en la Parte Vieja, en torno a la porticada Plaza de la Constitución. Los ilustres de otros tiempos recorrerían estas estrechas calles para visitar sus iglesias o el convento dominico, hoy museo de San Telmo. Los visitantes de hoy se lanzan afanosos a la ruta de pintxos. Y es que, en la ciudad de más estrellas Michelin por metro cuadrado en el mundo, los atractivos gastronómicos están inspirando una nueva belle époque para el turismo. Pero la evocación de aquella bella época no se ha de perder. Es el estilo de fondo de la ciudad, su esencia reinventada. Por eso, alguno de los nuevos establecimientos hoteleros no pierde de vista esas maneras de decorar y ambientar. El hotel Europa ocupa uno de los afrancesados edificios del ensanche, muy cerca de La Concha, que se rehizo entero por dentro hace no tanto y se decoró de acuerdo a los cánones de aquellos "felices 20". Comedidos toques, sin mucha pretensión, crean la suficiente sensación de autenticidad en el comedor y en las habitaciones, siempre recreando el estilo de mobiliario victoriano.

Con pretensión y estilización sorprendentes, la ambientación belle époque ha inspirado la conversión de una de las antiguas mansiones y su jardín de la zona de Gros en el hotel Villa Soro. La muy británica casa, decorada en sus salas y habitaciones con los detalles más expresivos de la época, es la estampa perfecta de aquel sentido del buen vivir. Se impone una velada en el Gran Casino con la mismísima Mata Hari y después a dejar que la noche se diluya...