Hoteles de la Costa Brava

Hay que tomarse tiempo para conocer de verdad la Costa Brava. Sus bellos escenarios guardan, al borde del mar o a pocos kilómetros, mágicas y solitarias calas o gozosos y evocadores pueblos medievales. Estos cuatro hoteles se integran perfectamente en esta trama. Para vivirla mejor...

Miguel Mañueco

Lanza sus ráfagas de luz el faro de Sant Sebastià y se difuminan por entre la invisible bruma del Mediterráneo. Pero no se pierden, que bien los distinguen los barcos que se alejan de Barcelona o los que vienen de Marsella. Y así, año tras año, desde el siglo XIX, cumpliendo su función de faro esencial de la costa catalana. Tan importante lo hacen los 175 metros de la montaña sobre la que se levanta, Sa Guarda, que se adentra en el mar y baja a su encuentro en el acantilado de Salt de Romaboira. Domina su altura la parte de la Costa Brava que pertenece a la comarca gerundense del Baix Empordà, sucesión de entrantes y salientes que, entre rocas y bosques, se enredan con el mar. Brava esta costa que se hace con trozos del Mediterráneo en sus calas y que siempre dibuja su perfil por encima de las olas.

Faro con vistas al Mediterráneo
Todo lo ha visto el faro, como la vieja torre de vigía, que mucho podría contar de piratas y contrabandistas, y la ermita, excelente palco para el retiro espiritual. Entre ambas estaban las estancias donde hace mucho tiempo vivieron hombres que quisieron apartarse del mundo sin dejar de verlo. Sus monacales paredes pasarían a ser, posteriormente, las de un hostal, que bien se puede imaginar encantador y adecuado para los veraneos al viejo estilo. Ahí estaba la inspiración. El conjunto y su emplazamiento ya eran mucho. Merecían la restauración y las reformas que lo han convertido en el delicioso hotel que es hoy y que, naturalmente, se llama El Far.

El faro y la vista ya han predispuesto el ánimo, y es pura complacencia acceder al edificio, a su fantasía de paredes blancas y piedra de sillería, que aglutinan y enmarcan la torre de vigía y la fachada de la ermita. Fluye la sensación por el patio, a través de su tramoya de evocadoras plantas y luces, recoletos sotechados y una escalera que se bifurca y que llega a las habitaciones. Los colores han dado vida propia a cada una de las habitaciones, con sus techos abovedados, sus terrazas y sus panoramas de mar. Espacios que acogen una decoración clásica pero ligera, a costa de no ponerle reparos a un buen sillón de mimbre. La solemnidad se queda en la ermita, que se conserva tal y como la vio Alfonso XIII cuando por aquí se llegó en 1929. Los placeres se quedan en estos tiempos ante un buen plato tradicional con los justos retoques de los que sirven en el gran restaurante, deliciosa tramoya de columnas y murales abierta al horizonte del Mediterráneo.

A esa línea quieta de manso mar mira, desde abajo, la pequeña playa de Llafranc, envuelta en las líneas de las viejas casas. Es la Costa Brava del Baix Empordà terreno más sosegado de turismo, donde sólo de lejos se adivinan los ajetreos de Blanes o Lloret. Es el tiempo retenido a pesar de todos los pesares. Son pueblos fieles a su esencia que se esconden de esas otras realidades inventadas para el turismo. Calella de Palafrugell abraza sus calas con las fachadas sencillas y sinceras de su entramado urbano, callejuelas que se despliegan alrededor de la iglesia. El único jaleo aquí tiene el ritmo acompasado de las habaneras, canciones que cuentan nostalgias y amores sin dramatismo y con la tristeza justa.

Atmósfera minimalista
Aún más recoleto es el pequeño mundo de Sa Tuna, cala recogida entre el mar y las montañas, con sus viejas casas marineras. Pero muy poquitas, las adecuadas para que el hechizo de lugar agraciado no se rompa en ningún momento, ni siquiera cuando se llenan sus restaurantes de comensales ávidos de buen pescado. Es una de las playas de Begur, la población que se despliega tierra adentro, bajo la montaña de su castillo, o lo que queda de él y de todo lo que allí hubo desde tiempos prerromanos. El tránsito por las calles pasa por buenas tiendas y detalles que denotan que la zona es una de las elegidas de la gente de "buena clase" de Barcelona, acaso a la zaga del rastro dejado por las casas de indianos. Todo queda cerca y lejos en el enclave románico de Esclanyà, ensimismado en la atmósfera romántica de la iglesia y el castillo.

Pocas son las poblaciones del Baix Empordà sobre las que no asoma una torre medieval. Los restos de muralla, el campanario inacabado y los viejos caserones de piedra definen el perfil del pueblo de Regencós, a tres kilómetros de la costa, donde está el Hotel del Teatre. La vieja construcción que ocupa contiene la más moderna magia del minimalismo bien entendido y aplicado. Las seculares irregularidades de paredes y bóvedas son aprovechadas para envolver en blanco los oportunos detalles decorativos y muebles de acogedora y marrón linealidad. Paredes enteras de cristal hay en alguna de las habitaciones para ver las boscosas montañas, como también se avistan desde el restaurante, que está enfrente y que ocupa lo que fuera el teatro del pueblo y da nombre al establecimiento. El minimalismo inspira también este espacio, obrando su milagro estético esta vez sobre paredes de crudo cemento y el viejo escenario iluminado por las clásicas bombillas. Cocina imaginativa es lo que le va a un espacio así, enfatizado por el aire chill out del jardín y la piscina.

Una tramoya de fantasía
Relajación de tiempo quieto es lo que proporcionan, sin parafernalias, las pétreas callejuelas que recorren Pals, escaparate medieval de la zona. La Torre de les Hores, reminiscencia del antiguo castillo, tiene un reloj que podría estar parado sin que nada se notase entre los restos de murallas o ante la gótica Iglesia de Sant Pere. La historia también se detuvo en Peratallada, que así se llama porque sus fosos defensivos están "tallados" en roca. Sus callejones de piedras vetustas se despliegan con poética parsimonia en torno al castillo, que con entusiasmo restauraron los condes de Montgrí, y al perfil románico y gótico de la Iglesia de Sant Esteve. Dentro del laberinto de encantadoras casas ancianas, que cruzan las calles en frecuentes arcadas y que se visten de profusas enredaderas, está el Hostal Miralluna.

La antigua construcción, que ocupa el rincón de una plazoleta, con su jardín y su alberca, con su terraza y su salón-invernadero, esconde toda una tramoya de fantasía. Su propietaria, que se dedicó a las antigüedades durante veinte años, ha dado rienda suelta a su imaginación y a sus recursos. Y el resultado es un adorable eclecticismo que llena habitaciones y espacios comunes de muebles y colores de diversas inspiraciones, antiguos trajes, muñecas, piezas barrocas, colores intensos o templados... Todo metido en el saco de la misma armonía y el mismo buen gusto, que invita a sentarse y observarlo todo, tranquilamente, y a disfrutar del peculiar espacio donde se va a pasar la noche. A la mañana siguiente, el reencuentro con el mundo se producirá en el jardín, frente a un completo desayuno. ¿Salmón ahumado? ¿Fruta? Todo sabrá rico en este escenario escondido en Peratallada.

Vieja masía de estilismo moderno
¿Cuántos rincones idílicos se agazapan en tantos pueblos hermosos del Baix Empordà? Mucho es lo que sugiere esta tierra de toscana belleza, que el perfil medieval de sus pueblos y sus verdes colinas evocan el carisma de la región italiana. La realista comparación puede aplicarse tierra aún más adentro. A media hora en coche desde la costa está el pueblo de Madremanya, ya en la comarca de El Gironès, sobre una suave colina, entre tierras de cultivo y boscosos cerros. Se impone la silueta de su fortificada Iglesia de Sant Esteve (siglo XIV), y compone una postal de idealismo rural. Su realidad de historia en piedra se descubre subiendo la calle Sant Felip y asomándose a cada recoveco con sabor de siglos. Qué buen refugio de las hostilidades urbanas. Claro que hay que saber vivir sin los estímulos explícitos de la gran urbe... Eso sí, unos días en un pueblo así sólo pueden sentar bien. El Hotel La Plaça ocupa una masía del siglo XV, en la que se mantienen las viejas piedras, las bóvedas, pinturas murales y mosaicos, encauzados dulcemente en el estilismo moderno de muebles y decoración. El sincretismo calza bien en todas las habitaciones, donde un baño acristalado expone sus innovadoras líneas junto a la mesa más rústica, o donde una bañera de mármol mezcla bien su neoclasicismo con el efectista recurso de un poema "escrito" en la pared. Un tanto sincrética también es la carta del restaurante, pues se trata de platos tradicionales catalanes reinterpretados. Es todo un clásico en la zona este espacio gastronómico, al son de sus techos abovedados y de su jardín, que incluye huerto, pérgola y una alargada piscina pensada para nadar y con intencionado aspecto de alberca. Y siempre el panorama de los campos y colinas. Toscana ensoñación, sueño de vida serena.