Hoteles de golf en el Algarve

Paisaje de sosiego , ondulado hor izon te bajo un sol amable, pla yas abier tas o solemnes acantilados, colores y sensaciones del sur... El perfil del Algarve, la franja meridional del vecino territorio portugués, daba la talla y el empaque justos para convertirse en el paraíso de golf que es en la actualidad y del que dan buena y cumplida cuenta estos cuatro hoteles.

Miguel Mañueco

Fue sir Henry Cotton en 1966 el primero en imaginar espléndidos campos de golf alfombrando los sinuosos parajes del Algarve, el brillo de su verde intenso entre los matorrales, destello sobre la línea del mar. Ese inmenso Océano Atlántico se pierde en el infinito y siglos antes elucubró los sueños de don Enrique el Navegante. Otros mundos, otras vidas, el meloso susurro de la lengua portuguesa resonando en rincones de todo el planeta. Empresa harto grandiosa que el rey luso acometió con entrega desde los puertos de Lagos y Sagres, allá donde la tierra se acomoda al mar, aunque él mismo se hubiera lanzado desde los escarpados del cabo San Vicente, porque ya se sabía entonces que allí tampoco se encontraba el fin del mundo.

En las juguetonas formas rocosas de la llamada Costa Vicentina, al borde de grandiosos acantilados, hubiera colgado con gusto el caballero inglés hace cuarenta años su anhelado campo de golf. Pero ni uno ni otro. Ese hermoso litoral al oeste del Algarve tenía sus propias leyes geográficas y no se dejaba así como así. Lo tuvieron que reconocer las autoridades y lo convirtieron en parque nacional, gloria bendita en pleno frente de invasión turística. En el entorno de Portimao y sus playas dóciles tuvo que ser el sueño: los golfistas ingleses estarían encantados, handicap arriba, handicap abajo, con darle a la pelota bajo el sol de sur, entonados los movimientos por la acogedora temperatura de casi todos los meses. El hotel sería grande y elegante, con tonos meridionales y británicos gustos decorativos para que la cosa no dejase de ser homely. Esos detalles primeros siguen inspirando el complejo que ahora se llama Le Meridien Penina Golf Resort.

Se suceden los salones y restaurantes, se superponen los muebles y decoraciones muy inglesas a las muy lusas paredes blancas y azulejos. Caminan pasillo a la derecha, escalera a la izquierda, tu- ristas británicos ya vestidos para jugar. ¿Dónde será hoy? ¿En cuál de los tres campos con que cuenta el hotel? Con ganas de lucirse, podrá ser el campo Championship, que, con sus 18 hoyos, ha sido escenario de campeonatos portugueses e internacionales. Aunque, con sus nueve hoyos, el Penina Resort también da la talla de los experimentados. Y para los apenas iniciados están los también nueve hoyos del Academy, que es un primor para mejorar los golpes y para pasarlo bien. Cuántas anécdotas recorrerán más tarde las tumbonas que circundan la enorme piscina, las sombrillas de la terraza o las mesas del restaurante Sagres mientras se sirve una cena temática. Hoy toca Portugal y, cómo no, habrá fados en vivo y en directo. Nostalgia que no apena, que sólo emociona.

Mucho famoseo inglés frecuenta Le Meridien, y juegan, o hacen que juegan, en los mismos greens en los que hace años se aplicaron Bob Hope, Sean Connery, Bill Cosby o Paul MacCartney. Vistas al verdor del paisaje y de la vida tuvieron estos señores desde las suites que ocuparon, como hoy las hubiesen tenido en otros campos de golf del Algarve, que son treinta, y eso es mucho. Todo un boom vino a ser la idea de sir Henry Cotton, y la sureña región lusa devino en destino dorado de aficionados de este deporte, que, aunque actualmente más popular, sigue fiel a sus maneras de buena clase. Así lo han tenido en cuenta en el Vila Vita Parc, situado a pie de costa en las proximidades de Porches. Se trata de un pequeño mundo aparte. O más bien grande, pues nada le falta: caminos empedrados recorren la sinuosidad de un terreno abrazado por la playa, entre construcciones de sureña inspiración y jardines, y cascadas, y estanques... Y un campo de golf pitch putt con nueve hoyos para abrir el apetito deportivo antes de trasladarse a cualquiera de los grandes campos vecinos. El otro apetito, el del hambre, se resuelve en uno de los restaurantes, donde la cocina regional, portuguesa o mediterránea está bien elucubrada. Como también lo está la decoración de espacios comunes y habitaciones, atenta a los guiños del confort clásico, pero sin perder de vista los hitos locales. Tipiquísimos azulejos y maquetas de naos descubridoras para que nadie se llame a engaño. Aunque bien pudiera alguien sentirse a las órdenes de don Enrique a bordo del lujoso yate de que dispone el hotel, o deportista de élite en la pista de tenis, o estupendo vividor en el relajante spa. Pues eso: a vivir que son dos días.

A existir a tope estos días de vacaciones, que -ya se sabe- se pasan volando. Entre hoyo y hoyo, un hueco debería quedar para conocer las buenas cosas del Algarve. Castillos, casas blancas o chimeneas muy suyas en Faro, Silves, Tavira, Loulé o Vila do Bispo. La tradición se resiste a quitarse de en medio en pueblos de pescadores como Salema, Burgoa o Sagres. A la bahía se asoma la arquitectura secular de la ciudad amurallada de Faro, queriendo resguardarse del ajetreo de la zona nueva, fruto de la reconstrucción tras el terremoto de 1755. Tantas cosas han pasado. Y quién lo diría en medio del desenfado e indolencia que aparenta todo lugar turístico.

A la expresión de la naturaleza le quedan muchos recodos de sinceridad. La vida vegetal escueta de la región se hace obsequiosa en el parque natural de Ria Formosa, en la reserva de Castro Marim o en las sierras de Monchique y de Caldeirao. La playa Arrifama sigue escondida bajo los altísimos acantilados del oeste, defendiéndose del bravo oleaje del océano abierto.

El mar es una forma de ser y los sabores son los del pescado fresco, incluido -por supuesto- el bacalao, y el marisco de buena raza, que se festeja a todo tren en el Festival de Olhao. Qué no sabrán de estos extraños y sabrosos bichos marinos en los restaurantes del Vila Sol Spa Golf Resort. Detallismo cuidado a más no poder en un hotel de muy alto nivel construido en una amplísima área de golf, que cuenta con tres campos de 27 hoyos cada uno. El césped inmaculado y los juegos de los trayectos con la naturaleza abarcan todo un territorio, por donde se cuelan armoniosas urbanizaciones de villas para quien quiere tener su propio espacio en este otro reino del golf. Hay tiempo para todo aquí, donde parece que las cosas circulan a su propio y plácido ritmo, donde el tiempo se mide y se percibe de otra manera porque transcurre más lento, respirándose a fondo cada minuto.

El moderno edificio del hotel ocupa con majestuosidad el corazón del resort. Sus amplios espacios, siempre muy abiertos al exterior, siguen la trama decorativa que trazó Graça Viterbo, una de las diseñadoras portuguesas más prestigiosas. Los muebles de empaque clásico y los colores cálidos se ensamblan a través de secuencias precisas de intenso azul o rojo, y demuestran que la amplitud moderna también puede ser acogedora. La vista desde las terrazas hace el resto: ahí mismo está el mar, la playa con acceso directo, las suculencias de bienestar del fantástico spa, la piscina, los jardines con sus lagos. El agua es elemento constante de los parajes que recorren los golfistas. En ningún otro sitio del Algarve es así como en el Campo Royal de Vale de Lobo: en el hoyo 16, uno de los más fotografiados de Europa, el golpe de salida tendrá que recorrer 218 metros hasta alcanzar el green, pasando por encima de tres espectaculares acantilados.
Buena maña y el uso acertado de todos sus palos precisará el experimentado jugador para seguir el imaginativo argumento del campo de golf San Lorenzo, integrado en el parque natural de Ria Formosa, amalgama de marismas donde se confunden tierra y mar. De sus dunas se aprovecha el recorrido del campo Pinheiros Altos para que, golpe a golpe, a través de los lagos y entre naranjos, pinos, olivos y eucaliptos, la bola atraviese un mundo completo. Al capricho natural de Ria Formosa también se alinean los campos de golf de Quinta do Lago, internacionalmente reconocidos y sede de importantes campeonatos. Una maraña de rotondas bien indicadas recorre el espacio inmenso, entre los recorridos de cuidado césped, jardines con aspiraciones de tropicalidad y sucesiones de buenas casas con aire de eternas horas muy llevaderas.

Caldo de espléndido cultivo para el hotel Quinta do Lago, levantado en su propia ensoñación verde junto a la playa, que se alcanza a través de un largo puente de madera que atraviesa la marisma. En la recepción, en los restaurantes o en las habitaciones también se ha intentado que los espacios abiertos se llenen de perspectivas y rincones cálidos. Efecto conseguido, sin grandes méritos, a costa de la consabida mezcla de muebles clásicos y moderna ornamentación. De todas formas, cualquier alarde decorativo se empequeñece ante la invasión constante y espectacular de la vista exterior. El mar lo envuelve casi todo y se apodera con naturalidad de todas las sensaciones estéticas, y así que pasen las horas en el restaurante, después de saborear un estilizado plato tradicional portugués; o en el bar, en pos de un denso y digestivo combinado; o en la terraza, mientras se alarga sin apenas sentirla la hora del café.

Algún atardecer así, con ese sol que se aleja lentamente, que se pierde en el horizonte del Océano Atlántico hasta iluminar varias horas después las costas americanas, debió de disfrutar sir Henry Cotton. Satisfecho con el sueño íntimo cumplido, complacido al saberse autor de un auténtico paraíso. Y bien que don Enrique el Navegante no lo conociera, porque acaso el Algarve de hoy en día, convertido en tierra de sosiego y placeres, le hubiese disuadido de su avidez de encontrar lejanos edenes.