Hoteles de Formentera

Podría decirse que Formentera es uno de los últimos paraísos del Mediterráneo español. Por suerte, el turismo en la isla ha respetado el entorno con una vocación definitivamente ecológica. He aquí cuatro establecimientos para disfrutar de sus parajes ideales y sus mágicas playas.

Brilla el mar de azul rotundo, a trazos turquesa, y el aire espiral, caluroso, desdibuja el horizonte. La quimera de un mundo sin líneas ni rincones flota en el aire una vez que el barco deja atrás los bastiones de la ciudadela de la vieja Ibiza. La luz se hace aún más poderosa en plena mar. Mediterráneo sin concesiones, fiel a su leyenda. Superada la punta sur ibicenca, ya se distingue la mancha alargada que es Formentera. La bruma la descubre poco a poco, al final de un reguero de islas e islotes. Un gigante podría llegar a saltos desde una isla a la otra, que se ve y que se sabe que son una misma esencia geográfica.

Pitiusas las llamaron los romanos por sus muchos pinos. Ellas dos y las que quedan en medio, como Espalmador, que ya es un trozo de Formentera. En la bajamar, casi sale a flote el sendero pétreo que las une. Tierra inhabitada de ecológico sosiego es esta pequeña isla, aunque le llegan trozos del clamor estival ibicenco. En sus calas se cuela también el ajetreo: se acumulan numerosas embarcaciones, ociosas y lujosas, y la gente chapotea en la incandescente transparencia de sus aguas. Pero antes se habrán embadurnado todos con el fango de la laguna de la playa y se habrán secado apaciblemente al sol, anhelando algún que otro sortilegio de la naturaleza sobre su piel y sobre su alma.

Evocación de lo sencillo
Un escenario mágico, que cura abiertamente y sin rituales, es la playa de Illetas, que ocupa la punta más norte de Formentera. El color del mar aquí, turquesa, brillante y deslumbrante, deja atónitos a muchos visitantes que nunca se hubiesen esperado algo así fuera de las latitudes tropicales. Luego está la arena, muy clara y muy fina, que se debate con el agua entre los recovecos de roca o se acrecienta en las dunas. Todo ello forma parte del Parque Natural de Las Salinas, en torno a la geométrica cuadrícula de los viejísimos estanques hechos para la extracción de sal. Hoy en desuso, estos trozos de agua retenida se han convertido en hábitat de aves muy ad hoc y en un paisaje que parece eterno, como si de verdad fuera natural.

Antes de avistarlas habremos descendido del barco en el puerto de La Savina, entrada oficial en Formentera. Allí se agolpan los visitantes, turistas de Ibiza que vienen a pasar el día o con la intención de pasar todas sus vacaciones en la isla, que ha querido mantenerse lo más natural posible. Ni grandes lujos ni caprichoso diseño se dan en la mayoría de los alojamientos formenterenses. Y claro que es puro practicismo, pero también esencia. La isla se arropa en la sencillez de sus dimensiones y de su paisaje.

Así, pleno de esa filosofía, el Hostal La Savina, cercano al puerto, es una construcción, como casi todas en la isla, blanca y lineal. Con la concesión del ribeteado azul de sus ventanas, el edificio se asoma al estany des Peix, una de las lagunas marinas de la isla. A los colores verdosos de sus aguas dan vista las terrazas de las habitaciones, simples, con el único guiño de alguna pared cubierta de madera. Espacios pensados para mirar y vivir el exterior, que es lo que se debe hacer en esta tierra. Los justos y básicos detalles en la recepción y la absoluta sensación de "aquí descansaré bien después de todo un día de buen disfrute de la isla".

Conocerla bien es algo que sí se puede hacer. Y mejor alquilar una bici o una moto que un coche, allí mismo, en la zona comercial del puerto. Los carriles-bici y los senderos serán el contacto íntimo con este territorio de 82 kilómetros cuadrados. Y ya se cruza la brisa cálida y la densa luz, a costa de pedalear; pero así, plácidamente.

Sabinas y lagunas saladas
No lejos del puerto está Porto Soler, al lado del estany Pudent, otra de las lagunas saladas frecuentada por la mayoría de la 41 especies de aves que por aquí pululan. Muchas de ellas habrán sobrevolado la torre de vigía que reina en Punta de Sa Gavina, construida, como otras, en el siglo XVIII. Poco a poco, Formentera se define a sí misma. Tan cercana a Ibiza y, sin embargo, con sus propios matices, más de sur, más de clima seco, más llanura. Por entre la tierra pedregosa no dejan de emerger los matorrales, pero también los pinos y sobre todo las sabinas. Es el árbol emblemático de la isla, y su fuerte madera ha sido durante siglos material de construcción y de mucho utensilio y ornamento. También asoman enebros, chumberas e higueras. Serán constantes los fugaces tránsitos de las lagartijas, y acaso alguna salamanquesa o erizo. Ante quien camina o pedalea, la naturaleza no resulta nada tímida.

Se arredra un poco en torno a la playa de Es Pujols, en la costa norte, que no se ha librado del tirón turístico, aunque comedido. El Hotel Rocabella está en la misma playa, tan incorporado a ella que de hecho ocupa una pequeña península sobre la que sobresale su blancura y la austeridad de su alma isleña. En su paisaje destaca la silueta de varias palmeras, árbol impuesto, ya se sabe, pero hay que darle al turista ese gusto y esa ilusión de lo tropical. Queda muy bien su exótica estampa en torno a la piscina, trozo de azul transparente frente al azul inmenso del mar. Así los azules que decoran las habitaciones son como un reflejo. Claro y cómodo, todo el hotel se define de forma justa y concisa, porque sería inútil competir con el esplendoroso panorama de esa playa y de ese mar.

Aquí se viene a estar siempre fuera. Siempre adelante en el camino que, hacia el Este, de repente dejará de ser llano y ascenderá a la única zona alta de la isla, que se eleva a los 192 metros. Curva tras curva, entre bosques de pinos, nos acercamos a La Mola. El esfuerzo en la bicicleta tendrá su recompensa al llegar a la alta explanada, pedregosa, solitaria, tremenda. La ilusión de un mundo aparte bien la acicala la presencia del famoso faro, que hace su tarea sobre los muy verticales y rocosos acantilados. Habrá un recoveco donde sentarse a contemplar la grandeza de ese mar y pensar en cosas más profundas, o simplemente adivinar en el horizonte las lejanas costas de Cerdeña y Sicilia.

Misteriosos restos megalíticos
Más tangibles por ahí cerca son el sencillo perfil de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar o los misteriosos restos megalíticos de Ca Na Costa. Más real es el panorama que se divisa desde El Mirador, que abarca toda la isla en su forma de extraño zapato. Desde allí un camino de piedras, que se cuenta por romano, desciende al pueblo de pescadores de Es Caló, de nuevo en la parte baja, pero todavía a la sombra de los ciclópeos acantilados. Allí, en línea con el mar, está el Hostal Rafalet. En su recepción de blancas paredes, el techo de madera recuerda las tradicionales techumbres de sabina. La evocación de lo sencillo no deja de ser santo y seña: está incluso en los cuadros con imágenes antiguas de payeses. Toda una vida recreada en un momento, detenido en la fotografía para siempre jamás. Ecos de lo tradicional también evocados en el mobiliario de las habitaciones. Pero ni eso ni el color verde de las paredes distraerá de la vista de ese Mediterráneo que es señor y dueño, que reina a través de los amplios ventanales del restaurante.

¿Cómo librarse de su presencia en esta estrecha lengua de tierra que ocupa el centro de la isla? Imposible. En su costa sur se extienden los cinco kilómetros de la playa de Migjorn. Poco importa que por aquí se haya colado alguna tramoya turística: el espacio es mucho, la naturaleza es hegemónica. En su extremo oeste, la costa sur llega hasta el Cap de Barbaria. Otro faro muy sugerente señala aquí el punto más meridional de la isla de Formentera. Allí se extiende el área de Sa Tanca d''Allà Dins, desolada y desértica llanura, sobrecogedora, extraña; acaso un anticipo del "más allá" africano. Involuntariamente se impone el silencio: seguro que la naturaleza nos quiere decir algo en un paraje así.

Calas recónditas entre pinares
Torna la amable trama mediterránea siguiendo hacia el norte por la costa oeste. Se apacigua la rara expectación entre los profusos bosques que rodean Cala Sahona, recóndita, hermosa, muy ibicenca. Vuelven las trazas de lo muy humano en las casas que forman el municipio interior de Sant Francesc Xavier, capital de la isla. Resplandecen al sol las blancas paredes de sus viejas casas en torno a la iglesia fortificada del siglo XVIII. Por aquí se mueven los asuntos burocráticos de los 6.000 residentes de Formentera, y también las oleadas estivales de turistas a la zaga de tiendas y restaurantes. ¿Quién diría que toda la isla estuvo deshabitada entre los siglos XV y XVIII? Y así fue. Sólo cuando remitió el peligro de piratas, aquí se atrevió a instalarse el ibicenco Marc Ferrer, abuelo simbólico de los formenterenses actuales.

La historia resulta a veces extraña. Tampoco nadie pensó nunca que Ibiza y Formentera devendrían en meca de hippies. La Fonda Pepe, en Sant Ferran, guarda el recuerdo de aquellos años, tan mágicos en sus ideales como en sus confusiones. Para soñar hoy en día hay que volver a mirar el horizonte del mar. De nuevo en Es Pujols, el Hostal Tahití nos sitúa en la perspectiva plena de la playa. Cómo no, el blanco reina: las sencillas fachadas sobre las palmeras y las paredes interiores sobre los coloridos cuadros y los techos de madera. Es un espacio sin apenas trabas, un mundo interior volcado al exterior: a la piscina circular, a los senderos entre pinos, a la playa. El mar refleja todos los matices. Desde luego, no hace falta nada más.