Hoteles de Aigüestortes

Este año se han cumplido 50 años desde que este mundo de puro esplendor pirenaico se convirtió en parque nacional. Aigüestortes y Lago Sant Maurici constituye una experiencia única en la Península Ibérica a la que se accede desde el también prodigioso valle de Boí, donde es posible reposar de unas andariegas jornadas.

Miguel Mañueco

Se adueña el agua de casi todas las escenas, aunque las montañas, gigantes y solemnes, sean un horizonte en primer plano. Tremendas e imponentes, al aire sus roquedales en verano, coronas densas de nieve en el invierno, son sus mantos profusos de abetos y otros bosques el encantamiento que más envuelve. Y por aquí y por allá, y por todos los lados, el agua tintinea sin cesar en los rápidos y en las cascadas, en los ríos y arroyos, siempre saltarina y peleona entre piedras que ella misma ha redondeado. Brilla quieta e invocadora en los tantísimos lagos o estanys , transparentemente nítida cuando el sol calienta, heladamente translúcida cuando el frío reina. Es el agua el protagonista del Parque Nacional de Aigüestortes y Lago Sant Maurici, papel predominante que está ya en el nombre. Las "aguas tortuosas", que tal es su significado en castellano, fueron siempre el conjuro de este laberinto geográfico escondido en el Pirineo leridano. Durante siglos inaccesible, pocos eran los que se aventuraban por estos picos y altos valles, y al regresar describían los prodigios naturales y sobrenaturales que habían visto. Curados de espantos y sortilegios, los primeros montañeros de principios del siglo XX los explorarían atónitos ante la salvaje belleza que iban descubriendo en cada valle. Sin miedos ni escrúpulos, alguna empresa hidroeléctrica se instaló en la zona en cuanto supo de la generosidad, fuerza y abundancia de las aguas.

Bosques, estanys y glaciares
Los artilugios y mecanismos que le sacan partido a la potencia de las corrientes casi pasan desapercibidos cuando el embrujo de naturaleza entera y honesta lo envuelve todo. No hay manera de resistirse a una explosión de paisaje tan estéticamente dispuesto: las montañas y sus rocas, los bosques y sus sombras, los ríos y sus cascadas, los lagos y sus brillos. Todo tan en su sitio, con la armonía resultante de la acción incesante y primigenia de siglos que ha diseñado, sobre todo a través de los glaciares, su propio relato de formas.

Las "aguas tortuosas" se expresan con una gran magnanimidad especialmente en torno a los ríos Sant Nicolau y Aiguamòg y en los casi 200 estanys o lagos, plácidos y acunados en el fondo del valle como el Sant Maurici y el Llong, o aguerridos herederos de los circos glaciares como los de Rius, Monges, Mangades, Travessani o Negre.

Lo curioso es que estos paisajes, que podrían ser parte de Canadá o los Alpes, surjan a no tanta distancia de la desértica escenografía de las Bárdenas Reales. Ahí están, una vez más, los contrastes inopinados y espléndidos de la Península Ibérica: tal vez porque los extremos se tocan en la geografía también lo hagan en el sentimiento y en la historia. Aunque no tan perceptible, dentro del parque también se da la variedad, pues, despendiendo de la altura -que va desde 1.200 hasta 3.033 metros-, y de la orientación de laderas y valles, el decorado y sus moradores es uno u otro. El roble, el fresno o el haya hacen suyo el fondo de los valles que reciben aires atlánticos. Ladera arriba, dueños son los musgos, pinos silvestres y abetos, especie esta última poco habitual en España. Es otro de los protagonistas del parque, como también lo es el pino negro que se da a mayor altura, incluso a 2.400 metros. Especies con carisma crecen junto a ríos y lagos, como las orquídeas o la grasilla, planta carnívora que atrapa insectos con sus hojas pegajosas. Cada uno a su quehacer diario: merodean, se esconden y luchan por la vida urogallos, mochuelos, marmotas, armiños, sarrios, buitres, águilas, truchas, desmanes, tritones o víboras.

Iglesias románicas
A sus cosas de cada día también se entregaron los hombres del entorno del parque, que siglo tras siglo construyeron su existencia en las difíciles condiciones que a lo humano imponen montañas del talante de los Pirineos. Sus esfuerzos al hilo de la historia, sobreponiéndose a las nieves, las verticales laderas y el aislamiento, dejaron huellas tan elocuentes y encantadoras como las iglesias del aledaño valle de Boí, que es la entrada occidental del parque y donde hay que pernoctar (la entrada por el este, donde está el lago Sant Maurici, se realiza desde Espot). Así que la experiencia de lo natural necesariamente es complementada con la vivencia de la sencilla belleza del estilo románico lombardo.
En el mismo pueblo de Boí se halla la Casa del Parque, donde informarse y saber por ejemplo que sólo en taxis específicos se puede llegar hasta determinadas zonas cercanas; luego hay que caminar y dejar que el espectáculo mitigue y compense el esfuerzo. En el mismo pueblo, colgado de una de las laderas del verde valle y entre las casas de piedra y tejado de pizarra, está una de las famosas iglesias, inconfundibles por la sucesión de ventanas de sus torres.

El icono reconocido y muy reconocible de estos edificios repletos de emoción medieval es la iglesia de Sant Climent, que se encuentra unos kilómetros más arriba, en el pueblo de Taüll. La gracia de las ventanas geminadas de su airosa torre y la veleidosa geometría de los ábsides son pura ensoñación que se puede disfrutar desde uno de los balcones del hotel El Rantiner. Después de todo un día de exploración del parque, la visión de la iglesia será como un descanso de siglos. Un prado media entre ella y el edificio, de nueva construcción, pero fiel a las claves arquitectónicas de la zona. Dentro, la decoración sobria y ajustada da el toque justo de lo acogedor. No faltan, en habitaciones y áreas comunes, detalles evocadores que intentan aproximarse a otras coordenadas: viejos lavabos, muebles con aires de los años cuarenta, baúles y pañitos de muy casero sabor... Un efecto muy específico y logrado recorre las líneas un tanto británicas del salón que, entre rotundos sofás y luces coquetas, recoge en sus grandes ventanas todo el fulgor de Sant Climent.

Muebles de estilo castellano
Taüll tiene otra iglesia de similares características, la de Santa María, hacia la que asciende la calle que une los dos pequeños núcleos del pueblo. Un poco más de esfuerzo habrá que hacer, después de haberse adentrado por los tortuosos senderos de Aigüestortes, si para pasar la noche se ha elegido el hostal rural Santa María. Una gustosa y minuciosa remodelación unió dos caserones del siglo XVII y ensalzó el encanto de sus apuntados tejados negros y de sus balconadas de madera oscura. Una vez cruzado el plácido patio, bien ambientado con plantas y nostálgicos objetos, el interior recorre con certeza esa delgada línea que hay entre lo elegante y lo rústico, como si de la casa campestre de una noble familia se tratase. Los sofás de cueros, estatuas y ricos ornamentos eclesiásticos, cálidas alfombras y una chimenea de mucho empaque hacen del salón, también con vistas a Sant Climent, un espacio apetecible. El juego de tiempos y referencias también logra un confortable efecto en las habitaciones, con auténticos cabeceros metálicos antiguos o escritorios de estilo castellano.

Un poco más arriba está el pequeño hotel Xalet de Taüll, una edificación nueva que se integra en el estilo de Boí por su negro tejado pero que en realidad sigue las pautas de los célebres chalés suizos de montaña. La madera en color natural que forra sus paredes da idea de esas latitudes y es abrigo de muebles sencillos y prácticos, pensados para sentirse a gusto y muy en casa: ya sea al amor de la chimenea del salón en el invierno o bajo las sombrillas de la terraza-jardín en verano. La madera de las paredes es también la seña de identidad de las habitaciones y del espectacular salón-biblioteca su- perior de dos niveles, abuhardillado y abierto a través de un enorme ventanal a la vista de todo Taüll y sus dos iglesias.

Diseño de altos vuelos
Todavía más arriba, que después de las horas andarinas entre los estanys del parque no ha de costar, hasta llegar a Pla de la Ermite, complejo residencial crecido al albur del éxito de la estación de esquí de Boí-Taüll. Allí se encuentra el hotel El Petit Muntanyó, opción de refinamiento para quien, después de quitarse el calzado deportivo, quiera líneas y formas de altos vuelos. Dentro del edificio, de piedra, contraventanas de madera y tejado de pizarra con esbeltas troneras, abundan los muebles oscuros de sobria elegancia con guiños de calculada modernidad en los detalles. Las habitaciones, algunas abuhardilladas, irrumpen en la seriedad cromática con las tonalidades vivas de sus paredes, los prolijos alicatados de los baños o caprichosos montajes ornamentales con referencias musicales, como una gramola o una vieja guitarra eléctrica.

Valle abajo, y después de avistar el encantamiento lombardo de las iglesias de Durro, Erill la Vall, Cóll, Caldet o Barruera, el descanso puede tener el neto sabor del valle en la casa rural Cabanasses, genuina construcción del Boí bajo que ha pertenecido a la misma familia durante nueve generaciones. En tiempos fue fonda de viajeros que ahí paraban para dar de beber a sus caballos en el río Noguera de Tort. Fue también casa de curas y conserva una capilla con una pequeña espadaña. Con vocación rural, los dueños actuales, que ven- La madera de las paredes y una decoración sencilla y práctica representan las principales señas de identidad de las habitaciones del hotel Xalet de Taüll. den huevos de sus gallinas y productos de su huerta, han mantenido una decoración sencilla sin salirse de la austeridad campestre. Lo más plácido son las dos cocinas con salida directa a la orilla del río. Veladas mecidas por el ronroneo del agua, como para seguir sintiendo los latidos del parque ahora que ya es de noche y está cerrado. Se llenarán de destellos de luna sus lagos, y parecerán seres irreales. Acaso los espíritus que creyeron ver hombres de otros siglos.