Hoteles bodega de La Rioja
Añadirle instalaciones de hotel a una bodega fue el paso que culminó el ritual moderno del vino. De cómo disfrutar mejor el ambiente de viñedo, las sabidurías de elaboración, las fórmulas gastronómicas y las poses de la cata mucho saben en La Rioja, ineludible paraíso vinícola, y estos cinco establecimientos dan buena fe de ello.

Irrupción en la geometría rectilínea de infinitos viñedos. Unas alas onduladas que parecen batidas por el viento, a punto de ser arrancadas del suelo y salirse del horizonte. La imagen la retiene la evocación inevitable: ciertamente el edificio se parece al museo Guggenheim de Bilbao. Hijos del mismo padre ambos: Frank Gehry. A cuento vienen sus sinuosidades a pocos metros de Elciego, pueblo de la Rioja alavesa, porque el vino admite todas las metáforas. Diferente es, no obstante, el color de los ondulados paneles, que aquí rozan el rosado, el burdeos... Cromatismos enófilos que invitan a dejarse absorber por este capricho estético que es el hotel de las bodegas Marqués de Riscal, una cabriola de modernidad bien plantada en medio de un inmenso mar de viñas.
Requiere su atrevida estampa descubrirlo por dentro cuanto antes. Al abrigo de la líquida y refulgente silueta se adivina todo un festín de formas e imaginerías del interiorismo y, sin embargo, una vez en recepción, ya se perfila la inopinada y austera estética que recorre todo el establecimiento. Las paredes desnudamente blancas contrastan con el juego de curvas que llega desde el exterior a través de los muros, y las con cesiones al rojo y el azul y a la madera no se salen del rol de lo sobrio. Elegante, eso sí, es el resultado final, como para no olvidar que se está en uno de los reinos más afamados del vino. Pero bien podría haberse saltado el decorador la consigna en las habitaciones, o en el restaurante... Incluso el spa entona también con encono los mismos recursos ornamentales. Las horas se irán como un suave susurro ante el panorama de viñedos desde el wine bar vinoteca o desde la rooftop lounge biblioteca. Visita a la bodega, aplicándose con ahínco al cursillo de cata, y así hasta empaparse -literalmente- en las sesiones de vinoterapia que ofrece el spa, que no lo sabíamos pero ahora resulta que el rojo líquido es buenísimo para la piel y para los nervios. El vino regará los platos de tradición vasco- riojana con unos justos toques de modernidad del restaurante.
Tiene Elciego el perfil propio de buena villa, con mucha piedra de sillería, iglesias de sobrada edad y escudos de rangos desvanecidos. Mucha voluntad habrá que hacer para no ceder a la tentación de los buenos vinos de los bares y dejar el deleite para la vuelta al hotel. Y aún más difícil se hará en Laguardia, capital de la Rioja alavesa, que por tal condición y por su medieval encanto merece la visita y saltarse cualquier regla delante de los deliciosos pintxos y espléndidos caldos servidos en los mesones y bares.
La noche puede transcurrir en el mismo relato histórico de Laguardia, al amparo de las enhiestas paredes del Palacio de Viana, erigido en el siglo XVII, que hoy alberga el hotel bodega Posada Mayor de Migueloa. Es el alma vieja del vino lo que flota en este establecimiento, oportunamente señalada frente a la moderna vigencia que manifiesta el hotel Marqués de Riscal. Al hilo de lo añejo, la restauración y conversión en hotel llevadas a cabo en 1992 se afanaron por preservar sabores y estilos. Un clasicismo sin concesiones, con apuntes del siglo XVII, inspira muebles y ornamentos en habitaciones y estancias comunes, pero siempre muy atento al hecho de lo confortable. Acogedores y cálidos se hacen los es pacios, por mucha que sea la contundencia de mesas y sillones, impecablemente encajados en el escenario original de paredes de piedra y vigas de madera en techo. Aquí también ha llegado la extendida moda de la vinoterapia, un placer que se sirve en la amplia y seductora oferta de masajes. Los aciertos modernos también se cuelan en las sabrosas recetas tradicionales vasco- riojanas que ilustran los platos del muy afamado y prestigioso restaurante.
Cambiaron las cosas en 1990 para las bodegas en las que desde hacía un siglo don Cosme Palacio y Bermejillo había elaborado su famoso vino Bodegas Palacio. El edificio, de mampostería y sillería riojanas, fue entonces transformado en el actual hotel bodega. Precisamente la piedra es fe de años y clase en todo el establecimiento, enarbolando su presencia en habitaciones y salones. Su rotunda estética la solivianta una decoración que persigue la ligereza, la amenidad atmosférica. Bien calibrado queda todo para que así sea incluso en el restaurante, fiel al recetario riojano, pero con incursiones en fórmulas actuales. Los antiguos barriles de la bodega serán testigos a la hora de seguir el cursillo de cata. Te costó hacerlo con estilo, pero ahora ya pareces un experto enófilo en convites y banquetes. Como manda la moda. Y la moda, ya se sabe, manda mucho.
Claro que incluso en el reino del vino no ha de ser y no puede ser todo vino. En la Rioja riojana, ahí mismo, quedan las glorias pétreas y simbólicas de la Ruta de los Monasterios o del Camino de Santiago. Una cata de otras emociones.
Como siempre, las fronteras resultan ser invento de mapas y gobernantes, y nada cambia en el pueblo riojano de Ábalos. Entre sus seculares viñas, junto a un molino del siglo XVI, la familia Puelles construyó su bodega, que, ampliada con el tiempo, pasó a ser la Hospedería del Vino. El espléndido edificio, rematado por cuatro torreones, surge como ensoñación entre las cepas y resguarda dentro el perfil limpio y apetecible de su decoración equilibrada: toques de ardiente cromatismo y contenido enredo sobre un fondo de minimalismo, ecos de antiguos gustos sobre líneas nuevas. Incluso a la bodega llega el juego grato de la decoración.
En la historia también se mira el pueblo de Albelda de Iregua, muy cercano a Logroño. Anales de tiempos románicos y años jacobeos, y un documento de mucho mérito y muchísimos siglos llamado Códice Albeldense, que obra en poder de El Escorial desde que fuera regalado a Felipe II. Los títulos de las imágenes de este libro, escrito e ilustrado en el siglo X, dan nombre a las habitaciones del hotel bodega La Casa del Cofrade, cuidado tributo a la tradición vinícola de la zona. A pesar de no ser muy antiguo, el edificio, rematado por una poderosa torre, tiene empaque.
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