Hospederías de Aragón

Por todo el país, ilustres edificios heredados del intenso pasado resucitan de sus ruinas y sus salas de siglos se convierten en una pura delicia hotelera. La red de Hospederías de Aragón cuenta a la perfección ese relato de comodidades modernas y emociones antiguas.

Miguel Mañueco

Los viajeros llegaban a Loarre después de un aventurado trasiego a través de las tierras difíciles de los Pirineos. Aquí venían porque el portentoso castillo era lugar de asuntos de este mundo y del otro, pues desde el siglo XI albergaba una abadía románica de estilizados toques lombardos. Y en ese lugar santo, apostado a la pared pirenaica, había mucho que rezarle al cielo. Luego se hospedarían en alguna posada del pueblo, abrazado por una muralla del castillo, a dar cuenta de lo divino y de lo humano, pues ya se sabe que el pecado y la virtud son buenos compañeros de viaje. Ni pecan ni han de ser virtuosos los visitantes que hoy llegan a Loarre a ver de cerca ese castillo imponente, que presume de ser el más románico de todos. Y si fuera poco tal crédito, hace unos meses añadió el mérito de ser elegido por el director Ridley Scott para el rodaje de El reino de los cielos . Por entre las murallas y almenas, los arcos y ábsides se paseaba Orlando Bloom hecho un primor, y por aquellos días no faltaron las huestes de mitómanos pululando por la villa. Abajo que no arriba, pues en el siglo XVI, y cuando el castillo perdió importancia, Loarre salió de sus murallas y buscó resguardo en el fondo del valle.

Decoración medieval
Quien tuvo suerte encontró acomodo en la Hospedería, que ocupa una casa palaciega en la Plaza Miguel Moya. Como el mismo pueblo, erigido en torno a la torre gótica de la Iglesia de San Esteban, el edificio es del siglo XVI y, con su sucesión de ventanas en el último piso, el pálido ladrillo y el porche columnado, compone una postal muy aragonesa. Se anuncia grata la estancia en la recepción, donde modernas formas han sido encajadas con gracia en la vieja estructura. Se pierde un poco esta sensación en otras salas comunes y en las habitaciones, planas pero acogedoras. Desde las más altas se avistan las laderas pirenaicas, con todo su aplomo geográfico e histórico, y apenas se puede imaginar cómo las miraron los viajeros de otros siglos.

Siguiendo la línea de estos Pirineos incipientes, a través de Huesca, Barbastro y Graus, el paisaje impone un tono austero, casi áspero, de matorral, muy seco para estar tan al norte. Constancia de la siempre inopinada variedad de esta ibérica Península nuestra. Así se llega a Roda de Isábena, ya cerca del límite de la provincia de Lleida. Tanto es así, que por aquí se habla una variedad local del catalán. Eso sí, los de aquí dejarán claro que ellos son aragoneses y que lo que hablan es ribagorzano.

Lo de ser de un lugar o de otro tenía su aquel en la Edad Media, cuando el pueblo de Roda, subido a lo más alto de una montaña, fue sede episcopal y capital del Condado de Ribagorza, y conoció galas y esplendores. Después, la Reconquista avanzó, ya no había que esconderse en las cimas y el obispo se fue a vivir a Lleida. Pero ahí quedó, en este pueblo, la Iglesia-Catedral de San Vicente, con su empaque de estilos mezclados, pero con el encanto remoto de su románico origen. Y transitan los turistas, sorprendidos de lo que esta alta cima escondía, que las calles y casas de piedra, los arcos y los restos de muralla son puro tiempo retenido.

Preciosa vista panorámica
Parte de este entramado, la Hospedería ocupa una vetusta construcción frente a la iglesia catedral, que ha sido renovada por dentro y decorada en un estilismo justo, muy de andar por casa. Las carencias ornamentales en la cafetería, zonas comunes y habitaciones son suplidas por la vista panorámica. Cuelga literalmente el edificio, en su parte trasera, de la cima del pueblo, sobre una ladera casi vertical, y se abre a un esplendoroso valle y al skyline de altivas montañas. Aunque la joya del establecimiento es el restaurante, que ocupa el refectorio del románico claustro de la catedral. La afortunada ubicación se completa con una decoración medieval bien templada y medida, y con suculencias bien trabajadas como ciervo a la strogonoff , canelones de setas o cordero de Aragón.

Bien satisfechos salen los comensales de nuevo al claustro, adivinan el eco quieto de los siglos y se sienten de verdad afortunados. El raro placer de habitar la historia lo hallarán también en otra de las Hospederías aragonesas, la del Monasterio de Rueda, situada al sur de la provincia de Zaragoza. Hasta allí hay que recorrer caminos que se alejan de las sierras y se adentran en tierras cercanas a la aridez que solamente parecen revivir al paso del río Ebro.

Desde el año 1182 había existido el monasterio cisterciense de Rueda, con gran predicamento en toda la comarca, hasta que la desamortización de Mendizábal dio fin a su relato de siglos. El abandono convirtió los ilustres edificios en fantasmales pero gloriosas ruinas, que se asomaban a los meandros que el Ebro dibuja en torno a la población de Sástago. La resurrección, ese deslumbrante milagro, vino de distintas iniciativas, y hoy, aunque vacías, las dependencias están casi enteras. Estupendo quedaría aquí también Orlando Bloom en una película de misterios medievales, que daría buena cuenta de las extrañas ventanas de la iglesia románico-gótica, del magnífico claustro o de la torre mudéjar. La evocativa trama no se difumina en el ajardinado gran patio, que por el otro lado cierran los dos edificios de los siglos XVI y XVII donde se halla la Hospedería. Dentro no hay que imaginar escenas: están ya bien acabadas, mimadas y tocadas por el buen gusto. La ambientación del restaurante, la cafetería, las habitaciones y las zonas comunes son un prodigio de integración de los recursos ornamentales más modernos con los elementos que sobrevivieron al abandono y los que en ellos se inspiran.

Y si se quieren más argumentos, el rastro del Papa Luna, personaje muy real, nos puede llevar hasta la villa zaragozana de Illueca. Allí domina la silueta renacentista y barroca del castillo-palacio donde viviera su infancia Pedro de Luna y Gotor, quien un día llegaría a ser Benedicto XIII, único Papa español hasta el momento. Debajo del altivo edificio, el pueblo parece mimetizarse con el pardo y agreste paisaje. Claro que los buenos tiempos llegan para todos, y la restauración de fachadas en colores terracota está dando relevancia a las viejas casas que rodean la Iglesia de San Juan Bautista, sencilla por fuera, poderosamente barroca por dentro.

Los estilos se confunden en el castillo-palacio, abandonado largo tiempo hasta que sus últimos poseedores, los Bordiú, lo cedieron al pueblo. Tras la restauración y otros usos, el edificio ha sido el último en incorporarse a la lista de Hospederías aragonesas. Sus salones, restaurante, bar y habitaciones han heredado la perspectiva del palacio original, y en su ornamentación se ha ahondado en las referencias históricas, pero con guiños de modernidad. La sincrética inspiración es muy apreciable en las suitesdúplex. Vamos, que el mismísimo Papa Luna estaría encantado de pasearse por su remodelada mansión. Aunque mal le sentaría al pontífice saber que no es su calavera la que se expone en la capilla mortuoria, y que la que se supone que es la auténtica sigue, a falta de resolver el litigio, en el pueblo de Saviñán.

La famosa Dolores de la copla
Menos mal que por él no preguntan a todas horas, como hacen en Calatayud, donde los que llegan no dejan en paz a la pobre Dolores. Con razón los bilbilitanos están cansados de la bromita. Y todo por una coplilla de ciego del XIX, que llegó a tener dimensionas literarias y nacionales. Dicen que amiga de juergas, pero en realidad honesta y buena, víctima de amantes de mala entraña; así era la famosa Dolores de la copla, y trabajaba en el mesón de la ciudad. Y si no preguntan por ella, preguntarán por su mesón, que es casa de migas, ternasco, garbanzos con congrio y otros rotundos sabores aragoneses. Y allí mismo dormirán, pues es posada también y, a la sazón, Hospedería.

Antes habrán admirado la portada renacentista de la Colegiata de Santa María o el Castillo árabe de Ayub, habrán visitado las ruinas de la romana Bílbilis e incluso la magia cercana del Monasterio de Piedra. Habrán paseado por el bien cuidado centro histórico, en cuyo laberinto se esconde la Hospedería Mesón La Dolores. Y ahora se deleitan en el ambiente de histórica posada que preserva el edificio, resaltado en murales y detalles autóctonos y dulcificado por el color azul de las paredes que tiñe de especial encanto el patio con sabor a corrala. Pero la Dolores ya no vive aquí.

La red de Hospederías de Aragón se completa con las Hospederías de Arguis, en Huesca, la más antigua de la red, inaugurada en 1994 y situada en un impresionante entorno natural; la de Sádaba (Zaragoza), que ocupa la Casa Cortes, en el magnífico marco de las Cinco Villas, y la de la Iglesuela del Cid, en Teruel, una de las más elegantes y lujosas por alzarse en el Palacio de Matutano- Daudén. Próximamente se abrirá otra en el Monasterio de San Juan de la Peña (Huesca) y más adelante una en Allepuz, en la comarca del maestrazgo turolense, y otra final en Daroca que seguro dará mucho que hablar.