Hong Kong: la China más intensa

Adictiva, incombustible y punta de lanza del “un país, dos sistemas” con el que la China comunista abrazó el capitalismo ante el pasmo del mundo, la ex colonia británica se ha mantenido tras la devolución como uno de los dragones asiáticos para el ocio y el negocio. Sus rascacielos y su ritmo delirante, la compulsión de sus centros comerciales y las noches de copas por el barrio de Lan Kwai Fong siguen ganándole la partida a Mao. Al menos de momento. Y siempre bajo el dictado de la armonía positiva del Feng Shui. 

Elena del Amo
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Foto: luis davilla

Parece que el león no resultó tan fiero como lo pintaban. Cumplidas dos décadas desde su devolución a China, Hong Kong no ha perdido ni un gramo de brío. Cuando en 1997 los británicos estaban a punto de transferirle su soberanía a los comunistas, fueron muchos los que patinaron profetizando el fin de la pujanza de esta incipiente ex colonia. Consolidada como pata esencial del “un país, dos sistemas” con el que el capitalismo y el comunismo formalizaron relaciones, esta isla que se agenciaron los británicos como botín de la Guerra del Opio no ha frenado el ritmo.

luis davilla

Basta para comprobarlo embutirse a la hora punta de su metro sideral entre la multitud encorbatada rumbo a la o cina, entre los shopaholics cargados de bolsas que queman la Visa por sus centros comerciales o entre la tribu de ejecutivos que, al grito de “work hard play hard”, apuran junto a los turistas las happy hour del barrio noctívago de Lan Kwai Fong. De hecho, se diría que, en lugar de haberse igualado a la China continental, haya sido esta la contagiada por su efervescencia. 

Vista aérea de Hong Kong. | luis davilla

Altas finanzas y Feng Shui

Los peros del día a día los sufren, eso sí, los locales. Para quienes solo andan de paso queda todo lo demás, y engancha: la locura de las compras, el cruce de tranvías de dos pisos y templos budistas por lo poco que sobrevivió del casco antiguo; la mejor cocina que se pueda imaginar, los anticuarios y las galerías de arte del SoHo. No menos descolocante, la pasmosa simbiosis entre altas nanzas y feng-shui por los rascacielos de Central, donde las malas lenguas aseguran que incluso las multinacionales más serias cuentan con un geomante en el Consejo de Administración por eso de desviar con sus mañas las malas energías que de seguro les lanza la competencia.

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Lo del feng-shui se lo toman tan serio que hasta existen recorridos ad hoc en los que quedarse boquiabierto al aprender que a su majestad sir Norman Foster, cuando pergeñó la sede del banco HSBC, no le quedó otra que rediseñar en zigzag las escaleras de la base para que no pudieran entrar los malos espíritus, pues, como todo el mundo sabe, estos solo son capaces de caminar en línea recta. El arquitecto-estrella hasta se avino a hacerles unos insólitos recortes en los bordes que, dicen los que saben de esto, emulan los bigotes de un dragón chupando la riqueza para el interior de la empresa.

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Si se quiere ver más arquitectura con firma, el reto a la gravedad del Jockey Club Innovation Tower de Zaha Hadid aguarda por la Politécnica, o el complejo residencial que concibió Frank Gehry, cerca de The Peak. A este monte rodeado de verdor todos suben a buscar las vistas sobre la bahía de Victoria Harbour, especialmente al atardecer, cuando empiezan a parpadear los neones del bosque de rascacielos a sus pies y entonces toque armarse de paciencia para disfrutar la panorámica entre los bosques, de palos sel es dispuestos a fotografiar uno de los skyline más redondos del globo. A bordo del centenario funicular que asciende hasta sus 386 metros o aupándose por carretera entre una zona tan aristocrática que solo se permitió vivir en ella a los ingleses hasta que el dueño del primer casino de Macao fue aceptado como vecino, sus alturas o cian también como el mejor mirador al, según los entendidos, excelente feng shui de Hong Kong, con las montañas de Kowloon inclinándose sobre la isla principal y las aguas de uno de los puertos con más trajín del planeta aportando sosiego y prosperidad. 

Hong Kong de noche. | luis davilla

Los centros comerciales

Lo que le pide el cuerpo a los recién llegados es zambullirse a conciencia en centros comerciales tan exclusivos como The Landmark, IFC Mall, Paci c Place o Harbour City, donde todas y cada una de las marcas de renombre exhiben lo último en moda, cosmética y tecnología. En las boutiques más a la europea de Hollywood Road o los edi cios interconectados entre Central y Admiralty los nuevos ricos de China dejan claro que, cuando hay parné, lo suyo es que se note. Pero también por destartalados mercadillos de ores, de jade y de gangas como Stanley Market, el Ladies Market o, al caer la noche, el de Temple Street, en cuyos puestos, al igual que en tantas tiendas de electrónica, no debería dar vergüenza regatear. 

Hong Kong | luis davilla

Un respiro en la jungla de asfalto

Rara vez visitadas cuando, generalmente rumbo a otro destino asiático, se recalan dos o tres días por Hong Kong, su infinidad de islas más desconocidas hacen de contrapunto a tanta locura urbana. Verdes y montañosas, muchas albergan parques naturales por los que caminar durante horas, playas en las que darse un chapuzón y pueblos pesqueros como Tai O, cuyo enjambre an bio de casuchas y canales todavía conserva algo del archipiélago perdido del mundo que se quedaron los británicos cuando los barcos de su Compañía de las Indias Orientales manejaban el trá co del opio. Esta aldea de palafitos queda en la isla de Lantau, la más grande de Hong Kong, donde, a gusto del consumidor, auparse a bordo de un teleférico hasta el inmenso Buda de bronce que gravita sobre el monasterio de Po Lin, o decidirse por la compañía de Mickey, Blancanieves y los demás personajes que en Disneyland Hong Kong pasan con facilidad pasmosa del inglés al cantonés. 

Hong Kong pueblo pesquero de Tal O. | luis davilla

Ciudad dispar en todo

Y es que en la atmósfera Blade Runner de esta megalópolis dual cabe lo más dispar sin que a nadie se pare a pensar si chirría: las camareras armadas con auriculares para pedir la comanda a cocina y los abuelos jugando al majong por esquinas que encajarían bastante más en la China profunda; los dim sum y el té de las cinco; los buscavidas que ofrecen con disimulo un Rolex de imitación y los sastres que te hacen un señor traje de un día para otro; los viejitos que pasean ensimismados sus jaulas de pájaros cantores y las hordas de asistentas filipinas que los domingos, ante la falta de espacio, acampan literalmente por el cogollo nanciero. En los mundos paralelos de Hong Kong tanto caben los cruceros mastodónticos que atracan por un día como los sampanes a vela del puertito de Aberdeen, los desfiles de dragones del Año Nuevo chino y los fuegos artificiales del Fin de Año cristiano, o los que exprimen la noche hasta deshoras cruzándose con los madrugadores que se entregan a los movimientos hipnóticos del tai-chi. Tan de aquí son los hoteles de lujo extremo como las barriadas donde contar con una ventana ya es todo un lujo. 

Buda Gigante en la isla de Lantau en Hong Kong. | luis davilla

 

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