Honduras. Mezcla de culturas

El corazón mestizo de honduras late al ritmo pausado de las culturas maya y lenca, ofreciendo también inmersiones en arrecifes de coral O caminatas por idílicos parques nacionales y reservas de la biosfera.

Mercedes Ibaibarriaga

Aquel día, los habitantes de Santa Rosa de Copán se despertaron a las cuatro de la madrugada para cubrir las calles del pueblo con alfombras de tierra. En la arena prensada y húmeda dibujaron flores de colores. Don Reginaldo García, el párroco, caminó de un diseño a otro, con el ojo crítico de todos los días de Corpus Christi. Salía el sol cuando el aire de la mañana se batió en retirada, doblegado por un olor agradable, denso, amasado por decenas de cocineras. Preparaban tamales, pupusas, ayotes de calabaza y queso, pastelillos de carne, para la feria de comida típica.

A las 9 de la mañana, el Cristo de Esquipulas patrulló el pueblo sobre los hombros de los campesinos. Recorrió las calles coloniales de casas encaladas bajo techados de teja y rodeó la plaza de sombras enramadas bajo la copa de un árbol de Amate (la especie con la que los mayas fabricaron papel, hirviendo su corteza). Cuando la hilera de vecinos en procesión fue imantada por las puertas de la catedral, la corriente nos arrastró dentro.

Don Reginaldo hablaba mientras los niños chupaban raspados de hielo con sirope y leche condensada y los campesinos, en pie bajo los crucifijos pintados y los cristos rústicos que parecían muñecotes románicos, sostenían sus sombreros de fibra de palma. Santa Rosa ha cumplido 400 años con una parsimonia filosofal que aquilata cada minuto. La delectación en el pasado impregna a los habitantes, y a las tradiciones, de laRuta Lenca: el viaje por la Honduras colonial, introspectiva y rural, situada al suroeste del país, en el departamento de Lempira, donde habitan una gran parte de los 100.000 indígenas lencas hondureños -de probable origen tolteca-.

Su puerta de entrada es Santa Rosa y sus montañas están salpicadas de cultivos de tabaco -la Corona española fundó aquí la Real Factoría de Tabaco en 1765- y de plantaciones de café. Los campesinos cosechan los granos a mano y separan la pulpa de la cáscara con agua de montaña en barriles, siguiendo el antiguo método manual del correteo. Extienden inmensas sábanas de granos de café en los patios al sol y bajan las sacas hasta Santa Rosa. Los empresarios llevan miles de esos quintales a las pujas internacionales que se realizan a través de Internet.

Bosque nuboso exuberante
La carretera sinuosa, flanqueada de pinos, asciende desde Santa Rosa a Gracias, una joya colonial del país fundada en 1526 que fue antigua sede de la Audiencia de los Confines (1544) y fugaz capital colonial de toda Centroamérica. Placas de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) indican la restauración de las iglesias de Gracias y varios pueblitos de montaña pintorescos (La Campa, San Marcos de Caiquín, Belén Gualcho...), arracimados en torno al Parque Nacional Montaña de Celaque ("caja de agua", en lengua lenca), un exuberante bosque nuboso veteado por 11 ríos y cascadas que alberga el pico más alto del país, el Cerro de las Minas (2.849 metros), al que ascienden los mochileros llegados desde Copán -a dos horas en coche-.

Aún recuerdan los copanecas la época en que muchos cultivaban sus milpas (plantaciones) dentro del recinto que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad en 1985. Sólo 50 años antes, limpiaban sus machetes contra las piedras de los templos y el ganado pastaba en los dominios de la más elaborada joya escultórica del mundo maya. No tiene las grandes dimensiones de su vecina Tikal, en Guatemala, pero "Copán es la sede del barroco maya", subrayan los guías a la entrada, bajo un revuelo de papagayos, símbolos del dios Sol en la tradición local.

Copán relata, en estelas de toba magníficamente esculpidas, la historia de la dinastía de 16 gobernadores que mantuvieron su linaje en el poder 400 años, proeza insólita en la historia maya. El padre de la urbe -tuvo 27.000 habitantes incluyendo la periferia- recibió el nombre de Gran Sol Primer Quetzal Guacamayo, y gobernó a partir del año 435. Desde entonces, hasta la muerte del último gobernante -Madrugada, en el 820- y el abandono de la villa de Copán por una población enferma -que intentaba arrancar maíz a los suelos estériles, porque las mejores tierras eran ocupadas por los nobles-, la dinastía construyó un reflejo, en piedra, de la Creación.

Desde la óptica maya, las pirámides son montañas sagradas, y las entradas a los templos, desde la cima, son accesos a las cuevas sagradas que desembocan en el Inframundo. Las plazas simbolizan las planicies de los valles. Para inundarlas y convertirlas en lagos, los copanecas idearon un sistema de control del agua de lluvia y drenaje que funciona hasta hoy.

En esa ciudad viva, el gobernante más apasionado por el arte en piedra, 18 Conejo, reunió a los mejores tallistas y ordenó plantar un bosque barroco de árboles pétreos (las estelas de la plaza principal), que lo representan a él y a sus antecesores frente a altares antropomorfos: los dioses con los que los soberanos se comunican.

A pocos metros, la Escalinata Jeroglífica, la inscripción maya más larga que se conoce, muestra, en 63 peldaños, un extenso discurso en 2.500 glifos esculpidos sobre los bloques de piedra que narra la fecunda historia de Copán. Para los arqueólogos, la escalinata es un puzzle infernal desde que los primeros investigadores, al reconstruirla en la década de 1930, colocaron más de la mitad de las inscripciones en desorden. Sólo los 15 primeros peldaños se conservaron intactos. A espaldas del juego de pelota y de la Gran Plaza, aparece el área exclusiva de los reyes y la nobleza. En uno de los templos más hermosos, el 22 del patio oriental, los soberanos, amparados por los efectos de los alucinógenos, se perforaban los genitales con espinas de mantarraya para ofrendar su sangre a los antepasados. Copán nos pasea por el mundo de los muertos (patio occidental), nos muestra el rostro del sol, símbolo de belleza, o la expresión sonriente de los ancianos paua tum, encargados de sostener el Universo.

Las ruinas aún esculpen su leyenda. Los habitantes del pueblo de Copán achacan sus desgracias a "la maldición de El Brujo", después de que el arqueólogo que descubrió la tumba de un chamán sufriera un aparatoso accidente. Los vecinos montaron una manifestación el día del traslado temporal de la tumba a una exposición en la capital: si El Brujo viajaba, su ira recaería sobre ellos. El Brujo viajó y regresó, pero de noche y sin que el pueblo se enterara. El jefe de los vigilantes de las ruinas se suicidó cuando la policía le interrogó por el robo de cientos de piezas de jade de la tumba de La Dama Roja, posible esposa del fundador de la dinastía. El caso sigue sin resolverse. El arqueólogo Ricardo Argucia descubrió, intacto, el sorprendente templo Rosalila, escondido dentro de otra pirámide, y desde entonces se convirtió en héroe nacional. La historia menos folletinesca la protagonizan los descendientes directos de los antiguos mayas de Copán: los indígenas chortís. Empobrecidos, reclaman la propiedad de sus tierras ancestrales. Ver a los chortís es evocar la imagen de los hombres hechos de maíz por el Creador, tal y como narra el libro del Popol Vuh -el Génesis maya-.

Nada tiene que ver la Honduras interior y cobriza que huele a café y frijoles, que organiza rodeos y peleas de gallos, con el aroma a coco, banano y marisco de la costa noroeste, poblada por comunidades garífunas -negros afrocaribes que mueven las caderas al ritmo caribeño-, e invadida por el recuerdo de la United Fruit Company, instalada en Tela hasta 1970.

Refugio de vida salvaje
Tela es el mejor punto de partida para recorrer las playas de arena blanca y las aguas turquesas que surcaron los corsarios Henry Morgan y Francis Drake y que hoy navegan los turistas en lanchas con destino al Parque Nacional Jeannette Kawas. Gracias a la ecologista hondureña Kawas, que luchó por proteger la selva, las playas y la vida salvaje de esas costas hasta morir asesinada en 1995, los viajeros pueden disfrutar de un baño en la intacta playa de Cocalito o admirar a los monos aulladores. Desde Tela a la ciudad de la Ceiba, un desvío lleva hasta el Refugio de Vida Silvestre Cuero y Salado, hogar de manatíes, jaguares, monos de cara blanca y el 28 por ciento de las aves de Honduras. Cerca, el Parque Nacional Pico Bonito concentra siete ecosistemas partiendo del bosque primario y más de 300 especies de aves. Es uno de los mejores lugares del país para hacer caminatas, bañarse en pozas naturales que forman ríos y cascadas, y hacer rafting en el río Cangrejal. A media hora en avión, la isla caribeña de Roatán permite, en una jornada, nadar con delfines; bucear en las playas del oeste, las de mayor concentración de corales; pasear por el Parque de las Iguanas, donde estos reptiles se amontonan al sol; y caminar entre distintas especies de monos en el Gumbalimba Park. Es cierto que ya no queda mucho espacio en ese paraíso, pero el mapa de Honduras sigue lleno de lugares por descubrir.