Holbox, el edén de México

Anclada en el bancal de arena donde el Caribe llega al Golfo de México, la pequeña isla de Holbox es el mejor secreto del Estado de Quintana Roo. Un destino de calles de arena, pequeños hoteles, playas blancas y atardeceres rojos a pocos kilómetros de la Riviera Maya, pero a un mundo de distancia de los todo incluido. Antiguo escondite de corsarios, hoy es el lugar perfecto para nadar con el tiburón ballena.

David López Canales
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Foto: renatamsousa / ISTOCK

Así, sentado en un banco, bajo la sombra de un tejado de madera por el que se filtra el sol, Francisco parece un paisano de pueblo español a la puerta de su casa viendo pasar la tarde y la vida por delante. O el parroquiano de un bar de provincias que ha salido a tomarse el chato a la puerta del bar un domingo cualquiera de verano. Así, sentado en su banco, Francisco, con sus pantalones marrones, su camisa desabotonada de cuadros verdes y azules, sus gafas de sol modelo aviador, su cabeza gacha, parece guardar silencio, a la espera de que suceda algo. Lo segundo es cierto. Francisco espera la salida del ferry que une Holbox con Chiquilá, a media hora de navegación, lo que se tarda en atravesar el brazo de mar en el que el Caribe y el Golfo de México se funden sobre este bancal de arena tapizado de agua cristalina. Lo primero no. Francisco, en realidad, canta en un susurro. “Se va la paloma para no retornar...”, se le escucha entonar.

Francisco llegó aquí, cuenta, por azar, hace tres años, desde la ciudad de Mérida, en el vecino Estado de Yucatán. Vino para probar suerte, dice. Para hacer una sustitución de dos semanas en uno de esos barcos que a diario unen el archipiélago con la tierra firme del Estado de Quintana Roo, el espacio que aleja el continente de este pueblo de casas bajas, calles de arena, cochecitos de golf convertidos en taxis –los únicos vehículos a motor que se ven pasar– y huellas de sandalia. Francisco se gana la vida cantando a los viajeros dentro de los barcos, amenizando el trayecto con el hilo musical de los boleros cálidos que enlaza sobre música de tambores de ruedas de trolleys con la pasión como si actuara en un viejo teatro europeo lleno, antes de pasar la gorra para sacarse la vida adelante de peso en peso. Francisco llegó para ver cómo le iba cantándole a esos viajeros, y se quedó. Aquí viene la gente a relajarse y a meditar nomás, dice. “A buscar la paz”, añade sonriente. Y después continúa canturreando su canción mientras ve pasar a los turistas que se marchan ya, apresurados, empujando sus maletas y perdiendo con cada paso el ritmo isleño, la cadencia de sueño atrasado con la que se vive en esta isla de la que aún hablan algunas guías de viajes como un secreto, como un oasis del Caribe pero que, aunque ya no lo es en un mundo con Google Maps y sin secretos, al menos sí sabe guardar las apariencias.

Escondite de piratas. Todo en Holbox va y viene. Los viajeros lo hacen. Como ha sucedido a lo largo de la historia. Por sus orillas navegaron los conquistadores españoles ocho años antes de desembarcar, por fin, a comienzos del siglo XVI. Tras ellos llegarían siglos de colonización, pero también piratas y corsarios que se escabullían en este escondite del Golfo de México. Esquivando la muerte y volviendo a la mar. Pero también la fauna que la convierte en parte de la Reserva de la Biosfera de Yum Balam, protegida por las especies, algunas endémicas, que la habitan. Como los tiburones ballena, la gran atracción natural del archipiélago, con los que se puede nadar entre junio y septiembre; las tortugas marinas, en peligro de extinción, que orillan Holbox para desovar en abril y mayo, o los flamencos, skyline rosa de los bancales de arena, que habitan la isla de abril a octubre.

Hasta el wifi, animal casi mitológico para los viajeros, Santo Grial del turismo del siglo XXI, va y viene, más bien lo primero que lo segundo, y no pasa nada. Pero, afortunados los amantes de la cocina, hay especies que no dejan la isla. La langosta, que sirven los restaurantes de todo tipo de formas, con estruendosas salsas picantes, en medallones desnudos, convertidas en risotto o sobre una base de pizza, siempre está disponible. También los camarones, gambas enroscadas con tamaño de langostino. Y los pescados que completan el menú más apetecible de este destino, las corvinas y los marlines, que se comen en tacos o en burrito, o el mero con el que se prepara el tradicional Tikin-Xic, con pasta de achiote, salsa de chile y cocinado envuelto en hoja de plátano.

Holbox es, como lo llamaban los mayas, como significa su nombre, un hoyo negro. Así la bautizaron por la laguna de fondo oscuro que hay al sur de la isla. Pero acertaron. Con el paso de los siglos Holbox se convirtió en ese agujero negro, en territorio refugio de corsarios. Y hoy continúa siéndolo de alguna manera, como uno de esos agujeros negros sobre los que teoriza Stephen Hawking, zonas finitas del espacio con gravedad propia que habitan galaxias, como en el cine, muy, muy lejanas. Holbox lo es dentro del litoral mexicano. A pocos kilómetros de la Riviera Maya (de hecho, para llegar a la isla debe volarse a Cancún y viajar después tres horas por carretera), resiste indemne el acoso del turismo de masas, de los hoteles de todo incluido y de las pulseras y cócteles de colores. 

Jardín de los mayas

En Holbox las calles apenas están alumbradas, las construcciones no tienen más de dos plantas y los alojamientos son pequeños hoteles boutique o cabañas rústicas, sin vallas, a pie de playa. Aquí no caben las hordas de grupos de turistas con guía bajo cuyas chancletas no vuelve a crecer la hierba ni los mercadillos de vendedores de souvenirs que han convertido ya las ruinas mayas de Quintana Roo en un centro comercial de las artesanías adornado por pirámides. Por eso esta isla todavía de pescadores, que vive cada día más del turismo, pero con una capacidad limitada de suministro de agua y de luz eléctrica, con unos recursos que, literalmente, no dan para más, explota tan bien ese atractivo de ser, más allá del tópico, un secreto.

A Holbox, como decía Francisco entre boleros, llega la gente a relajarse. Poco más se puede y se debe hacer. Como mucho, sin perder este ritmo de parsimonia interior, alguna de las rutas que se ofrecen desde el puerto en barcos pesqueros. Visitar la vecina isla de los Pájaros para avistar algunas de las cerca de 150 aves que habitan la Reserva, como pelícanos blancos y grises y las gacelas blancas; o el islote de la Pasión, para enamorarse las parejas que no lo estén ya o para enamorarse más, como lo venden con guasa los locales; o ambas simplemente para disfrutar la travesía y contar los azules del mar y las aletas de delfín que brotan al otro lado de la borda.

Más allá de ambas islas diminutas se puede navegar también a la laguna y el cenote de Yalahau que separa la isla del continente, de aguas cristalinas, antigua fuente de agua para Holbox y jardín de recreo de los mayas, o conocer Cabo Catoche, la puntita del Estado de Quintana Roo, que pertenece oficialmente a la zona de Holbox anclada al continente y que fue el sitio donde desembarcaron los españoles en México por primera vez en 1517. En la misma zona, en Boca Iglesia, se erigió la primera iglesia católica del continente. Más allá de eso todo se hace aquí con los pies descalzos o con dress code a lo sumo –y eso supone ya mucha ropa– de sandalia. Porque aquí, además, todo sucede en la calle.

Sus restaurantes son “pura arena”, como dicen los lugareños. Palapas en la playa u hoteles que se arriman a las orillas. Con esa premisa básica de partida el único estrés posible será decidir dónde comer. Si optar por la propuesta más moderna y elegante del hotel Las Nubes, con raviolis de cochinita en salsa de chaya, por la más playera de Huacalito, el restaurante del pequeño hotel Casa Iguana, con menú de ceviches, tacos de pescado y burritos de camarones, o por alguno de los locales del pueblo, incluidos, claro, que esto es México, los puestos de tacos de la plaza principal, abiertos hasta la medianoche, punto de encuentro de los apenas 800 habitantes del pueblo con los visitantes. Y sus bares por la noche ofrecen igual barras abiertas a las calles donde las aceras se convierten en taburetes, como el Hot Corner, uno de los más populares, donde se mezclan mexicanos y extranjeros y se beben cervezas y margaritas. 

Esperar el atardecer

En Holbox, insistimos, ese es su secreto, y no dónde está, que dejó de serlo, no hay nada que hacer. No hay impresionantes ruinas como en la costa vecina, salvo los escuetos restos del centro ceremonial de Yoluk, en el centro de la isla, recordatorio de que los mayas fueron y vinieron por aquí antes de que llegasen las naves españolas. Ni hay piscinas multitudinarias con barras de bar acuáticas y animadores con megáfono. Las únicas actividades posibles son pasear caminando o en bicicleta por sus 41 km de longitud, buscar los manglares de los extremos, adentrarse al breve interior de sus dos km de anchura o quedarse tumbado en la playa a esperar el atardecer rojo mientras se observa pescar a los cormoranes que caen en picado con formación de escuadrón de la RAF. Eso y, por supuesto, olvidarse del wifi mientras se aguarda, también con paciencia de isla, a que el apetito, como todo, vaya y regrese. Y vuelta a empezar. Como las tortugas y los flamencos. Como la paloma de la canción de Francisco.

Nadar con el coloso del mar

Es el pez más grande del planeta. Ronda los 12 metros de longitud y puede alcanzar incluso los 18, más que un autobús, y las 20 toneladas de peso. Suele habitar las aguas cálidas de los océanos Índico y Pacífico. El Rhincodon typus, conocido como tiburón ballena, es uno de los animales más fascinantes del planeta. La mala noticia es que desde el año pasado está considerada una especie en peligro de extinción. La destrucción de su hábitat, la muerte accidental en redes de pesca, el choque con grandes buques y la caza que aún se practica en algunas zonas de Asia han mermado alarmantemente su población a la mitad durante los últimos 75 años, según denuncia la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN en sus siglas en inglés). La buena noticia es que cada año, entre junio y septiembre, este pez –a diferencia de las ballenas, no es un mamífero– solitario y dócil nada hasta las aguas del Caribe para alimentarse de su plancton y de sus pequeños peces. Verlo comer es un espectáculo. Para hacerlo abre la mandíbula de metro y medio de longitud y engulle todo lo que le rodea. Después la cierra, filtra el agua por sus agallas y traga el resto. Por él, Holbox está considerada Reserva de la Biosfera del Tiburón Ballena desde 2009. Y él es sin duda una de las grandes atracciones de los viajes a Holbox o incluso de las excursiones que pueden hacerse desde la Riviera Maya, porque no solo puede avistarse en un paseo en barco a pocos kilómetros de su costa sino, mejor aún, incluso sumergirse con él y hacer esnórquel casi sobre su lomo. Durante esos meses en los que es posible el avistamiento numerosas agencias ofrecen esta excursión, una de las más llamativas y únicas que se pueden hacer en el mundo. Conviene, eso sí, reservar con antelación y comparar precios.

David López

Del barco a la mesa

La cocina en Holbox no se diferencia de la del resto del Estado de Quintana Roo. Ni siquiera de la del Estado vecino de Yucatán. Como cuentan los cocineros en Holbox, son los mismos productos y la misma preparación, desde las enchiladas de pollo deshilachado a las empanadas rellenas de cazón o los famosos ceviches de marlín o de caracol. La misma gastronomía fruto de la migración en la zona durante años entre Estados, incluido también Campeche, la herencia española y las reminiscencias aún de las recetas indígenas.

Lo que caracteriza y destaca de toda la isla es que, como lo define Edgar, del restaurante Viva Zapata, en el centro de la isla y uno de los más populares entre los viajeros, “conserva su frescura”. Y eso en la comida significa que todo lo que se come ha sido pescado el mismo día y que la carta dependerá de las capturas que traigan los vecinos en esas barcas que, cuando no faenan, mecen a los viajeros por las aguas cristalinas que rodean la isla.

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