Historias del Siglo de Oro de Alcalá de Henares

En el corredor del Henares, los monumentos y plazoletas de Alcalá susurran historias de personajes ilustres del Siglo de Oro. Su belleza pausada parece sonreír los fines de semana al ajetreo de quienes la habitan y a sus visitantes.

Marina Guilarte Polanco

Alcalá es para venir un día de sol a pasear, hacer las fotos reglamentarias y darse a las tapas y al buen comer", me dice mi amigo Juan, a quien veo todos los días en mi peregrinación laboral Guadalajara-Madrid. Lo cierto es que yo siempre reduje la ciudad a una parada de tren hasta que encontré a mi buen adalid urbano. Juan me espera en la estación. Y empezamos bien: luce el sol, aunque la primera visión es algo triste: un monumento conmemorativo del 11-M me hiela por un instante. Pero ya todos hemos aprendido a convivir con ello y comenzamos la singladura. A pocos metros, la primera sorpresa: el Hotel Laredo. Me cuenta Juan que nunca fue hotel sino un palacete caprichoso que un polifacético alcalde de Alcalá se construyó como residencia particular a finales del siglo XIX. La base neomudéjar, los miradores góticos, elementos renacentistas, pompeyanos, modernistas y jardines deliberadamente laberínticos me ponen sobre aviso del eclecticismo de las construcciones alcalaínas. Mi cara de asombro ante tan exótico rompecabezas arquitectónico provoca la explicación de mi buen amigo, quien me habla del pasado morisco, judío y cristiano de la ciudad. Llegamos a la Plaza de Los Cuatro Caños y el bullicio convierte la legendaria calle Libreros, antigua ubicación de imprentas, en un trasiego de gente sonriente que me obliga a sortear algún que otro carricoche o paseante sosegado. La atmósfera aparenta familiar, pero también los jóvenes se echan a la calle en busca del aperitivo que, casi siempre, deviene en comida. Dejando de lado el Colegio Máximo de los jesuitas, actual Facultad de Derecho, y la inmensa iglesia de Santa María, casi inapreciable por esa falta de perspectiva que negamos al visitante en la práctica totalidad del país, arribamos al primer puerto: El Hidalgo (calle Bedel, s/n). Ruidoso donde los haya, con aire castizo propiciado por la azulejería talaverana de escenas quijotescas y con unas tapas ricas. Al salir, con los ojos animados por el vino, quedo des lumbrada por la fachada de la universidad cisneriana, donde me detengo para escrutar cada detalle. En sus proporciones y aire reposado recoge los desvelos de teólogos y humanistas, un auténtico boceto de la estructura cultural de España. La institución fue germen de la Universidad Complutense hasta que por decreto fue trasladada a Madrid. Parece mentira que durante la desamortización de Mendizábal fuera subastada, convirtiéndose, entre otras cosas, en fábrica de gusanos de seda. Se ofrece una visita guiada por un becario de la universidad, pero optamos por la visita libre, aunque te restringe la entrada al Paraninfo y al Patio Trilingüe.

Un poco de piedra, un poco de vidrio: objetivo, el Pájaro Grifo (Bustamante de la Cámara, 3). Alcalá mantiene esa amable costumbre de hermanar tu bebida con una deliciosa tapa... Un saltito y al Indalo (Libreros, 9), otra taberna concurrida de variadas tapas y vinos por copas. El aperitivo parece un deporte municipal. Los complutenses se mueven con una soltura peculiar en la barra. Juan se hace hueco y con un par de señas (que a mí me parecen contraseñas) consigue que el camarero coloque frente a nosotros un par de cervezas frías y una gran rosca de lacón que genera un comentario muy poco original de mi parte: "¿El aperitivo es gratuito con la bebida?". Juan me sonríe y asiente.

La Plaza de "El monigote"
Reemprendemos el camino y desembocamos en la Plaza de Cervantes. El templete de música y los soportales le confieren una geometría particular. Merodeamos la plaza presidida por el monumento al insigne escritor, denominado popularmente El monigote, y echamos un vistazo a los restos de la antigua parroquia de Santa María, que conserva la pila bautismal de Cervantes y que en la actualidad funciona como sala de exposiciones. El Ayuntamiento o Casa Rosa, el Casino, la capilla del Oidor o el Corral de las Comedias forman el conjunto de edificios ilustres que miran a la actividad de la plaza.

La columna vertebral del casco histórico es la calle Mayor, una verdadera reliquia medieval que presume de ser la calle porticada más larga de Europa. Los soportales son escenario de encuentros, charlas distendidas y amistosos saludos. El trajín de títeres, mimos, bailes y músicos descubren una ciudad alegre y amena. La traza de las callejas nos recuerda el pasado judío de la zona y calle arriba topamos con la supuesta casa de Cervantes; recreación en realidad de una casa de época en la que entramos para disfrutar el patio castellano. Husmeamos también el corral de la sinagoga y desembocamos en la calle Escritorios, cuyo perfil de espadañas y campanarios habitan las parroquianas permanentes. Porque Alcalá es Patrimonio de la Humanidad desde 1998, pero sus torres son patrimonio de las cigüeñas desde siempre. Embestimos de nuevo Mayor y hacemos un alto en las Cuevas de Rocinante (Carmen Calzado, 1). La entrada reza "Aquí tiempo ha se nutría y desnutría el caballo más famoso del mundo"; y es que se trata de unas cuadras reconvertidas en mesón cervantino. Me dejo aconsejar y me decido por La Lanza de Don Quijote (una brocheta de chorizo, jamón, beicon, butifarra y champiñones) y un vinito. Caigo también en la tentación de probar el Sanchito.

Cambiamos el frenesí de columnas por la tranquilidad de la calle Santiago, donde la armoniosa combinación complutense de ladrillo y piedra se sucede a lo largo de su rectitud arbolada. Tras una retahíla de colegios que fueron conventos y luego hospicio y luego centro de salud y cultural... la Plazoleta de las Bernardas llega como una bocanada de aire. En la puerta del templo de las Bernardas, un grupo de turistas esperan a su guía fotografiándose en todas direcciones, pues el lugar no tiene ángulo muerto. En el mismo enclave destaca el Torreón del Tenorio, torre mudéjar que pertenece al conjunto del majestuoso Palacio Arzobispal.

Tienda de libros de lance
Abstraída en mi caminar atisbo una tienda de libros de lance: Domiduca (Plaza del Padre Lecanda, 5). El gancho callejero de libros de ocasión no hace justicia a las joyas que esconde en su interior. Marcos, el propietario, nos deleita con volúmenes casi únicos mientras comenta el movimiento cultural de la ciudad.

Avanzan las horas y mi cuerpo reclama a gritos un café. Juan parece haberlo escuchado. Cruzamos la Plaza de los Santos Niños, antiguo corazón de la ciudad, con su iglesia Magistral de torre herreriana, y por Empecinado llegamos a El Continental (Empecinado, 23). Necesito varios minutos para elegir si acomodarme en uno de los tres acogedores salones coloniales o lanzarme al abrazo de la terraza; y otros más para leer la extensa carta y decantarme por un café bombón y un delicioso mus de chocolate. Es un lugar realmente agradable. Animados por la charla nos movemos a un lugar de más ambiente: Soul Café (Escuelas, 3). Lleva abierto poco tiempo, pero se ha hecho con una clientela simpática y miscelánea. Se ve que la inauguración ha sido acogida con entusiasmo por la juventud alcalaína. Para mí son nuevas caras, pero entre ellos se percibe una compenetración de años. Divagando como se divaga cuando uno se encuentra en un nuevo entorno, caigo en la cuenta de que son más de las dos de la madrugada. Juan me ofrece su casa, pero yo ya he reservado en la pintoresca Hospedería la Tercia (La Tercia, 8).

"Duelos y quebrantos los sábados..."
La primera página de Las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha, se ha convertido en emblema de lo que hoy se conoce como Gastronomía Cervantina.

Una olla de algo más vaca que cordero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda...". Esta descripción, que podemos encontrar en la primera página de Las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha, se ha convertido en emblema de lo que hoy se conoce como Gastronomía Cervantina, muy extendida en Alcalá. Las virtudes ornamentales y arquitectónicas de la Hostería del Estudiante (Colegios, 3), antiguo colegio de San Jerónimo, configuran un comedor que es parada gastronómica obligatoria para los amantes de la buena cocina castellana. La ensalada de San Isidro, duelos y quebrantos, la sopa boba, cocido madrileño o las migas con chocolate visten su carta. Ofrece un menú degustación por 36 euros. En la mayoría de los restaurantes agradas el estómago, pero en Alcalá también la vista. La Cúpula (Santiago, 18), antiguo Colegio de Doctrinos y convento de Franciscanos Capuchinos de Santa María Egipciaca del siglo XVII, conserva el ambiente especial del templo y te deleita con un menú completo y a la vez delicioso al paladar (40 euros). De ambiente rural encontramos La Casa Vieja (San Felipe Neri, 7). En los azulejos que adornan sus puertas leemos "Cocina típica y tapas magistrales" . El olor a asados en horno de leña, parrilladas de carnes a la brasa y migas ilustradas te conducen cegado a su terraza. Ideal para las noches cálidas de verano (entre 10 y 30 euros). De corte señorial es el Antaño (Ángel, 1-3). Restaurante de postín complementado con sidrería de lujo en una mansión señorial donde circula la cocina en miniatura y se comparten raciones (de 35 a 50 euros). Como epílogo, los dulces se presentan como un detalle especial con el que volver a casa. Las rosquillas de Alcalá, la costrada o las almendras garrapiñadas componen la confitería complutense. Estas últimas, las almendras, la gloria dulce y rubia de Alcalá, aún se pueden comprar a través del torno en el convento de clarisas de San Diego, aún de clausura.