Hiroshima: símbolo de la barbarie atómica

Visitar esta ciudad japonesa, que mantiene sus cicatrices abiertas como recuerdo de lo que nunca más debe ocurrir, es dar un paseo por la más desgarradora encarnación de la crueldad bélica.

Noelia Ferreiro
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Sucedió por estas fechas, en un verano triste y apagado. Cuentan que fue un relámpago silencioso, una detonación sorda, un soplo onírico de nube súbitamente transformada en bola de fuego. Un segundo y la destrucción absoluta. Era el 6 de agosto de 1945, a las 8.15 de la mañana.

Hay acontecimientos históricos que escuecen como vinagre en las heridas, pero que a su vez son una lección de Historia que nunca se debe olvidar. Hiroshima, la ciudad japonesa que fue víctima de la primera bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial, vive con la huella indeleble de este funesto episodio. Y aunque ha logrado pasar página, mantiene vivo el recuerdo de lo que nunca, jamás, debe volver a ocurrir.  

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Porque el día en que el Enola Gay escupió ese hongo letal de nombre macabramente irónico (Little Boy o Pequeño Niño), los relojes se pararon en esta metrópoli de la región de Chugoku, en el oeste nipón. Un segundo y 85.000 muertos en el acto y unos devastadores efectos radiactivos que devolvieron muertes y más muertes hasta 20 años después de la catástrofe. Fue el lanzamiento de la primera bomba nuclear y todo quedó reducido a cenizas. Todo, excepto el armazón desnudo y desangelado de un edificio que aún hoy puede contemplarse en su devastado estado. Un edificio que ha quedado como  símbolo eterno del holocausto nuclear. Su historia, claro, es una historia muy triste.

Concebido como el Auditorio de la Prefectura de Hiroshima para la Promoción Industrial, esta construcción de corte occidental había sido diseñada por el arquitecto checo Jan Letzel para acoger bajo su cúpula verde iniciativas empresariales, ferias, exhibiciones y todo tipo de eventos comerciales tan comunes por aquellos tiempos de paz, cuando Hiroshima era una ciudad próspera y dinámica, ajena a la crueldad y la barbarie.

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Aquella mañana tibia del verano del 45, el cielo se iluminó unos instantes justo encima de su tejado. Todas las personas que se encontraban en su interior fallecieron en el acto y todo aquello que le rodeaba (casas, calles, barrios enteros) se fundieron hasta desaparecer por completo. Sin embargo, al caerle justo encima, la onda expansiva no ocasionó en este edificio más que algunos daños colaterales. Por eso, aunque sus muros quedaron perforados, su estructura pudo mantenerse en pie, testigo de la destrucción, erguida hacia ese cielo desde el que se había derramado el silencio acompañado de la muerte.

Con el tiempo, la ciudad de Hiroshima fue completamente reconstruida hasta convertirse en la ciudad moderna que es hoy. Pero la cúpula Genbaku, con sus hierros desdentados abrazando la nada, quedó para siempre inalterada como un símbolo del absurdo al que puede llegar el ser humano. Como un recuerdo imborrable de una de las mayores tragedias que ha vivido la edad contemporánea. Por eso la Unesco declaró Patrimonio Mundial a este amago de monumento, que adoptó el feo nombre de Bomb Dome.

A unos metros está el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima y el Memorial, con ese cenotafio por las víctimas donde arde una llama permanente. Una llama que tan sólo será apagada cuando no quede una sola arma nuclear sobre la faz de la tierra.