Que no se olvide la barbarie: un paseo por Hiroshima y el 80º aniversario del bombardeo atómico
La ciudad japonesa mantiene sus cicatrices abiertas como recuerdo de lo que nunca más debe ocurrir.

Sucedió por estas fechas, en un verano triste y apagado. Cuentan que fue un relámpago silencioso, una detonación sorda, un soplo onírico de nube súbitamente transformada en bola de fuego. Un segundo y la destrucción absoluta. Era el 6 de agosto de 1945, a las 8.15 de la mañana. Hiroshima, la ciudad japonesa que fue víctima de la primera bomba atómica detonada en el mundo durante la Segunda Guerra Mundial, vive con la huella indeleble de este funesto episodio, con la cicatriz de lo que fue una de las más desgarradoras encarnaciones de la crueldad bélica. En el año en el que se cumplen ocho décadas de este día, justo cuando regresa el miedo global a las armas nucleares, recordamos este acontecimiento histórico que sigue escociendo como vinagre en las heridas, pero que a su vez es una lección de historia que nunca se debe olvidar.
Esqueleto de la crueldad
Apenas se desperezaba esta metrópoli de la región de Chugoku, en el oeste nipón, cuando el Enola Gay escupió aquel hongo letal de nombre macabramente irónico: Little Boy o Pequeño Niño. Y entonces los relojes se pararon. Un segundo y 85.000 muertos en el acto. Un segundo y unos devastadores efectos radiactivos que devolvieron muertes y más muertes hasta 20 años después de la catástrofe.

Con el tristemente famoso bombardeo de Hiroshima todo quedó reducido a cenizas. Todo, excepto el armazón desnudo y desangelado de un edificio que aún hoy, 80 años después, puede contemplarse en su estado devastado. Este edificio ha quedado como símbolo eterno del holocausto nuclear.

Concebido como el Auditorio de la Prefectura de Hiroshima para la Promoción Industrial, esta construcción de corte occidental había sido diseñada por el arquitecto checo Jan Letzel para acoger bajo su cúpula verde iniciativas empresariales, ferias, exhibiciones y todo tipo de eventos comerciales tan comunes por aquellos tiempos de paz, cuando Hiroshima era una ciudad próspera y dinámica, ajena a la crueldad y la barbarie.

Aquella mañana tibia del verano del 45, el cielo se iluminó unos instantes justo encima de su tejado. Todas las personas que se encontraban en su interior fallecieron en el acto y todo aquello que le rodeaba (casas, calles, coches, gentes, barrios enteros) se fundió hasta desaparecer por completo. Sin embargo, al caerle justo encima, la onda expansiva no ocasionó en este edificio más que algunos daños colaterales. Por eso, aunque sus muros quedaron perforados, su estructura pudo mantenerse en pie, testigo de la destrucción, erguida hacia ese cielo desde el que se había derramado el silencio acompañado de la muerte.
La ciudad luminosa de hoy
Con el tiempo, la ciudad de Hiroshima fue completamente reconstruida hasta convertirse en la ciudad moderna que es hoy. Pero la cúpula Genbaku, con sus hierros desdentados abrazando la nada, quedó para siempre inalterada como un símbolo del absurdo al que puede llegar el ser humano. Como un recuerdo imborrable de una de las mayores tragedias que ha vivido la edad contemporánea. Por eso la Unesco declaró Patrimonio Mundial a este amago de monumento, que adoptó el feo nombre de Bomb Dome. A unos metros está el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima y el Memorial, con ese cenotafio por las víctimas donde arde una llama permanente. Una llama que tan solo será apagada cuando no quede una sola arma nuclear sobre la faz de la tierra.

Más allá del Parque Conmemorativo de la Paz donde se encuentra el Dome, Hisroshima ofrece otras visitas interesantes. Como el Castillo (construido originalmente en 1590, pero destruido también por el bombardeo y reconstruido después en 1958), que alberga un interesante museo sobre la historia de la ciudad. También los jardines Shukkeien, exponentes del paisajismo en miniatura tan típicamente japonés.

Pero lo que nadie debe perderse es la animada calle Hon-dori, una arteria peatonal repleta de tiendas, bares, karaokes, pachinkos… Es el lugar donde se concentra el ambiente de esta ciudad que ha sabido pasar página.
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