El Hierro, reserva de cielo y viento

EN EL CONFÍN DEL ANTIGUO MUNDO. Hace lo suyo que este Finisterre canario dejó de ser un secreto para los submarinistas. Con cuentagotas, se les han ido sumando caminantes y buscadores de escenarios sin depredar por sus soledades marcianas de cráteres y pozas de lava, sus miradores al filo de los acantilados, sus bosques de laurisilva y sabinas dobladas por el viento, sus pocos hoteles, poca gente y poca cobertura en el móvil. 

Elena del Amo
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Foto: LUIS DAVILLA

El aterrizaje, al filo del mar, es de los que se recuerdan. Minutos antes, sobre las olas picadas del Atlántico empieza a avistarse un grumo de lava en forma de pirámide, abombado a la vertical sobre los acantilados y rociado tímidamente de caseríos por los que, aún desde el aire, se intuye que la vida no ha debido nunca ponerlo fácil. “Los herreños son gente muy solidaria; se nota que aquí se ha pasado hambre y, sobre todo, sed”, afirma Pablo, el ermitaño que habita una de las cuevas junto a la playa del Verodal, espectacular pero peligrosísima tanto por los desprendimientos desde el montañón que le guarda las espaldas como por la fuerza pavorosa con que el océano embiste sus coladas volcánicas y sus arenas rojas.  

Pescadores en la costa de La Caleta. | LUIS DAVILLA

En esta isla de escasos 278 kilómetros cuadrados, Reserva de la Biosfera y Geoparque de la Unesco, todo ha girado siempre alrededor de la escasez de agua, sobre cómo retenerla por unos suelos porosos que la filtran como un colador y cómo bombearla hasta lo alto de sus escarpes, por lo que razón no le falta a este estrafalario personaje recogido, mientras hacía auto-stop, al poco de salir del aeropuerto de andar por casa que se gasta El Hierro. Tras bajarle en la remota esquina donde este anacoreta de Talavera se ha bajado del mundo, la única vecina a la vista por las calles de Sabinosa parece insistir en la sed endémica de esta tierra. Hablando sola, le recrimina a las nubes haber pasado de largo sin derramar ni gota en el pueblo. Con semejante recibimiento, se percibe ya de entrada que esta no es una isla más, y que no es una isla para cualquiera. Quien persiga placeres mundanos hará bien en buscarse otro lugar. El que pretenda olvidarse la civilización, habrá llegado al suyo. Podrá atrincherarse en una casita rural donde desconectar de todo, y eso incluye al resto del mundo.

Faro de Orchilla. | LUIS DAVILLA

Hasta el descubrimiento de América, El Hierro fue la linde más occidental del mundo conocido. De ahí que, desde los tiempos de Ptolomeo, se fijara en su Punta de la Orchilla el Meridiano Cero, y como tal figurara en las cartas de navegación. El honor lo perdió, cosas de la geopolítica, al recolocarse su línea imaginaria en Greenwich allá por 1884. También perdió el de ser la menor de las Canarias cuando, hará en junio dos años, el entonces islote de La Graciosa se elevara a la categoría de isla. Y ya ni siquiera es una gran desconocida por obra y gracia de la televisión. El éxito de la serie policiaca Hierro, de la que se prepara la segunda parte, ha animado a muchos a volver la mirada hacia la, todavía, isla más al sur y al oeste del archipiélago, la más dejada de la mano de Dios y, geológicamente, la más joven. La erupción del volcán submarino que en 2011 puso en jaque a los herreños fue la primera registrada en siglos, pero no será la última. 

RESERVA Y GEOPARQUE

Monitorizado en directo por las televisiones del mundo, aquello sucedió a dos pasos de La Restinga, el pueblo que hubo entonces de evacuarse varias veces y que tan bien conocen los submarinistas. Para ellos, los fondos cuasi tropicales del Mar de las Calmas y la posibilidad de bucear entre mantas diablo y hasta tiburones ballena no son ningún secreto. El resto de El Hierro sí lo es, aunque cada vez menos entre los buscadores de escenarios sin depredar. Tan pocos visitantes –ni 20.000 al año– no será por falta de títulos. Porque, desde que arrancó el siglo XXI, aquí se ha ido haciendo acopio de unos cuantos. Los principales: Reserva de la Biosfera y Geoparque.

Central hidroeólica. | LUIS DAVILLA

De hecho, amén de ser la de momento única isla del planeta energéticamente sostenible, presume a su vez de ser la primera en aunar estas dos distinciones avaladas por la Unesco, por conciliar la conservación de sus espacios naturales con el desarrollo de las poblaciones asentadas por ellos. Para entender ambos galardones podría enfilarse hacia el Centro de Interpretación que, en El Pinar, se pasea por su vulcanismo reciente, sus más de medio millar de cráteres a cielo abierto y otros tantos cubiertos de coladas, sus lajiales o extensiones de malpaís, o los megadeslizamientos que le dieron forma a sus abruptas hechuras. O por el que, en otro caserón de la villa de Isora, lo adentra a uno en sus ecosistemas y en las mañas de las que se valían sus pastores y campesinos para sacarle partido a los pocos recursos a mano para subsistir. 

Camino hacia un mirador de la costa Este. | LUIS DAVILLA

Sin embargo, mejor vérselas cara a cara con la isla. Con más de la mitad de sus geografías protegidas, sus apenas 33 kilómetros de largo por 17 como máximo de ancho dan inesperadamente de sí. Recorrerla como merece exigirá agenciarse un coche, y cada mañana convendrá informarse de si hubiera alguna carretera cortada por culpa de algún derrumbe. Por lo demás, las principales están en estado óptimo, apenas hay tráfico y conducir entre sus soledades es un soberano espectáculo, viendo cambiar la flora a medida que se eleva la altitud, desde los cardones de desierto y la mareante variedad de crasuláceas cerca de la costa hasta los bosques de laurisilva y pino canario. Desde Valverde, una capital de juguete cuyo casco viejo se salda en un visto y no visto, apenas llevaría tres cuartos de hora plantarse en la otra punta. Eso, claro, sin parar. Aunque en las paradas, también, es donde está la gracia.

Paseo por bosque de laurisilva. | LUIS DAVILLA

CICATRIZ DE ROCA

Al poco de salir de esta ciudad con hechuras de pueblo grande, las espesas neblinas que traen por el noreste los alisios se desvanecen al atravesar el túnel de Los Roquillos. Inaugurado en 2003, sus casi dos kilómetros y medio sacudieron algo el ritmo adormilado de El Hierro al salvar en minutos el risco que antes obligaba a darle una y mil vueltas. Del otro lado y sin previo aviso se abre el boquete en forma de media luna del valle de El Golfo, la cicatriz del cataclismo que, hace millones de años, mandó lo que entonces era media isla al fondo del mar. Con sus paredes de mil metros siempre a la vista, y con a menudo un mar de nubes coronando esta fenomenal empalizada, por la carretera afloran los desvíos hacia Las Puntas, La Maceta, el Charco Los Sargos o el Charco Azul, entre otros bufaderos y piscinas naturales de lava que, en un litoral presidido por los acantilados, suplen la casi ausencia de playas. 

Faro en la Punta de Orchilla, donde estuvo fijado el Meridiano Cero en las cartas de navegación. | LUIS DAVILLA

Por las laderas de este anfiteatro de roca, ascendiendo cada vez más entre los huertos y los bancales de viña, el mirador de La Peña, obra de César Manrique, gravita como un balcón sobre panorámicas de infarto. De continuar cumbre arriba, las del mirador de Jinama no le quedan a la zaga, mientras que, de virar en dirección opuesta, habría de hacerse un alto en el Lagartario, donde intenta recuperarse al reptil más amenazado de Europa, o en el ecomuseo de la aldea abandonada de Guinea, por cuyas casas de piedra y paja sentir la carestía de esta isla que no terminó de electrificarse hasta la pasada década de los 70, donde la cobertura del móvil falla, donde hasta hace quince años no había hospital y, como dicen sus vecinos, no se entró en el siglo XX hasta llegada la democracia.

La Caleta, preciosa localidad en el noroeste de la isla.  | LUIS DAVILLA

Por esta fértil zona de El Golfo crecen los frutales, los plátanos y, su último maná, la piña, entre los manchones blancos de pueblos agrícolas como La Frontera. Su campanario, dueño y señor de otras vistas de impresión, no se levanta junto a la iglesia sino en lo alto de un cono volcánico. Así pueden oírse sus campanadas por cada costado del valle, de una forma no muy distinta a cómo los pastores se valían antaño del silbo para mandarse mensajes a distancia. 

De vuelta a la costa, asusta la bravura con que el mar se estampa contra los roquedos junto al balneario del Pozo de la Salud. Casi tanto como las fuerzas telúricas que esculpieron de lava la escalofriante belleza del camino del Verodal al Faro de Orchilla, el del Meridiano. Ni una casa ni un tendido eléctrico se atreven a afear este Finisterre canario, azotado por el viento loco de los días de marejada y todavía más impactante si se caza por él una buena puesta de Sol. Más arriba, porque al volante tocará subir y bajar sin remedio como en una montaña rusa, la sabina más famosa de las Canarias se ha doblado literalmente hacia el suelo, hincada en una plegaria ante tanto vendaval. No es casualidad que el campeón de parapente acrobático Horacio Llorens elija las proximidades de Sabinosa para volar. Como tampoco lo es que, abajo de nuevo, las aguas de La Restinga lleven más de dos décadas acogiendo el torneo internacional de fotografía submarina Open Fotosub.

MECA DEL BUCEO

Rumbo a esta meca del buceo, acostada en el vértice sur de la estrella de tres puntas que dibujan los perfiles de El Hierro, debería haberse reservado la visita al Parque Cultural de El Julan. Solo así podrán admirarse los petroglifos que cincelaron por sus coladas los bimbaches, los bereberes del norte de África que habitaban la isla antes de la llegada, en el siglo XV, de los europeos. Desde el mirador de sus inmediaciones, sobre un talud de vértigo horadado de barrancos, se aprecia cómo entre la espuma de un Atlántico encrespado queda acotado un gran triángulo de aguas lisas como un plato. Es el llamado Mar de las Calmas, que atrae a tantos buzos, candidato a convertirse en el primer parque íntegramente marino de España y guarecido de los vientos por las elevaciones de El Julan. 

Submarinista en el puerto de La Restinga. | LUIS DAVILLA

Por encima de ellas, cada cuatro años arranca una romería que, para creyentes o descreídos, condensa la identidad de esta isla donde las sequías fueron sinónimo de epidemias y muerte o, en el mejor de los casos, de emigración. El primer sábado de julio, ya de 2021, volverán a sacar a la virgen del santuario de Nuestra Señora de los Reyes, como empezaron a hacer siglos atrás pidiéndole lluvia. Al toque de tambores, pitos y chácaras, se la irán cediendo en procesión de pueblo en pueblo mientras la acompañan con unos bailes únicos en su especie. Todo el recorrido, perfecto también para los senderistas en un día cualquiera, discurre por la treintena de kilómetros del espinazo del interior de El Hierro, la cresta montuna que frena como un escudo los alisios y les exprime la humedad. Partirán de La Dehesa a Valverde, sin evitar ni los 1.501 metros del Pico del Malpaso ni los bosques fantasmales de la Llanía ni los paisajes ganaderos de la meseta de Nisdafe. Envuelta siempre de niebla, por ella resisten en pie los muros de piedra seca con los que se separaban los sembrados de los animales, los dornajos que obraban el milagro de transformar la bruma en agua y los caminos por los que, hasta muy entrado el siglo XX, siguieron discurriendo las llamadas mudadas. Entonces, acarreando sus enseres y rebaños, familias al completo trashumaban de la montaña a la costa para huir del frío del invierno en las cumbres o cosechar los huertos a sus pies, pero, sobre todo, en busca de pastos y de agua. 

Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, en la montaña de Joapira.  | LUIS DAVILLA

EL ÁRBOL SANTO

La sed, que obligó a tantos herreños de los que ahora han vuelto a buscar mejor fortuna al otro lado del océano, en Venezuela o Cuba, solo tenía una tregua segura junto al Garoé, el árbol santo de los bimbaches. Debía ser un til enorme, propio de los bosques de laurisilva, que lo chorreaba todo a su alrededor gracias a que los terrenos arcillosos a su vera permitían, aquí sí, embalsarla. Al árbol original hace tiempo que lo arrancó de cuajo una tormenta. El sustituto, aunque más modesto, heredó la capacidad de enredar en sus ramas las nubes y hacer gotear por sus hojas esa lluvia horizontal sin la cual la vida habría sido todavía más difícil en la islita del fin del mundo. 

La famosa sabina doblada por los vientos.  | LUIS DAVILLA