Helsinki la más inteligente y la capital del país más feliz

La madre de las bibliotecas del siglo XXI, nuevas saunas frente al Báltico y barrios que respiran diseño por cada esquina. Elegida este año como Capital del Turismo Inteligente, Helsinki se reinventa al poco de cumplir un siglo como capital de la Finlandia independiente, el país más feliz del planeta, según Naciones Unidas. 

Elena del Amo
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Foto: pawel.gaul / ISTOCK

Hay ciudades ricas, hay ciudades resultonas y hay otras inteligentes. Sin llegar a superdotada, Helsinki supera la media, y progresa adecuadamente. En 2019 ha sido designada por la Comisión Europea como su primera Smart Tourism Capital (Capital del Turismo Inteligente) en reconocimiento a su accesibilidad, su digitalización, su sostenibilidad y el bullir creativo de su vida cultural. Por su parte, hace unos meses Naciones Unidas elegía por segundo año consecutivo a Finlandia como el país más feliz del mundo. Algo que, antes que a cualquier otro, sorprende sobre todo a los finlandeses.

LUIS DAVILLA

“Quizá lo de felices habría de entenderse como que vivimos sin preocupaciones”, apunta Leena Karppinen, relaciones públicas de Helsinki Marketing, y añade: “Aquí los horarios son tan flexibles, que puedo ocuparme de mis niños sin problema y nunca me planteé si podría o no tenerlos por razones económicas, pues hay mucha confianza en el Estado y en la solidez del mercado laboral. La educación pública es tan buena, que cada año copamos los primeros puestos del informe PISA, por lo que las escuelas privadas brillan por su ausencia. La sanidad no es gratuita, pero sí muy barata, y también la vivienda resulta asequible en proporción a los sueldos, con precios controlados y una distribución por los barrios de familias más y menos acomodadas que hace que no se creen guetos y se favorezca la integración. Apenas tenemos criminalidad, muchas familias hemos prescindido del coche y, esto también es esencial, hasta en la capital el contacto con la naturaleza es constante”. 

La Catedral Luterana, en la Plaza del Senado | LUIS DAVILLA

Ciudad con bosque

Esta última puntualización se hace evidente tanto en verano, cuando los bañistas disfrutan las playas de las más de 300 islitas del Báltico que pertenecen a la ciudad, como en lo más crudo del invierno. Entonces, a pesar de que las temperaturas se vuelven heladoras y gozan de pocas horas de luz al día, muchos les calzan unas ruedas especiales a la bici para seguir acudiendo al trabajo a pedal, y a la salida se escapan al silencio absoluto de los bosques. Porque cada finlandés presume de llevar un campesino dentro y, como afirmaba la rubísima Karppinen, la naturaleza siempre les queda muy a mano. 

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Más sorprendido por el reconocimiento de tamaña felicidad se muestra Antti Sauli. “Los finlandeses solemos considerarnos un tanto sombríos frente a la alegría que parecen desbordar, por ejemplo, los brasileños o los mediterráneos, aunque claramente vivimos con menos problemas que ellos”, añade este consultor de la nueva biblioteca central de Helsinki, un edificio despampanante con el que se puede empezar a tomarle el pulso al reciente brío que ha adquirido, para bien, la capital finlandesa.

Catedral Uspenski, la iglesia más grande de Europa Occidental | luis davilla

Biblioteca del siglo XXI

Frente al clasicismo del Parlamento y los conciertos del vanguardista Helsinki Music Center, con a un lado el Museo Kiasma de Arte Contemporáneo o poco más allá el blanquísimo centro para congresos que en la pasada década de los 60 le diseñó a la capital el mismísimo Alvar Aalto, los 17.000 metros cuadrados del OODI, inaugurado hace menos de un año, dejan en mantillas cualquier biblioteca al uso.

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Si impresiona su ondulante exterior de madera y vidrio –factura de ALA Architects, responsables a su vez de la rompedora ampliación en marcha en el aeropuerto de Helsinki–, por dentro es aún mejor. Solo se dedica a los libros el tercer piso, con vistas de 360º al entorno urbano y rincones para sentarse a leer o a trastear con el portátil sin que moleste el griterío de los niños –descalzos en una divertida zona ad hoc hacia uno de sus extremos– gracias a que los materiales del techo ayudan a absorber el ruido.

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Por las otras dos plantas hay desde impresoras 3D donde los usuarios no pagan más que el material empleado hasta estudios de sonido con instrumentos a disposición de cualquiera y salas de reunión para startups o comunidades de vecinos; desde videojuegos, consolas y DVDs hasta máquinas de coser o, amén de un café y un restaurante donde echar el rato, una cocina perfectamente equipada que acoge talleres y eventos. Para pasmo supremo, ni los libros están marcados ni hay detectores de robos. La confianza, de nuevo, es unas de las señas de identidad de esta biblioteca del futuro que Helsinki acaba de regalarse a sí misma por el centenario de su independencia.

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Que por aquí mandaron largos siglos los suecos queda a la vista por cada calle, en cuyos carteles los nombres aparecen en la endiablada lengua finesa (emparentada con el húngaro y el estonio, pero con ninguna escandinava), así como en la de los vecinos del oeste, el segundo idioma oficial del país. La huella de los del este, los rusos, es sin embargo más suculenta. 

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Más rusa que sueca

Fue el zar Alejandro I quien, tras arrebatarle el Gran Ducado de Finlandia a los suecos a principios del XIX, convirtió Helsinki en su capital. Tanto él como sus sucesores la hermosearon a conciencia, un poco para sacar pecho y otro tanto por haberse encontrado con un lienzo en blanco donde lucirse, pues poco antes esta entonces villa de provincias había sido devastada por un incendio y prácticamente todo andaba por hacer. A solo 400 kilómetros de San Petersburgo, acabó convirtiéndose en un lugar de veraneo para las élites rusas.

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Gracias a su impulso se erigieron monumentos tan señeros como la Catedral Luterana, un merengue blanco en la plaza del Senado cuyas cúpulas de cobre alcanzan a verse por casi todas sus geografías, o la muy próxima catedral Uspenski, ya ortodoxa y en ladrillo rojo. Siempre por designio de los zares se abrieron arterias como la Aleksanterinkatu (sí, así se las gasta el finés) o la deliciosa Esplanadi, un bulevar de aires parisinos con pabellones transformados en restaurantes por sus jardines y, a su vera, las grandes firmas de lujo entre cafés de la solera del Kämp, el Esplanad o el Strindberg. También proyectada entonces, aunque inaugurada en 1919, cuando los finlandeses ya habían aprovechado la Revolución Bolchevique para declararse independientes, su Estación Central, uno de los mejores exponentes –y en absoluto el único– del art nouveau por estos pagos. 

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Igualmente imprescindibles, los puestos de frutos del bosque y de bocadillos de embutido de reno del mercado decimonónico junto al puerto, con el constante vaivén de paseantes y de ferris rumbo a la bahía o a la fortaleza de Suomenlinna, levantada por los suecos para protegerse precisamente de los rusos y hoy declarada Patrimonio de la Humanidad. O, ya muy posteriores, la iglesia de Temppeliaukio, excavada en la roca y con una acústica brutal para escuchar allí un concierto, y el no menos singular cilindro de madera de la Capilla del Silencio. Este espacio laico abierto a espiritualidades de todo pelaje se inauguraba en 2012, año en el que Helsinki ofició como Capital Mundial del Diseño. Este se diría tan en el ADN de sus vecinos como el clima extremo con el que se ven obligados a lidiar. Y es que en cada casa, sin necesidad de estar particularmente a la moda ni haberse gastado una fortuna, se usan a diario los vasos y portavelas de Iittala, las vajillas de Arabia, los muebles de Artek o las sábanas de Marimekko, pesos pesados del diseño finlandés.

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Capital del diseño

El arquitecto Alvar Aalto, equiparable a Le Corbusier o Mies van der Rohe, sigue siendo un orgullo nacional. Su debilidad por los materiales naturales, integrándolos en el paisaje con funcionalidad y un respeto escrupuloso por el medio ambiente, no solo popularizó el diseño finlandés a nivel mundial sino que contribuyó a conformar la identidad del joven país y, por supuesto, creó escuela. En Arabianranta, un barrio de las afueras desarrollado en los albores del siglo XXI, se dedicó el 4 por ciento del presupuesto de su construcción al arte, y se nota.

Bluediscovery / ISTOCK

No solo en su Design Museum y en el Iittala & Arabia Design Centre, donde amén de empaparse en la evolución de sus marcas icónicas trabajan los creadores más rompedores, sino también en el toque de las calles. Al igual que los bloques de oficinas alzados por Alvar Aalto en el corazón de Helsinki o las viviendas para estudiantes de su Ciudad Universitaria, los edificios de Arabianranta no llaman de entrada la atención al ojo no experto. Pero mirándolos con detalle se aprecia cómo todo en ellos es práctico, es estético y tiene un sentido.

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Más evidente, y también más céntrico, el, como rezan las pegatinas de sus escaparates, Design District: una veintena larga de calles con cerca de doscientos negocios consagrados al Made in Finland. Entre ellos hay cafés y hasta un hotel instalado en una vieja comisaría, estudios creativos y galerías de arte de la trayectoria de Helsinki Contemporary, pero, sobre todo, diseño. Tan colorido como la ropa de VIMMA o la más clásica de Anna Ruohonen, pasando por joyerías de la minuciosidad con que, en el taller de la trastienda, trabaja la plata y el cuero la pareja propietaria de Laakso & Sundman, las bolsas con materiales de deshecho de Lovia, las telas irresistibles de Johanna Gullichsen o, entre tantos más, los gorros con conciencia ética que Kimmo Halme elabora a la medida y la mitad galería mitad boutique de decoración con a la postre un café en su interior de Lokal.

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El reino de la sauna

Si los artesanos del Design District llevan casi tres lustros consolidando su apuesta, no hace ni un año las elegantes galerías Kämp abrían su planta superior a exclusivamente la moda finlandesa, con incluso un espacio para que los jóvenes creadores presenten sus colecciones. Más heterogéneos, los escaparates de Kallio, un antaño barrio obrero cada vez más gentrificado por los bohemios de nueva hornada y por los hipsters. Pero en lo que la sociedad finlandesa sí que no entiende de distingos es en el gusto de disfrutar todos por igual, y muy regularmente, de su majestad la sauna. Solo Kallio cuenta con un par de ellas abiertas hará pronto un siglo. Por todo el país debe haber tres millones de saunas. ¡Nada mal teniendo en cuenta que no suman ni el doble de almas!

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Ser invitado a alguna de las que atesora cada bloque de vecinos no es privilegio menor. Pero de no darse, siempre quedan las públicas. Con recién llegadas tan espectaculares como la estructura de madera frente al Báltico de Löyly, la que ocupa la islita de Lonna o, justo sobre el puerto, la de Allas Sea Pool, un complejo de piscinas y terrazas de copas como una proa sobre el mar. En uno de sus flancos, hace un puñado de veranos una noria muy a lo London Eye cambiaba para siempre el skyline de Helsinki. En una de sus cabinas, increíble pero cierto, sí, se ha instalado una sauna. 

LUIS DAVILLA