Harar, antigua ciudad prohibida

No se ha de tener miedo en ir a Harar, la antigua ciudad prohibida de Etiopía, entre otras cosas porque es de una belleza decadente que saca pétalos sepia a la memoria. Harar fue vedada largo tiempo al blanco o cristiano, y se tuvo por la cuarta ciudad más sagrada del Islam tras La Meca, Medina y Al Quds (Jerusalén). Cuarto puesto, por cierto, que también pretendían Bujara en Uzbekistán y Kairouán en Túnez. Lo cierto es que Harar era poco más que un aduar beduino cuando reinaba Mohammed Gragne, el Atila de esa zona, quien, según el explorador y escritor Burton, "en el año 1528 se apoderó de Shoa, arrasó Amhara, quemó las iglesias y se llevó un inmenso botín". El cronista y sacerdote portugués Jerónimo Lobo, muy estimado por Burton, contó que ese rey era cojo cuando en realidad era gragne o guray, es decir, zurdo. E insaciable. Cortó la cabeza al expedicionario Don Cristóbal, hijo de Vasco de Gama, y con esa cabeza se puede decir que implantó el Islam en gran parte de un país cristiano y negro como la vieja Abisinia. Si acaso, de la cabeza enterrada de Don Cristóbal brotó un manantial milagrosamente curativo para los nostálgicos cristianos.

Harar, una alcazaba de polvo verdeada por el kat, tenía para Burton un aire toscano y saludable. Según un poeta persa, "su calor no es tórrido, ni su frío gélido". Una ciudad mítica, en efecto, pero los hararí, listos como el hambre, no se han parado en los tiempos de Burton: ya han producido un DVD del Corán traducido a su difícil lengua y, lejos de purés de clichés, también se encuentran a gusto como emigrantes en Estados Unidos y Australia. Cuando en 1854 el capitán Burton entró en Harar, la ciudad prohibida de Etiopía no se derrumbó como se había profetizado. Tampoco el emir cortó el cuello al infiel Burton, quien sacó buenos momentos de reflexión en ese lugar, a 1.800 metros de altitud, donde las mujeres somalíes añadían a sus encantos el emplear de forma constrictora los músculos de ciertas partes. Burton se atribuyó ser el primer blanco que entraba en Harar. Tal vez fue así. Desde luego no había conseguido eso un año antes en La Meca y Medina: allí lo precedieron, entre otros, el suizo Burckhardt y el catalán Ali Bey, Domingo Badía, este último en el lejano 1807. Harar era un sitio aún más peligroso que La Meca para un europeo. Burton habló mucho de eso. Los guardias gallas del emir y, en general, los pobladores de la villa tenían cara de pocos amigos, aunque por la tarde todos mascaban kat, rezaban y hacían el amor largamente. Esa hoja, parecida a la coca suramericana, tiene ciertos efectos priápicos, sin hablar del más importante, el efecto del kayf, la paz más salomónica, "el goce pasivo de los meros sentidos... el construir castillos en el aire...". Harar ganó, tras Burton, una reputación exagerada y a eso contribuyó luego un improbable traficante de armas llamado Arthur Rimbaud, que se tiró casi diez años pudriéndose allí. Más tarde llegarían los fascistas italianos con ganas de incidir en la pétrea indolencia y así pasó, nada más que decadencia hasta nuestros días en la ciudad emparedada entre el desierto de Danakil y el no menos feroz Ogadén. Es lógico que de vez en cuando haya quien quiera dinamizar la ciudad dormida en los laureles del kat, del magnífico café hararí, del hidromiel suave y cabezón. Unos espabilados, por una módica suma, alimentan a las hienas salvajes (pero amaestradas) que vienen del desierto a su llamada. Un tipo da de comer a una hiena carne con la boca, y la taimada le roza y casi le besa, pero no le come los labios. A Burton ese número de las hienas no le habría gustado dado que iba a Harar, como a tantos otros sitios, a presuponer que el entendimiento general del lugar obligaba a conocer con método lengua, religión, clan, sexualidad, bebidas... Y todo ello desde la óptica, aún muy vigente, de "...la casi insuperable dificultad en que estriba el deshacerse de las ideas y modos de pensamiento típicamente europeos...". Lo contrario de lo que se suele hacer. Por eso, un hombre extraordinario como el capitán Burton, que hablaba treinta idiomas, y que profundizó en todos ellos y en muchos temas, no podía dejar de lado una ciudad como Harar. Disfrazado de peregrino musulmán, entró, vio y venció. Como casi siempre.