Hamburgo, la ciudad que se multiplica a sí misma
Moderna, dinámica y devoradora de cultura, la segunda ciudad germana es un laboratorio en constante borboteo que muda de piel con cada latido. Descubrirla es emprender un paseo por la Alemania más joven y creativa.

Moderna, dinámica y devoradora de cultura, Hamburgo muestra su lado más creativo / Istock /
Dicen quienes conocen bien a los habitantes de Hamburgo que por sus venas corre una cierta vanidad, un orgullo avalado por su histórico esplendor que es, tal vez, el que impulsa la eterna (pero sana) rivalidad con Berlín por erigirse en la metrópoli más dinámica de Alemania. Y es que, si algo distingue a la que es conocida como la dama del norte germano, es su poderoso carácter. “No olvidemos que aquí nació la excanciller Angela Merkel… aunque también otras celebridades menos implacables, como los compositores clásicos Brahms y Mendelssohn o el icónico diseñador de moda Karl Lagerfeld”, bromea Hedda Scherres, especializada en la historia de la ciudad, mientras paseamos por el puerto en una tibia mañana de invierno.

Adriana Fernández
Este mismo puerto sobre el río Elba fue el que, allá por el siglo XIV, le valió a Hamburgo el calificativo de La puerta al mundo. Eran los tiempos de la Liga Hanseática, aquella asociación mercantil y defensiva que dominó el comercio marítimo hasta el siglo XVII, protegiendo sus rutas en el norte de Europa. Un puerto que hoy es el tercero mayor de Europa (por detrás del de Róterdam en los Países Bajos y el de Amberes-Brujas en Bélgica) y que no solo se erige en el epicentro de la actividad comercial con su trasiego de barcos de todos los continentes, sino que además es el alma de la ciudad. Los contenedores gigantes, la arquitectura portuaria, los museos navales, los muelles flanqueados de bancos donde sentarse cuando llega el buen tiempo definen la fisonomía de la ciudad, del mismo modo en que la conexión con el mundo exterior que le ha proporcionado históricamente define la idiosincrasia de su población. “Una idiosincrasia reservada, sí, pero con una mentalidad estratégica: aquí lo que se recomienda es saber mucho y hablar poco”, apunta Hedda en el momento en el que nuestros pies atraviesan el emblemático muelle flotante llamado Landungsbrücken. Este histórico embarcadero que hunde su origen en el siglo XII, cuando apenas era un amarre para los barcos incipientes, desarrolló un papel crucial en el siglo XIX con el inicio de la navegación a vapor. Fue entonces cuando se construyó esta innovadora estructura sobre pontones, que podía subir y bajar con la marea para las embarcaciones de todos los tamaños. Después, ya entrado el siglo XX, se fueron levantando majestuosos edificios en el estilo arquitectónico Jugendstil, que es la variante alemana del art nouveau.

Speicherstadt, complejo de viejos almacenes de la ciudad que es Patrimonio Mundial / Cristina Candel / cristina candel
Hoy, reconstruido tras sufrir los avatares de la historia, es un vibrante centro de ocio con restaurantes, tiendas y museos, al tiempo que sigue cumpliendo su función original como muelle. Desde aquí zarpan las excursiones por el puerto y también los barcos de vapor Hadag, una flota moderna de ferries públicos que operan en el río Elba y que son el transporte común para los locales (y una opción barata para turistas que desean explorar el puerto). También, de vez en cuando, atracan impresionantes cruceros de lujo.

Vista de la zona portuaria / cristina candel
“Especialmente la Línea 62, que va de Landungsbrücken a Finkenwerder, ofrece la ruta más escénica, al paso de múltiples lugares de interés. Es como hacer un minicrucero en una línea regular y a bajo costo”, recomienda Hedda, aunque esta opción tendrá que esperar, puesto que la lluvia arrecia de pronto. Es momento entonces de acercarnos a Brücke 10, uno de los animados bistrós del puerto en los que probar los Fischbrötchen o bollos de pescado: deliciosos panecillos frescos rellenos de arenque, salmón o caballa, con cebolla, pepinillos y salsa remoulade.

Iglesia de Santa Catalina y puente Kornhaus / cristina candel
El muelle, con todas sus transformaciones, sigue siendo un testimonio palpable de la conexión de Hamburgo con el mar, pero sobre todo de su resiliencia. Porque es esta la palabra que enarbola esta ciudad que tuvo que ser reconstruida varias veces: en 1842, tras un incendio catastrófico originado en una fábrica de cigarrillos, y un siglo después, tras la destrucción superior al 70 % que originaron los bombardeos aliados en la Segunda Guerra Mundial. Algo que se aprecia en el casco viejo, que precisó un replanteamiento sesudo que pudiera inyectar a la ciudad toda una reafirmación de poder. Las premisas fueron muy claras: nada de construcciones antiguas (salvo las iglesias), nada de edificios altos y nada de viviendas, lo que dio como resultado un exquisito centro histórico recostado sobre el lago Alster y orientado a las compras y al ocio. Los bulevares de Mönckebergstraße, Spitalerstraße y Neue Wall y la milla de los museos no logran hacer sombra al Ayuntamiento (Rathaus), coronado por 20 estatuas del káiser, que presume de albergar más salas que el Buckingham Palace.

Jan Fedder Promenade, a orillas del Elba / cristina candel
Hay que curiosear en los escaparates de la refinada avenida Jungfernstieg, donde antaño las familias burguesas paseaban a sus hijas solteras, para descubrir el Hamburgo más lujoso. Pero hay que buscar también los pequeños guiños que convierten a la metrópoli en un laboratorio de ideas, ideal para comprobar por dónde soplan los vientos urbanos del siglo XXI. Los encontramos en FABRIC - Future Fashion Lab, un multiespacio que engloba comercio, producción y diseño bajo un mismo techo en pleno corazón de la ciudad. Sus jóvenes artífices, Kim Kaufmann y Suzanne Darouiche, lo definen como “un experimento para el debate, pero, sobre todo, un lugar para acoger a todos los interesados en la moda en Hamburgo”. Este proyecto confirma una tendencia que ha arraigado fuerte después de la pandemia, por la que se revitalizan espacios vacíos para que estudiantes y marcas emergentes puedan dedicarse a la creación. “En esta suerte de coworking de diseñadores, los miembros pagan una mensualidad para poder usar las máquinas que, de otra manera, resultarían inaccesibles”, explican, recalcando que “el objetivo es que la sostenibilidad sea más atractiva que la moda rápida”.
Esencia creativa
Justo al lado, dentro de la galería-pasaje que une Fleet y Grobe Bleichen, Peter de Vries demuestra que las ideas excéntricas también cotizan en esta ciudad. Este óptico de origen holandés decidió renunciar a su carrera para dedicarse a fabricar sombreros de manera artesanal. Fue así como inventó el sushehat, una pieza práctica y versátil para la que se inspiró en las prendas de los militares japoneses. “Con este sombrero multifuncional, que tiene nueve formas diferentes, gané premios tan prestigiosos como el Red Dot Design Award y el Premio de Ecodiseño de la Universidad de Milán”, cuenta sonriente desde su caótico taller, repleto de moldes de aluminio, máquinas de coser, retales de fieltro y fotos con sus ilustres clientes, entre los que figuran los miembros de la realeza de los Países Bajos y la actriz alemana Marie Bäumer, famosa por interpretar a Romy Schneider en la película Tres días en Quiberon.

Vistas desde la Filarmónica del Elba, Elbphilharmonie. / cristina candel
Más allá del centro histórico, la esencia creativa de Hamburgo se respira en sus barrios alternativos, exponentes de las últimas facturas arquitectónicas. Como Schanzenviertel, como Karoline Quarter o como St. Pauli, tal vez el más canalla, esencia del equipo de fútbol del mismo nombre que es famoso por convertir cada partido en una fiesta. Su último grito ha sido reconvertir un búnker, un triste refugio antiaéreo construido en 1942 por trabajadores forzados, en un vibrante centro para el ocio que incluye un hotel, restaurantes, salas para eventos y un jardín que trepa por la azotea con vistas precisamente al estadio.

Vistas desde la Filarmónica del Elba, Elbphilharmonie. / cristina candel
Pero ninguno resulta tan innovador como HafenCity, el mayor proyecto urbanístico del norte de Europa, emplazado entre el puerto y el complejo de viejos almacenes (Speicherstadt) que es Patrimonio de la Humanidad. Un barrio nacido como una ciudad dentro de la ciudad, que concentra edificios proyectados por arquitectos de renombre, oficinas, universidades, parques, restaurantes, hoteles, paseos peatonales y espacios para el esparcimiento y la cultura. Al oeste despunta sobre el Elba la fachada de la Filarmónica de Herzog & de Meuron, que es el nuevo símbolo de Hamburgo, así como el Guggenheim lo fue en su día para Bilbao, ciudad con la que a menudo se establecen paralelismos en lo que a reconversión urbana se refiere. A pocos pasos, una antigua barcaza sobre el río se ha reciclado en ASKÅ, un acogedor restaurante de cocina escandinava en el que la carta, en palabras del chef Martin Schwarze, “se inspira en la naturaleza y los productos de temporada, pero poniendo el foco en mantener el ambiente marítimo de antaño bajo otra perspectiva”. Una muestra más de esa capacidad inagotable de Hamburgo para multiplicarse una y otra vez.
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