Hacia el sur de Bombay en un tren de maharajá

Son veinte vagones de puro lujo que harían palidecer de envidia a los antiguos maharajás, esos príncipes de la India tan extravagantes que viajaban en sus propios trenes con sus músicos, sus concubinas y sus sirvientes. Hoy, combinado con confort moderno y alta tecnología, existe un tren de ensueño para adentrarse en la India eterna.

Javier Moro

Con sus salones, su biblioteca, sus dos bares y su tres restaurantes , sus dormitorios suntuosos y hasta un spa con sauna y sala de masaje, el Deccan Odyssey, inaugurado en 2003, se ha convertido en uno de los trenes más prestigiosos del mundo. Los compartimentos son auténticas suites con cuartos de baño amplios y cómodos. Cada habitación tiene su propio salón y su mayordomo.

Basta con pulsar un botón para llamarle. ¿Deseamos un té, un refresco, un whisky, un periódico? Nada es imposible en el Deccan Odyssey. El viaje comienza en la imponente estación Victoria, en el centro de Bombay, un edificio que recuerda el esplendor de la India británica.

Durante la semana que dura el recorrido los viajeros son tratados como auténticos maharajás y al bajar del tren de regreso a Bombay, con la cabeza todavía llena de imágenes maravillosas, de los colores y los ruidos de la India, sienten un pellizco en el corazón, mezcla de pena y nostalgia por unos días inolvidables que, sin embargo, permanecerán como uno de los mejores recuerdos de su vida.

Este cinco estrellas sobre raíles, que evoca la India mítica, avanza de noche y al alba serpentea entre parajes de extraordinaria belleza. Los pasajeros disfrutan de un opíparo desayuno mientras ven desfilar arrozales que brillan como espejos, bosques de cocoteros, aldeas perdidas en las faldas de las colinas, arroyos caudalosos y estuarios donde las aguas azules del mar se mezclan con las marrones de los ríos.

El tren se detiene en una pequeña estación donde un autocar lleva a los viajeros hasta una aldea al borde de un río. Se disfruta de un contacto privilegiado con la India rural, la de los carros de bueyes y ma nadas de búfalos, la de los niños uniformados que van o vienen de la escuela, templos hindúes y mezquitas antiguas donde la vida sigue su ritmo milenario. Un barco espera en el muelle para realizar un recorrido por los canales hacia la costa.

Los pescadores abandonan la faena de las redes para saludar a esos extraños viajeros. Su curiosidad es intensa porque estamos en lugares donde no suelen venir los turistas -una de las ventajas de este viaje-. Y al llegar a la desembocadura, como si fuera una fiesta, grupos de delfines escoltan al barco hasta atracar en el dique de un antiguo fuerte en ruinas en el que parece que va a surgir Indiana Jones en cada esquina.

Son días de asueto, pero al mismo tiempo interesantes , entre visitas a sublimes monumentos, paseos por las aldeas, chapuzones en playas espectaculares y desiertas, de arena blanca como la nieve, comidas en las dunas a la sombra de cocoteros, y con la recompensa de volver al tren a disfrutar del atardecer con una copa en la mano o dándose un masaje en el vagón spa o bien leyendo la prensa mundial y respondiendo e-mails.

Una sala de uno de los vagones es un auténtico centro de comunicación con varios ordenadores conectados al mundo vía satélite. No deja de ser sorprendente que mientras se chatea desde un tren en la India puedan verse por la ventana a unos elefantes transportando troncos de madera como en tiempos de Anita Delgado, aquella española que se casó con el maharajá de Kapurthala y que se quedó muda de admiración ante el vagón de tren que la llevó por primera vez de Bombay al Punjab: "Las paredes eran de caoba, las lámparas de bronce, la vajilla inglesa y el conjunto estaba tapizado de terciopelo azul y plata. El agua era de Evian. Nada más subir al vagón, cuatro sirvientes se arrojaron al suelo, tocando mis pies con una mano".

Ahora los empleados ya no se tiran al suelo -¡menos mal!- sino que le ayudan a uno a conectarse a Internet o a bajar la temperatura de la sauna. Este es un país de contrastes y el Deccan Odyssey es como una metáfora de la India actual: ultra-tecnológico, pero con camareros enturbantados que parecen los pajes de algún príncipe sacado de Las Mil y Una Noches.

La comida es tan espectacular como los lugares que atraviesa: pescado a lo largo de la costa y langosta en Goa, suculentos platos indios (sin picante) y comida internacional en el resto del viaje. El chef, Rupak Mitra, antiguo jefe de cocina del hotel Taj de Bombay, se desvive para satisfacer los gustos de sus pasajeros. Hasta se le pueden encargar platos especiales. El tren se detiene en Goa para visitar la catedral donde reposan los restos de San Francisco Javier y dar un paseo por el centro antiguo, donde todavía se oye hablar portugués a las señoras que toman el fresco sentadas frente a las puertas de sus casas.

Luego sube hacia el norte, hacia la ciudad de Pune , antigua capital del imperio maratha, uno de los grandes imperios hindúes del subcontinente. Como todas las ciudades indias, está plagada de monumentos históricos; vale la pena visitar el Shaniwar Wada, una imponente fortaleza, y el centro Osho de meditación, que atrae a gente de todo el mundo.

Después de un almuerzo tan espléndido como las ruinas de la fortaleza, se impone una visita al palacio del Aga Khan, una joya arquitectural. Al día siguiente, el tren llega a Aurangabad, la ciudad construida por el último de los grandes emperadores mogoles, Aurangzeb, y punto de partida del plato fuerte del viaje: las ruinas extraordinarias de Ajanta y Ellora, monumentos históricos del patrimonio mundial.

Las cuevas de Ajanta primero, esculpidas en la roca en el fondo de un valle en forma de herradura, constituyen el ejemplo más bello de arquitectura y de pintura budista de la antigüedad. Los frescos y los techos están cubiertos de grandes medallones con formas celestes y geométricas, donde los pájaros y otros animales representan la visión idílica del universo de buda.

Las 34 cuevas de Ellora (a 30 km. de Aurangabad), esculpidas en la falda de una colina de 2 km. de largo, son aún más impresionantes. Doce son budistas, diecisiete hindúes y cinco jain. Curiosa religión el jainismo, que nació en la misma época que el budismo, pero que, sin embargo, no se expandió por el mundo.

Su credo está basado en el culto a 24 divinidades y el respeto absoluto a todas las formas de vida. Son vegetarianos estrictos y algunos fundamentalistas que vienen aquí en peregrinación llevan su creencia al paroxismo: avanzan barriendo el suelo por delante para no aplastar insectos.

Otros llevan máscaras para no tragárselos inadvertidamente. Tras una última escala en la pequeña e interesante ciudad de Nashik (cuyos alrededores están plantados de viñedos porque esta zona es la Rioja de la India), el tren regresa a la estación Victoria de Bombay.

Adiós a los empleados del tren, tan solícitos, reparto de propinas y vuelta a la realidad. En las calles atiborradas de gente ya parece lejana la vida del tren, como un sueño. Pero permanece el recuerdo como una de esas joyas de maharajás que siguen brillando en la oscuridad de la historia.

(*) Javier Moro es el autor de Pasión India (Seix Barral)