Habitaciones con vistas salvajes a Doñana en primavera

Entre El Rocío y Matalascañas se despliega el entorno más íntimo del Parque Nacional de Doñana. Territorio de fauna y flora ejemplares, pero también de fiesta y playa. Cualquier vocación será bien disfrutada en estos cinco alojamientos rurales y campestres de Huelva.

Miguel Mañueco

Placíanle a doña Ana de Mendoza y Silva aquellos parajes, y su obsequioso marido, el duque de Medina-Sidonia, tuvo a bien construirle ahí mismo un palacio. Encantado el aristócrata, pues tales lares también los gozaba él en sus cacerías. Dichosos los dos, que allí vivieron deliciosos e inolvidables momentos del tiempo de su existencia en el siglo XVI. Y tampoco lo pasaron mal cuantos cazadores frecuentaron, en los siglos venideros, las forestas, marismas y dunas de lo que acabó llamándose el Bosque de Doña Ana. El tiempo y el uso simplificarían el nombre hasta ser el Doñana con el que ya lo conocieron los primeros científicos del siglo XIX interesados en la zona y con el que se bautizó el famoso parque en 1978.

Reserva de la Biosfera, área mimada y renombrada donde las haya, y sin embargo qué sencillo y humilde parece a primera vista. Ni los pinares ni las marismas ni las dunas tienen la espectacularidad de otros paisajes, no obstante son lo que son porque están vivos, enteros y genuinos como pocos lugares en el mundo. Y eso se ve y se siente dentro, entre los alcornocales y las algaidas, entre fochas y ánades reales. Es pura emoción ante el majestuoso vuelo de las águilas imperiales. Es rara fortuna si se llega a avistar el heroico e ibérico lince.

Vistosa decoración andalusí
Lo que sí impresiona más de lo esperado, en el mismo límite del parque, es la ermita de El Rocío, tan blanca e inmaculada, repetida con primor en su reflejo sobre el agua de la marisma. Aunque esté quieto, todo el poblado parece vivir en permanente espera: la romería volverá, una y otra vez. Y las calles de arena, bordeadas por los palenques y los porches de las casas, se llenarán de caballos y carruajes; que para eso son, para la vida y la fiesta a ritmo propio. Se darán cita muchos de ellos en la Plaza del Acebuchal, ilustrada por la presencia de cuatro históricos acebuches. A ese espacio de arena se asoma también el edificio del Hotel Toruño, pleno de empaque palaciego sevillano, rematadamente blanco.

Situado en la misma orilla de la marisma, que ya es parque puro, la construcción con sus dos torres, viva imagen de las buenas y viejas casas de Sevilla, disimula muy bien sus escasos diez años de existencia. El mismo aire se le ha dado a la recepción, a la que se accede desde la plaza. Allí reinan los azulejos repletos de geometrías y colores, muy moriscos, muy andaluces. Casi pasa desapercibido el mobiliario, en el que también se ha buscado la reminiscencia oriental sin excesiva elocuencia. Más que éste puede también la graciosa escalera, andaluza por demás, que inunda el espacio.

No es tanta la floritura de las habitaciones, de muebles elegantes y austeros, cuyo fuerte es la vista de la plaza y, sobre todo, de la marisma. Por ahí se cuela toda esa luz del sur, reflejada en los brillos del agua, siempre removidos por cientos de aves. El restaurante ocupa otro edificio de la plaza, donde se reproduce la misma escala: vistosa decoración andalusí, mobiliario más bien mediano y las espléndidas vistas de la marisma. Es un clásico del lugar donde se les dan muy bien las especialidades de la zona, ante todo la carne de ternera mostrenca y los pescados y mariscos de la costa de Huelva, que está a pocos kilómetros. El bar es uno de los puntos de encuentro de la aldea de El Rocío, y ahí están los que llegan a caballo y, sin bajarse de él, lo amarran al palenque, que tiene una tabla superior para posar las copas de fino mientras dura la conversación. Lecciones de buena vida.

Siguiendo el trote de los caballos a través de esas calles de arena, que son pura ensoñación, se llega hasta los campos que rodean la aldea, donde pastan los caballos de unos y otros, los que aquí viven y los que aquí tienen su segunda residencia. A tan plácido panorama se abre la entrada de la casa Doñana Rural, alojamiento que da la medida de las construcciones de El Rocío, exultantes de sabor autóctono, pero, en realidad, hijas de la nueva urbanización.

Atravesados los inevitables palenques para atar a los caballos, está el también inevitable porche, elementos ambos presentes en todas las casas de la aldea. La puerta da a un gran espacio dominado por la escalera. De nuevo los azulejos muy andaluces y moriscos absorben toda la atención y el colorido. Y es como si ante eso no hubiese que esforzarse más, porque el mobiliario que forma esta zona de salón, vinculada a la cocina, carece de gracia. Demasiado estándar. Y lo mismo sucede en las habitaciones. Claro que la sensación predominante es agradecida y alegre, y más en el regodeo amablemente folclórico de los patios, el grande de la primera planta y el pequeño de la planta superior. La cocina, de buen tamaño y muy bien equipada, constituye un derecho adquirido con la habitación. Así que aquí el menú es el que cada uno quiera o pueda hacerse.

Hay que imaginar estas casas y calles en tiempos de la famosa romería y de otras menos conocidas, como la de La Candelaria, que celebra la visita invernal de la sevillana hermandad de Triana. Vamos, que son ganas de fiesta. Y que no falten, que este país nuestro se nos está volviendo demasiado serio. Habrá que ver esos días el ambiente del cámping La Aldea, allí mismo, a las afueras del poblado. Ya se sabe: tiendas de campaña, caravanas..., pero también la posibilidad de pernoctar en una choza marismeña. Imitan estas construcciones las rústicas casas en las que vivían los que antaño trabajaban dentro del actual parque, muy improvisadas, con tejado hecho de un tipo de brezo que aquí llaman castañuela. Por dentro, sencillas pero armoniosas, su inopinado look, que bien parecería de la céltica Irlanda, es toda una sensación estética. Y algo parecido ocurre con los vecinos bungalós de madera que, ya se sabe, estén donde estén no dejan de parecer suizos o austriacos. Cuenta el cámping también con una gran piscina, que no estará de más en los tórridos días de jolgorio, y una gran zona de restaurantes y comedor de celebración. En medio de éstos se abre un gran patio, también muy sevillano él, donde se montan unas deliciosas noches a costa de esmerados espectáculos de flamenco, de esos que le robarán un olé incluso al más pacato.

Claro que hay quien quiere fiesta, pero no tanta. Bueno, pues carretera y manta. Unos pocos kilómetros en dirección hacia Matalascañas y ahí, al lado de la carretera, se encuentra el Cortijo de los Mimbrales. Otro mundo, otro sentimiento, genuino triunfo de la estética. Se trata en realidad de una finca naranjera, cuyo dueño quiso hacer algo con un pequeño poblado de casas de trabajadores, abandonadas y medio en ruinas, que había sido construido en los años 50. La Alhambra y el barrio Santa Cruz: la inspiración era clara. Pero también había que atender los detalles. También había que dar toques de modernidad. Y ahí está: las casas se transformaron en acogedores espacios plenos de expresión cromática y ornamental, buena conjugación de elementos tradicionales y actuales, donde sólo sobran las convencionales reproducciones que cuelgan de las paredes. La magia más embaucadora está en el exterior, sucesión de callejuelas y patios, rebosantes de alusiones a Sevilla y a Granada, dulce sintonía de fuentes y naranjos, de arcos y puertas directamente traídos de Marruecos. De ese país se trajeron los materiales y los especialistas para dar forma a una piscina digna del mismísimo Generalife.

Estilismo moderno y ecológico
El juego de emociones está también en el restaurante, La Cantina de los Mimbrales, con acceso directo desde la carretera y casa de guisos de distintos gustos. Y qué bueno después pasear entre las armónicas hileras de naranjos, presos de su olor y de su poesía. El mar se presiente a cada paso en esta llanura que forma parte del preparque. A muy pocos kilómetros, el Océano Atlántico, siempre solemne y envolvente, roza la tierra en Matalascañas, urbanización veraniega que se quedó en la misma entrada del parque.

Allí las cosas no se han hecho del todo bien, pero es verdad que, en torno a su célebre campo de golf ecológico, dominan las construcciones inspiradas y bastante adaptadas al medio. Es el caso del Hotel Doñana Blues, evocativamente muy andaluz a pesar de la resonancia de su nombre. Marcado color albero y profusión de plantas para unas habitaciones donde, a pesar de la invocación de lo tradicional, domina el estilismo moderno y pragmático. Un rato al sol de brisa de la piscina, dar cuenta de algún plato local en el Gallito Azul, que es el restaurante del hotel, y luego, sin más dilación, al mar. La larguísima extensión de arena de Matalascañas tiene su continuación en los 32 kilómetros de playa virgen del parque. Allí reina el limbo de la naturaleza y el tiempo está detenido. Por siempre jamás.