La Habana en un coche de los años 50

Nada es más representativo de la capital cubana que esta flota de vehículos clásicos que deambulan por las calles como auténticas reliquias rodantes

Noelia Ferreiro
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Empezar en el mítico Malecón aspirando la brisa del mar, perderse por la parte vieja hasta dar con la Catedral, atravesar el Vedado con sus desvencijadas casonas y pasar ante el Capitolio o la Plaza de la Revolución. Sólo existen tres condiciones para esta ruta sorprendente: activar la risa (y la paciencia), bajar todas las ventanillas y subir el volumen de la música a ritmo, por supuesto, de son. 

Así es, a grandes rasgos, la experiencia de recorrer la Habana a bordo de uno de sus míticos automóviles de época, meticulosamente remozados en un derroche de ingenio. Vehículos que son indisociables de su encanto anacrónico y que conforman una estampa de lo más vintage. Cadillacs, Buicks, Chevrolets Ladas, Studebakers… Y siempre de colores chillones: rosa chicle, verde pistacho, naranja, morado…

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Hoy se los ve niquelados y relucientes pero en realidad estos coches se remontan a los años 50, cuando Cuba era el mayor importador de automóviles estadounidenses. Estas joyas que, paradójicamente, fueron el símbolo del sueño americano, perviven desde la Revolución. Al amparo de una ley que prohibió la entrada de vehículos nuevos, a sus dueños no les quedó otra que agudizar la imaginación. Sin acceso a piezas de repuesto, los coches fueron parcheados con remiendos inverosímiles, reparados una y otra vez, resucitados por dentro y por fuera.

Hoy, los almendrones, que es así como les llaman los cubanos, son una de las grandes atracciones, a la que los viajeros fotografían con fervor. Y ahora que el desbloqueo y los nuevos tiempos que corren han propiciado el despegue de los negocios particulares, también se ha hecho efectiva la concesión de licencias para su explotación turística. El resultado es que estas joyas han quedado milagrosamente revitalizadas.

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Ante este filón, hay agencias que los alquilan con o sin conductor para recorrer la isla. En el propio aeropuerto o en el Paseo del Prado, frente al Capitolio, o en el Teatro García Lorca, donde se encuentran expuestos los autos en hilera en perfecto estado de revista. Y es que nada puede resultar más divertido que descubrir los encantos de La Habana desde los asientos tapizados de estas piezas de anticuario, con las que se garantiza un auténtico viaje en el tiempo.

En la ruta, sensual y colorista, no faltarán los grandes clásicos: el Floridita y La Bodeguita de en medio, el Hotel Nacional, los tenderetes de la Plaza de Armas, la Tribuna Antiimperialista, los paladares como La Guarida, la heladería Coppelia… Pero tampoco la nueva hornada de hoteles, cafeterías, tiendas y locales de moda que ha nacido en los últimos años, al calor de una apertura que también ha supuesto que cerca de un tercio del patrimonio monumental haya sido rehabilitado y que se hayan recuperado ciertas plazas.

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Y ello sin perder la esencia. Porque La Habana, donde los coches de época se mimetizan con los edificios puesto que ambos han logrado desafiar los embates del tiempo, sigue siendo La Habana. Con su sabor colonial y su alma de bolero.