Guatemala Maya, tesoros y misterios de los dominios del Quetzal

Con un corazón verde de esencia profundamente maya, Guatemala integra la más potente fusión de cultura prehispánica y naturaleza de Centroamérica. Exuberantes selvas, lagos y activos volcanes amplifican y subrayan la inquietante monumentalidad de sus empinadas pirámides y misteriosos templos de piedra gris. Debido a una antigua profecía maya, el paso del 2012 al 2013 se celebrará en Guatemala de una forma muy especial.

Jaime González de Castejón
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Foto: Álvaro Arrriba

Hasta bien entrado el siglo XX, hablar de el año 2000 seguía sonando a inimaginable episodio futurista. Por aquel entonces, de entre las variadas profecías apocalípticas que acompañan cada cambio de milenio, se empezó a hablar del vaticinio maya que, según algunas interpretaciones, anunciaba el fin del mundo para el solsticio de invierno del año 2012. Es decir, el día 21 del próximo mes de diciembre. Aunque muy debatido, el fatalista augurio fue cobrando importancia a medida que se acercaba la fecha señalada, hasta desembocar en un cúmulo de nuevas interpretaciones, afortunadamente mucho más halagüeñas. En estos últimos tiempos, expertos epigrafistas mayas de distintos países concluyen que el mensaje en cuestión, si bien anuncia efectivamente el fin de una era, no lo hace en sentido catastrofista sino solo como inicio de una nueva etapa.

La cultura maya manejaba diferentes tipos de cuentas calendáricas de gran precisión, combinando el calendario solar y el lunar, con unidades temporales clasificadas por veintenas. Cada tun de veinte años de 360 días constituiría un kíatun, es decir, un ciclo de unos cuatrocientos años. Para alcanzar la siguiente unidad habría que multiplicar esta vez por trece -según cálculos que tendrían que ver con la posición de la Tierra respecto al supuesto Alción, un sol alrededor del cual girarían el nuestro y otros cinco soles según los mayas-, siendo necesarios trece kíatunes para conformar un cambio de era, esta vez realmente larga, ya que, si seguimos multiplicando, trece kíatunes suman unos cinco mil doscientos años. Esta es precisamente la fecha que dejó señalada la conjetura maya, el fin del trigésimo kíatun, que marca el inicio de una nueva era coincidente con un cambio galáctico. El alto valor simbólico de tan notable tránsito requeriría -siempre según los especialistas- una profunda reflexión sobre la vida en este planeta y la necesaria armonía entre el hombre y la naturaleza.

Un nuevo amanecer para el hombre

No en vano, la Unesco ha declarado a Guatemala Capital Mundial de la Filosofía Humana 2012, escogiéndose la emblemática ciudad maya de Tikal como anfitriona de la Cumbre Mundial 2012, titulada El Nuevo Amanecer para la Humanidad y programada para los días 20 y 21 de diciembre. El evento, organizado por el gobierno guatemalteco, planea congregar algunas de las mentes más creativas del mundo y contará con la presencia de personalidades de reconocido prestigio internacional. Independientemente del valor histórico-cultural y de la posible veracidad de la supuesta profecía maya, de lo que no cabe ninguna duda es de que el revuelo despertado por la misma ha funcionado de maravilla como dinámico activador del turismo, especialmente en Guatemala, país que se conoce como El corazón del mundo maya, ya que sus poco más de cien mil kilómetros cuadrados concentran lo mejor y lo más esencial del espíritu de sus distinguidos ancestros. El resto se distribuye entre los países vecinos: México, Belice, Honduras y El Salvador.

Los secretos de la selva

El Instituto Guatemalteco de Turismo (INGUAT) asegura que cuentan ya con más del 90 por ciento de reservas hoteleras, vuelos y tours contratados para el mes de diciembre, con un lleno casi total en la región del Petén, donde se halla la renombrada ciudad maya de Tikal, uno de los centros arqueológicos más importantes del mundo y el único que ostenta la doble titulación concedida por la Unesco como Patrimonio Cultural y Natural, debido al impresionante compendio de fauna y vegetación en que se haya sumergida.

Descubierta en 1848, casi mil años después de su abandono total, se ha convertido en la máxima enseña de Guatemala, con su inconfundible Gran Plaza dominada por los templos enfrentados del Gran Jaguar y de Las Máscaras, probablemente las pirámides más retratadas de la arquitectura maya. El insaciable manto verde de la jungla se reserva todavía el secreto de cientos de estructuras sin desvelar, pero las más de cuatro mil albergadas en los dieciséis kilómetros cuadrados desvelados a partir de los años 50 del siglo XX son más que suficientes para dejar sin habla a cualquiera. Alrededor de las ruinas, los exóticos sonidos de la maraña tropical entremezclan los gritos de los monos aulladores con el canto de más de cuatrocientas especies de aves. Mucho más difícil de percibir, el mítico jaguar cruza silencioso las profundidades de este verde océano, entre ceibas (el árbol nacional de Guatemala), cedros y caobas de más de cincuenta metros de altura.

La vitalidad del espíritu maya

La mitad de las ciudades mayas guatemaltecas hasta hoy destapadas -ya que la arqueología maya exige, más que excavar, despejar tierra y vegetación acumuladas- se localizan al norte del país, sumidas en la apretada selva del Petén, considerada como uno de los pulmones del planeta. Entre la extensa masa verde se esconden los misterios sin resolver de los monumentales complejos ceremoniales y astronómicos de Yaxhá, Uaxactún, Ceibal, Aguateca y El Mirador, la más secreta de todas, ya que, debido a su lejanía, solo puede alcanzarse en helicóptero o tras cinco días de marcha a lomos de caballerías.

Pero lo que realmente hace diferente a Guatemala, lo que la confirma como heredera del espíritu maya, reside en el carácter enigmático de sus gentes, en su mayor parte descendientes de aquellos pobladores que quedaron plasmados en las viejas pinturas y esculturas mayas, de cuerpo enjuto, cabello negro como la noche, nariz aguileña y piel cobriza. De ellos conservan arcanos dialectos, la sabiduría calendárica que les permite detectar los mejores momentos para la siembra y la cosecha del reverenciado maíz, la habilidad de tejer una compleja y colorista simbología con los antiquísimos telares de cintura, y un sinfín de inquietantes rituales que hicieron pervivir enredándolos con las ceremonias cristianas importadas por los españoles. En ningún otro sitio como en Guatemala quedó tan fuertemente arraigada la herencia prehispánica.

Simbología ancestral

El viajero quedará asombrado ante las escenas cotidianas, cuya autenticidad perdura por encima del tiempo y de los turistas. Como las que tienen lugar en la escalinata de Santo Tomás de Chichicastenango, una población del departamento de Quiché que está situada a más de dos mil metros de altitud. La iglesia católica apoya sus paredes encaladas sobre la piedra sombría de un templo muy anterior a la llegada de los españoles. Como un poderoso imán, los dieciocho escalones cosmogónicos atraen a las vendedoras de flores y frutas, que ponen la nota de color y frescor entre las nubes de copal -una resina vegetal que se quema como el incienso- provocadas por los sacerdotes mayas chuchkajau. Chichicastenango, donde incluso el cementerio se viste de colores, alcanza su máximo apogeo durante el estallido cromático del mercado que se celebra los jueves y domingos. La cestería, la cerámica, los tejidos tradicionales, la joyería de jade, las flores y las hortalizas, los santones y máscaras de madera policromada, todo se conjuga con la riqueza de los atuendos populares, cada uno de los cuales indica inequívocamente la procedencia de quien lo viste. Más allá, en el Cerro de Pascual Abaj (la Piedra de Pascual) se desarrollan con toda naturalidad ofrendas y rituales que, en otras latitudes, causarían escalofríos.

También muy conocidas por su tradición indígena, las poblaciones asentadas en las agrestes laderas del lago Atitlán suman al colorista espectáculo de sus artesanías la maravilla de la imponente naturaleza circundante. Se trata de una ancestral caldera volcánica de más de cien kilómetros cuadrados, colmada por aguas de un azul profundo. En su libro Más allá del golfo de México, el escritor británico Aldous Huxley sintió que aquello "era realmente demasiado", comparando las aguas de Atitlán con el lago de Como y considerando el del altiplano tan pintoresco como el italiano, "pero con la belleza añadida de los inmensos volcanes que lo rodean". Dedicados a la pesca y a las plantaciones de café y maíz, cakchiqueles y zutuhiles visten con orgullo los ponchos ornamentados de los hombres y los originales tocados con que las mujeres rematan sus faldas y huipiles, la imprescindible blusa blanca que se adorna con piezas rectangulares elaboradas con la misma técnica que empleara Ixchel, la diosa madre y tejedora del mundo maya. Muy codiciados por los turistas, cada uno de estos huipiles encierra tras sus dibujos una antigua simbología vedada al pagano. El mercado más concurrido es el de Santiago de Atitlán, famoso por reunir la mayor concentración indígena de artesanías.

Otro importante centro cultural y comercial, que disfruta a su vez de un clima de montaña, es el colonial y neoclásico Quetzaltenango, que está situado a doscientos kilómetros de la capital guatemalteca. Con una mayoría de habitantes de raza quiché, este lugar es muy apreciado durante los veranos por estudiantes norteamericanos que quieren aprender español. No solo por sus numerosas academias sino también por los acogedores bares bohemios que animan sus viejas calles empedradas. Antaño centro neurálgico maya, conserva su primitivo nombre, Xela o Xelajú, que significa "Bajo diez volcanes".

Cráteres, grutas y manantiales

"Cuando la naturaleza exagera, el resultado es Guatemala". Así lo creen los guatemaltecos, con muy buenas razones para sentirse orgullosos de sus espléndidos paisajes. Asentada sobre la confluencia de tres placas tectónicas, la geografía del país incluye más de treinta volcanes, cumbres que sobrepasan los cuatro mil metros y altiplanos enclavados entre dos mil y tres mil metros de altitud. Algunos de los conos se hallan activos, como el volcán Fuego, cuyas cimas envueltas en nubes de ceniza se divisan desde la capital, y el Pacaya, considerado el más activo de Centroamérica, con lentos ríos incandescentes de lava deslizándose como lenguas de fuego por sus laderas. Al de San Pedro puede ascenderse montado en un pintoresco tuc-tuc desde San Pedro de Atitlán, y en muchos de los considerados como más accesibles encontraremos bellas lagunas en sus cráteres.

Aunque lo más verde y frondoso se halla en el mencionado Petén, que oculta numerosas ruinas mayas entre sus intrincados bosques, también es posible descubrir un paraíso de naturaleza en la región de las Verapaces, al norte de la capital. En este caso enriquecido con sorprendentes cauces y manantiales, y plagado de misteriosas grutas. Adornadas con profusión de estalactitas y estalagmitas, y muchas de ellas surcadas por ríos de aguas turquesas, las grutas se emplean en ocasiones como escenario de secretos rituales mayas.

El refugio del mítico quetzal

En los densos bosques de esta región -adornados por cientos de especies de orquídeas- anida, aunque es muy difícil de ver, el mítico quetzal, el pájaro incapaz de vivir en cautividad que prestó su nombre a la moneda nacional y a quien el himno guatemalteco implora que "remonte el vuelo más que el cóndor y el águila real". Extremadamente protegido, se refugia hoy en la Reserva Biotopo del Quetzal de las Verapaces junto a otras ochenta especies de aves, monos araña y tigrillos. Sus plumas de tonos metálicos verdes y escarlatas adornaron los más nobles tocados de aquellos mayas convencidos de que las majestuosas ceibas, refugio del pájaro sagrado, sostienen el mundo en sus copas mientras procuran sombra a las deidades del supramundo y albergan en sus raíces a las del inframundo. Evidentemente nos hallamos aún lejos de comprender la compleja cosmogonía de una de las civilizaciones más deslumbrantes, enigmáticas y seductoras del Nuevo Mundo, pero nada nos impide aceptar su invitación para entrar en la supuesta nueva era, reflexionando profundamente sobre nuestro porvenir y nuestra responsabilidad hacia el planeta que habitamos.

Un país, dos capitales

La primera capital lo fue entre 1543 y 1773, año en que un terremoto la dejó totalmente devastada en una tarde. Abandonada por decreto, fue sustituida por una nueva ciudad, a 40 kilómetros al oeste. Otros nombres designaron a las ciudades hermanas, tan distintas pero inseparables: Santiago de los Caballeros de Guatemala pasó a denominarse La Antigua Guatemala -o La Antigua, a secas-, mientras Nueva Guatemala de la Asunción, erigida en estilo neoclásico, pasaría a conocerse como Ciudad de Guatemala -o simplemente Guatemala-, actual capital del país. Inmersas entre volcanes, ambas se complementan de maravilla: una convertida en una de las más modernas metrópolis de América Central, y la otra transformada en un reclamo turístico gracias a su arquitectura colonial de los siglos XVI y XVII.

Playas volcánicas

Los atractivos naturales y culturales de Guatemala no deberían eclipsar su singular oferta marítima, con casi trescientos kilómetros de costa frente al Pacífico y un rinconcito caribeño totalmente distinto al resto del país. En el primer caso, cabe destacar las extensas playas de arena oscura volcánica, especialmente las de la zona de Monterrico, que cuentan con un oleaje perfecto para los surfistas y abundante pesca de pez vela. La Bahía de Amatique y la jungla interior resguardan al pequeño y tranquilo tramo costero que mira al Caribe. El olor dulzón de las frutas tropicales y la música reggae impregnan el ambiente de su localidad más popular, Livingston, colonizada por diferentes etnias: garifunas de ascendencia afroantillana, indios procedentes de la propia India y los q''eqchi, descendientes de los mayas.