Gruyères: el increíble lugar donde Alien probó el queso suizo

Del placer gastronómico al terror espacial de H.R.Giger en cuestión de segundos

José Miguel Barrantes Martín
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Considerada una de las poblaciones más bellas de Suiza, Gruyères es conocida, sin embargo, por ser la localidad que da nombre a la famosa denominación de quesos producida a ambos lados de la frontera francesa y helvética. Un paraíso gastronómico para los amantes de este producto basado en la leche de vaca, así como para aquellas personas en busca de paisajes de postal, icónicos del país alpino. Más aún, Gruyères es una caja de sorpresas que nos depara lugares insospechados, dispuesta a hacernos descubrir el lado más terrorífico de este rincón del cantón de Friburgo.

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Raclette, fondue, chocolate… un buen comienzo

El pueblecito medieval de Gruyères presume de estar enclavado en el mismo corazón de Suiza. No es de extrañar, por tanto, que algunas de las exquisiteces del país alpino estén plenamente presentes en el día a día de esta población.

En primer lugar, como no podía ser de otra manera, el queso ocupa la mayor parte del protagonismo de esta comuna suiza situada a mitad de camino entre Berna y Ginebra. El queso Gruyère, en la actualidad protegido por una denominación de origen, fue durante mucho tiempo – y aún sigue siendo así popularmente – el nombre genérico para designar a un tipo de queso producido tanto en Francia como en Suiza, en el que se englobaba también el Emmental – célebre por sus agujeros -. Esta extensión es la que llevó a la frecuente confusión de relacionar al Gruyère con esa característica imagen del queso francés agujereado. Sin embargo, el originario queso suizo de Gruyère no presenta esta particularidad y las disputas por la apelación entre Francia y Suiza han existido hasta que la Unión Europea puso fin a la controversia reconociendo la procedencia helvética. Una procedencia que se remonta al siglo XII, momento desde el que se desarrolló una producción artesanal ligada a un largo periodo de maduración, que suele ir de los cinco a los doce meses.

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En la villa peatonal de Gruyères – no está permitido el acceso a los vehículos en general -, el queso es omnipresente desde el mismo momento en el que se accede por la empinada Rue du Bourg en dirección al castillo. Los restaurantes nos invitan a degustar alguna de sus especialidades con esta variedad de queso local – también se emplea el Vacherin Fribourgeois, la otra denominación de origen de la zona -, tradicionalmente fundido a través de una raclette o una fondue.Para los menos expertos en estas preparaciones, la Maison de Gruyère nos da la oportunidad de aprender en vivo cómo se lleva a cabo el proceso de elaboración del queso. Mientras, la Fondue Academy, es un espacio dedicado a impartir clases magistrales sobre los secretos en la elaboración de la famosa «fondue moitié-moitié», con la mezcla a partes iguales de los dos tipos de queso.

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Y para poner la nota dulce, no podían faltar las típicas chocolaterías suizas de la población, que nos sumergen aún más en el mágico ambiente alpino de Gruyères con el espectacular escenario de la colina en la que se asienta, de cara al emblemático Monte Moléson. Por si esto fuera poco, a escasos kilómetros se encuentra la fábrica-museo del chocolate de Maison Caller, la más famosa del mundo.

El octavo pasajero de Gruyères

El encanto de Gruyères es incuestionable, tanto por el pueblo en sí como por las vistas de todo el entorno. Avanzar por su calle principal empedrada, mientras caminamos en dirección a la imagen del Calvario y su grupo de esculturas colocadas en la misma fachada para la protección ante el mal tiempo, nos permite sentirnos inmediatamente en una típica villa suiza alpina. Más arriba, el singular castillo de la población es uno de los más estimados del país, tanto por su antigüedad – ocho siglos -, como por su peculiar construcción que entremezcla elementos defensivos con una apariencia residencial, o por las increíbles panorámicas que nos otorga su posición.Seguramente esas mismas vistas de ensueño fueron las que observó mientras volaba la legendaria grulla blanca que distinguió el rey de los vándalos Genserico ante un cielo teñido de rojo, siendo el origen mitológico de la población y el emblema del escudo heráldico de Gruyères, que toma su nombre, en efecto, de este animal tan abundante en la zona.

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No cabe duda de que los paisajes suizos son inspiradores, como ocurre con otros lugares del mundo como el Tíbet. Tal vez por ello no sea casualidad que en Gruyères exista un Museo del Tíbet, con una importante colección de arte y objetos tibetanos que nos transportan al Himalaya. Pero esta población suiza aún nos reserva otra gran sorpresa, que será capaz de hacernos abandonar la ensoñación de los bucólicos paisajes hasta sumirnos, en pocos segundos, en un mundo de terror, el de la inconfundible película de Ridley Sott, Alien, el octavo pasajero.

Frente al Museo del Tíbet y a poca distancia del castillo se abre ante nosotros el Museo HR Giger, el genial artista y diseñador suizo creador del universo de Alien. Un museo y un bar en los que la temática y el estilo de Hans Ruedi Giger se impregnan en cada rincón de las estancias, albergando la mayor colección mundial en torno a esta figura. Un mundo de terror e imaginación que llama la atención en un pueblo medieval pero que se ha convertido en una de las principales atracciones.

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