Groenlandia, silencio azul

Groenlandia no es un destino más. La isla más grande del mundo, si excluimos el continente australiano, está diseñada para que el turista se convierta en aventurero, en descubridor de un mundo helado y silencioso, pero lleno de vida. Tras su nevada monotonía se esconde una explosión de colores y un mundo de sensaciones.

JOSÉ MARÍA BERMEJO

Qué ofrece Groenlandia? Nada menos que la aventura en estado puro y el reencuentro con valores olvidados, como el silencio. Y mucho más: la Naturaleza como ámbito omnipresente, a donde no hay que ir -porque nos envuelve por todas partes-. El blanco monocromo tiene mil matices, como lo tiene el cielo gris, pero Groenlandia esconde una explosión de color, desde la danza celeste de las auroras boreales hasta el verdor sombrío de los fiordos deslumbrados de espuma o las gamas de azules de los icebergs. En el corto verano ártico, la franja costera más meridional alcanza los 8,9º C y verdea, como la Salamina de Homero, abriendo sus caminos, mostrando su flora intermitente y efímera, más allá de los musgos y de los líquenes, de los sauces enanos y de los abedules. También la fauna se hace más visible tras la dormición invernal: pájaros migratorios que se reproducen; ballenas, focas, morsas, narvales, águilas pescadoras; liebres y osos polares, zorros árticos, bueyes almizcleros, renos, caribús; criaturas fluviales que bullen con el deshielo. Groenlandia, la "tierra verde" de los vikingos, fue, mucho antes, el país de nieve de los inuit -"la gente"-, que la llamaban Kalaalit Nunaat, "Nuestra Tierra", y han sabido sobrevivir en uno de los entornos más hostiles del planeta, que hoy pertenece a Dinamarca. Se dice que los inuit utilizan más de 40 palabras para nombrar la nieve, y ninguna para la guerra... Leyenda o mito, este detalle nos habla de la íntima relación de ese pueblo sabio con la tierra nativa y también de su extraordinaria sensibilidad.
El científico danés Eske Willesrlev acaba de demostrar, gracias a las muestras de ADN fosilizado, que hace un millón de años la isla helada era un bosque de pinos, alisos, tejos y piceas, por el que revoloteaban las mariposas y las moscas, y en el que convivían también escarabajos y arañas, a una temperatura de entre 10º C en verano y -17º C en invierno. El hielo ha preservado intacto ese material genético, marcando la adaptación de las especies a las sucesivas alteraciones del clima. Hoy, la evidencia del recalentamiento global augura nuevos cambios en un ecosistema sensible, enfrentado a un futuro incierto. La isla, situada entre el Atlántico Norte y el Océano Glacial Ártico, casi toda ella al norte del Círculo Polar, es cuatro veces mayor que España, con una superficie de 2.175.600 km2, de los cuales alrededor del 84 por ciento corresponden a un gigantesco glaciar. La población, poco más de 50.000 habitantes, se concentra en las ciudades costeras del Oeste -Nuuk, Paamiut, Ssisimiut y Maniitsoq- y del Sur -Qaqortoq, Nanortalik y Narsq-, y está integrada por inuit y por ciudadanos de ascendencia noruega o danesa. En el inmenso Este sólo hay dos urbes: Ittoqqortoormiit y Tasiilaq. Y en el extremo Norte, Qaanaaq, a 56 kilómetros de Siorapaluk, el pueblo habitado más septentrional del mundo.
No es posible abarcar ese vasto laboratorio mudo, pero algunas agencias especializadas ofrecen alternativas al viajero. Al norte, la región de Thule brinda la posibilidad de acercarse a la cultura de los inuit y de explorar, en trineos de perros, los fi ordos e icebergs de la zona, con un recuerdo especial para Robert Peary, Matthew Henson y los cuatro inuit que en 1909 conquistaron el Polo Norte, y para Road Amundsen, que murió aquí después de haber conquistado el Polo Sur. Al noreste, en la zona más inaccesible e intacta de Groenlandia, se extiende el Parque Nacional más grande del mundo. Las regiones más pobladas se sitúan en el sur y, sobre todo, en el oeste, debido a la corriente cálida. El sur -la zona más visitada- ofrece tentaciones irresistibles, como los fiordos de Qoorooq y Qaleragdliq; el glaciar del Sermistiaq, con sus paredes de granito de hasta un kilómetro de desnivel, o la montaña de Nalumasortoq... A los más atrevidos les espera la travesía del Inlandis, un gigantesco glaciar que se despliega de norte a sur y de este a oeste, con un espesor que sobrepasa, en algunas áreas, los tres kilómetros. El trekking, la pesca, la navegación en kayak, el avistamiento de focas y ballenas o la exploración de glaciares son las actividades más solicitadas, junto al contacto con los inuit, el reconocimiento de los vestigios vikingos, la contemplación de las auroras boreales y la experiencia de las noches blancas.
El invierno es la estación ideal para disfrutar de las auroras boreales, la "danza de los espíritus del Norte". Pero Groenlandia impone también sus leyes inflexibles y obliga a protegerse del foehn, de las nieblas bajas o de los mosquitos, y a no fiarse del tiempo, siempre caprichoso. Hay que ir bien preparado y dejarse guiar por los expertos. Hay que sentir la mordedura de la soledad y la majestad del silencio, escuchar los sonidos del hielo y abrirse a lo inesperado.