Groenlandia, el último desafío

La inmensa isla de hielo de más de dos millones de kilómetros cuadrados no es sólo la última frontera europea sino también un territorio magnético en el que la naturaleza en su versión más salvaje alcanza su máxima plenitud. Este es un viaje a los hielos perpetuos, al silencio más absoluto y a la admirable capacidad de supervivencia de sus pobladores.

Alicia Arranz

Cuando de pronto uno baja del avión en una mañana espléndida en un lugar que se llama Kangerlussuaq, tal vez no se sea del todo consciente de que se encuentra ligeramente por encima del Círculo Polar Ártico, pero desde luego que ya tiene la certeza de que el viaje que acaba de comenzar será de los que primero acudan a la mente la próxima vez que surja una conversación sobre experiencias memorables. Por muchas expectativas que se tengan antes de viajar a Groenlandia, resultaría difícil encontrar a alguien que haya regresado de sus gélidos paisajes y sus icebergs vagando por el Ártico con disgusto o siquiera con indiferencia. Porque allí todo llama la atención y todo provoca sensaciones.

La inmensidad del hielo, el silencio brutal, la tremenda carencia de vegetación, las extrañas geografías de montañas y fiordos, la suavidad de la luz, las colas de ballenas que se divisan a veces a lo lejos, los detalles de las vidas de sus habitantes... Todo es misterioso y desconocido. Como los primeros letreros que se leen en lengua inuit, que más bien parecen el más enrevesado e impronunciable trabalenguas que se haya oído jamás. O como cuando se pega el oído a alguien para escuchar el sonido de todas esas consonantes juntas en una sola palabra que sería para nosotros una oración compuesta completa. Por todo eso, el interés por conocer algo más del devenir de los tiempos en esta isla, que con una superficie de más de dos millones de kilómetros cuadrados es la segunda más grande del mundo si no se considera a Australia como continente, va in crescendo por necesidad a cada instante.

Hasta este remoto confín, cubierto en más de un 80 por ciento por una descomunal capa de hielo, se dice que llegó un tal Erik El Rojo en el año 965. De nacionalidad noruega, al parecer el destierro le sobrevino al ser acusado de varios asesinatos en Islandia. Y es precisamente a él a quien se atribuye el bautizo de esta tierra, que hasta entonces sólo estaba habitada por los inuits, como Grønland, o sea, "tierra verde". Una broma que seguro que se les antojaría de lo más pesada a los primeros ingenuos que, atraídos por la promesa de colonizar una tierra fértil, le siguieron hasta aquí para encontrarse con que no hay un solo árbol y que lo único que brota espontáneamente es alguna que otra flor efímera.

Ya se sabe que dos de las principales características que sustentan el tópico del carácter de los nórdicos son la determinación y una inquebrantable fuerza de voluntad. Y, en efecto, sin esas dos virtudes difícilmente alguien podría acostumbrarse a sobrevivir a los larguísimos días que dura el invierno en semejante latitud. Cuando llega la temporada en que una noche enlaza con la siguiente en un rosario de oscuridad que sólo quiebran las trepidantes luces de las auroras boreales, los inuit siguen hoy en día reuniéndose al calor de sus hogares para contar las mismas historias que escuchaban de sus abuelos. Claro que las últimas tecnologías hace ya tiempo que forman parte de sus vidas, pero eso no influye en que sean al mismo tiempo una gente que valora enormemente sus raíces y que no está dispuesta a que su identidad se difumine por muchos años que haga que dependen de Dinamarca, siendo una provincia que se autogobierna desde 2009. Por eso, y porque no les queda más remedio, muchos de ellos practican todavía ancestrales técnicas de caza y de pesca. Actividades que se tornan más peligrosas cada año que pasa, ya que con el calentamiento global la capa de hielo es cada vez más frágil y sus desplazamientos mucho más largos.

son testigos de excepción del cambio climático. Otra experiencia más para el equipaje del forastero es la de pasearse en camiseta, por ejemplo, por la playa de Ilulisat entre pedazos de icebergs a punto de derretirse, aunque esta vez con el desagradable sabor en la boca que deja la preocupación de saber que el cambio climático se está cebando con las regiones polares. El nombre de este pueblo de la bahía de Disko significa "iceberg". No podía ser más acertado dada su ubicación, al final del fiordo homónimo. Desde el puerto se puede emprender una agradable caminata durante la que todavía se puede hablar, porque unos metros después el silencio casi se hará palpable cuando se llegue a un paraje en el que, en todo caso, habrá que susurrar para no arruinar un momento tan mágico. Es el glaciar Sermeq Kujalleq, una inmensa lengua de hielo prehistórico que la Unesco catalogó como Patrimonio Mundial de la Humanidad en el año 2004, considerando que es el escenario perfecto para contemplar uno de los espectáculos más impactantes que la naturaleza se reserva para unos pocos privilegiados: el de asistir al desprendimiento de colosales pedazos de hielo que rugen con fiereza al resquebrajarse.

De él proceden la mayor parte de los icebergs que flotan alrededor del barco, como espectros de formas y tonalidades irrepetibles, cuando se navega por la bahía de Disko. Y esta es también la razón más convincente de todas para decidirse a conocer Groenlandia, porque al menos una vez en la vida todo el mundo debería ver un iceberg. Debido a sus centros de enseñanza y al turismo, esta es una de las ciudades -si es que se puede llamar así a un lugar en el que viven cinco mil almas- más activas de Groenlandia, así que ofrece la posibilidad de darse una vuelta por sus calles de casas bajas y detenerse en alguno de sus restaurantes o cafés. En el del Hotel Arctic, durante el verano se organizan unos fantásticos bufés al aire libre que son una oportunidad para probar platos de la sorprendente dieta local, como, por ejemplo, el halibut ahumado, los taquitos de carne de ballena o las croquetas de foca.

no llega actualmente a los 60.000, de los que más de una cuarta parte viven en Nuuk. Comparada con las decenas de aldeas liliputienses, para los groenlandeses su capital es toda una pequeña metrópoli. En los pueblos que se suceden a lo largo de la mitad norte de la costa occidental, la única habitada, las pintorescas casitas de madera, calcadas unas a otras, se ven desde lejos como puntos que envolviesen la ajetreada actividad cotidiana del puerto. Ya que todas las mercancías llegan por vía marítima y que la industria de la pesca es el principal motor de la economía local, por pequeña que parezca, cualquier localidad siempre tendrá un considerable trajín de barcos. En los pueblos que son más pequeños, los que con suerte suman un centenar de habitantes, a menudo no hay ni siquiera un solo coche. ¿Para qué, si no hay carretera que comunique con ninguna parte? Para la mayoría de los groenlandeses, los medios de transporte más habituales son, en este orden, la moto de nieve, el trineo de perros, el barco y el helicóptero -sólo en circunstancias excepcionales-. Es el caso de Qeqertarsuaq, donde los gritos de los niños que juegan al fútbol en medio del pueblo quedan minimizados con los ladridos constantes de decenas de perros huskys y malamutes. Durante los meses de verano pueden pasarse horas así, aullando para que sus dueños les saquen de caza. A las afueras, pasadas las tumbas del cementerio que rebosan flores artificiales, existe una Estación de Investigación Ártica en la que se estudia la fauna y la flora autóctonas.

Este, como todos los demás de los alrededores, es un pueblo con una historia ligada a la caza de ballenas. Cuesta imaginar una tranquilidad más sólida que la que impregna el día a día en Uummannaq, el pueblecito que se encuentra a los pies de una imponente montaña de casi 1.200 metros de altura, o en el vecino Ukkukkissat, ambos muy próximos al majestuoso glaciar Eqip Sermia. Hay algunos pueblos también en los que se conserva algo de la arquitectura colonial. Suelen ser los edificios que ahora tienen un uso público, sobre todo pequeños museos, como el que se encuentra detrás de la iglesia de Sisimiut, en el que se exponen algunos objetos cotidianos antiguos e ilustradoras muestras de la destreza escultórica de los inuits.