Groenlandia: aventura en la isla de hielo

 Este territorio helado, uno de los últimos casi vírgenes del planeta, alberga una belleza salvaje y remota que hay que ver una vez en la vida. 

Alfredo Merino
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Foto: ALFREDO MERINO

Cuando con notable esfuerzo y riesgo de caer en la negrura de las grietas junto a las que pasas, o de que te caiga encima un témpano de hielo, alcanzas la torturada soledad de la cúpula del indlandsis, debes convenir que esto no es lo que tantos se empeñan en calificar como uno de los últimos paraísos. El mismo pensamiento ensombrece al puñado de entusiastas pasajeros que, agarrados como pueden al candelero de la última cubierta del barco que recorre la bahía de Baffin, luchan contra el viento más feroz de sus vidas, que trata de arrebatarles el móvil con el que pretenden hacerse un selfi ante la costa quebrada de sombrías montañas y esplendorosos glaciares.

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Lo mismo se piensa al recorrer con toda la atención del mundo para no resbalar sobre el hielo que tapiza las vacías calles de la aldea –ciudad dicen aquí a pesar de sus 170 habitantes– de Ukkusissat, bajo la desolación de los 15 grados bajo cero de cualquier tarde de verano. Desde luego, lo que es seguro es que este lugar tiene poco de paraíso tal y como entienden este concepto en los folletos de viajes para otros lugares del planeta.

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Sin embargo, al surcar la remota belleza de Equip Sermia a bordo de las veloces lanchas neumáticas al pie de los torturados glaciares que se desgajan sobre el mar como gigantescos azucarillos, al asomarse al inmaculado caos de los hielos vivos de Ilulissat, cuando se recorren las verdes lomas cuajadas de flores que rodean el fiordo Sermilik o al descubrir los elementales modos de vida de los inuit de Sisimiut y Qeqertarsuaq, concluyes que la salvaje hermosura y el ancestral encanto que atesora Groenlandia la convierten en uno de los últimos lugares vírgenes que quedan en el planeta. Un sitio de remota y prístina naturaleza que según todos los indicios tiene marcada la fecha de caducidad. 

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Riquezas naturales

Las últimas investigaciones señalan que sus mares, hielos y soledades sufren la irremediable colonización de las partículas de plástico y demás residuos microscópicos que arroja la civilización, mientras que sus criaturas se convierten en silenciosos almacenes de mercurio y otros metales pesados. El calentamiento global derrite los glaciares y asedia a sus animales mientras que los intereses económicos miran directamente a estos territorios para rapiñar sus riquezas, petróleo, gas natural y minerales principalmente.

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Groenlandia es la mayor isla de la Tierra, si consideramos a Australia un continente. Con una extensión aproximada cinco veces la de España, se sitúa frente a las costas nororientales de Canadá, al otro lado de la bahía de Baffin. Cerca del 80 por ciento de su territorio está recubierto por un gigantesco casquete glaciar, el mencionado indlandsis, que alcanza un espesor de tres kilómetros en su núcleo central. Solo una franja litoral está libre del hielo. 

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Esto ha obligado a que todos los asentamientos groenlandeses estén en la costa, permaneciendo el desolado interior ajeno a los poco más de 57.000 habitantes de la isla. La práctica totalidad se sitúa en la mitad meridional de la costa occidental. Su clima más moderado respecto al resto del territorio y la riqueza pesquera del Mar de Baffin justifican la elección. Esta circunstancia determina el destino del turismo que llega a Groenlandia. La zona en torno a la punta sur de la isla es la que recibe más visitantes. Y es así desde que hace once siglos desembarcaron en sus costas los primeros europeos. 

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Llegan los vikingos

Fue en el año 982 cuando arriba a Groenlandia el vikingo Erik el Rojo, para cumplir el destierro de tres años que se le impuso por un asesinato en Islandia. En esta torturada costa de profundos fiordos y picudas montañas, Erik y sus hombres vieron el reflejo de la Noruega ancestral, fundando los primeros asentamientos europeos. Transcurrida la condena, el monarca vikingo regreso a Islandia con la intención de reclutar una población para aquel nuevo y casi inexplorado territorio. 

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En el verano de 985 una flota de 25 navíos repleta de colonos hambrientos de un nuevo territorio donde prosperar partió de Islandia rumbo al nuevo mundo. Solo llegaron 15 barcos, suficiente para colonizar el territorio. Los restos de sus asentamientos permanecen esparcidos por el dédalo de fiordos, cabos y ensenadas que forman la accidentada punta sur de Groenlandia. El más importante se localiza en Qassiarsuk, al final del fiordo Tunulliarfik, a cien kilómetros del mar abierto. 

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El lugar es base de operaciones de varias empresas internacionales dedicadas al turismo de aventura. Sus clientes acampan en lo que fuera el antiguo asentamiento de Brattahlío, literalmente Ladera rocosa empinada, que fue el lugar elegido por Erik el Rojo para residir. Algunos edificios se han reconstruido, como la casa del rey vikingo y la sencilla ermita dedicada a su esposa Theodhild, curiosamente convertida al cristianismo. Esta pequeña capilla de madera recubierta de hierba es la primera iglesia erigida en América y una de las postales que más recuerdan los visitantes de Groenlandia.

Verde pero sin árboles

La que tal vez sea mayor paradoja de Groenlandia es su nombre: La Tierra Verde fue la primera gran campaña de promoción de un territorio. Su responsable, el mismísimo Erik el Rojo, logró atraer con ella a los colonos de lo que iba a ser su nuevo reino. No encontraron un solo árbol y el verde de los prados desaparecía bajo las nieves después de los cortos veranos. Más de mil años después la cosa apenas ha cambiado. Durante los cortos veranos el extremo sur de Groenlandia se tapiza de verdes prados cuajados de flores, recordando paisajes de Noruega e Islandia, pero poco más aparte de eso. 

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Es a finales del siglo XIX cuando se empiezan a introducir especies arbóreas, con la plantación de los primeros arboretos en el entorno de Narsarsuaq. Desde entonces no han cesado, calculándose en más de 300.000 los árboles que crecen en diferentes lugares del sur. Ligado al cambio climático, Greenland Tree Project es uno de los proyectos más interesantes. A cargo de la ONG holandesa Dasht, la última de sus acciones ha sucedido este verano de 2019 en el degradado entorno de la base militar de Narsarsuaq, construida por los norteamericanos en 1941, donde en el visitable Arboretum Groenlandicum se han plantado cinco mil abedules, alerces, alisos, sauces y serbales.

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El caso de la fauna es tan extremo como el de los árboles. A no ser que se venga a ello en una expedición a la medida, no es sencillo divisar animales en Groenlandia. Gaviotas, cormoranes, frailecillos y algunas anátidas entre las aves son las sencillas de ver. Igual que esporádicas ballenas, delfines y alguna foca despistada. En las travesías marítimas que van más al norte de Ilulissat pueden divisarse solitarios osos polares que patrullan las alejadas costas. En tierra la sorpresa la depara algún zorro ártico y, si hay suerte, bueyes almizcleros, que no dejan acercarse a menos de varios cientos de metros.

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Aventuras en el sur

La región sur de Groenlandia asemeja sin duda los litorales nórdicos y en verano es una de las mecas del turismo al aire libre, donde se pasan unos días de acampada a la orilla de los fiordos para recorrer sus aguas en kayak, pescar y hacer senderismo por un paisaje salpicado de granjas donde pastan ovejas, caribús y ponis asalvajados. 

Narsaq es uno de los epicentros de esta zona. Pueblo tranquilo de sencillas casas familiares con coloridas fachadas, cuenta con un pequeño museo, un par de supermercados, un hospital, varios centros educativos y la primera destilería de cerveza de Groenlandia.

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No muy lejos está Qaqortoq, una de las ciudades más pintorescas de Groenlandia. Entre el fiordo del mismo nombre y el lago de Tasersuaq sus habitantes aseguran una y otra vez que desde sus casas se contemplan “vistas de millones de dólares”. La frase es tan popular que se ha convertido en el lema favorito del lugar y hasta aparece en su página de turismo. El delicioso asentamiento cuenta con numerosas casas coloniales, incluyendo la antigua Annaasisitta Oqaluffia, la iglesia de Nuestro Salvador. Destaca el mercado de pescados y carne y, sobre todo, la exposición Piedra y hombre, conjunto de esculturas y grabados en la roca esparcidos por la ciudad realizados por diferentes artistas groenlandeses, que muestran aspectos de la fauna, la población local y sus costumbres realizadas en el más puro estilo inuit.

Mucho más al norte se sitúa la localidad de Kangerlussuaq, desolado conjunto de amplias avenidas y edificios impersonales de escasa altura, surgido en el entorno del principal aeropuerto de la isla, situado al fondo del fiordo Sondre Stromfjor, de 190 kilómetros de largo y que da su nombre groenlandés a la ciudad: Gran Fiordo. La ciudad tiene poco que ver, aparte de su pequeño museo. Los alrededores son más interesantes, en especial el cercano borde del indlandis, el lago Ferguson y sus alrededores y el entorno del Sondre Stromfjord. Aquí desembarcan la mayoría de los turistas que visitan Groenlandia, entre ellos los pasajeros de los cruceros que recorren la porción central de las costas occidentales, la más interesante de la isla.

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Un crucero inolvidable

El recorrido marítimo visita lugares tan increíbles como Sisimiut, toma de contacto con la cultura inuit. Un pesquero desembarca cajas de pescado en el pequeño puerto mientras que, de pie sobre su motora, un inuit ofrece a la venta el par de focas que acaba de abatir. En el muelle, un cazador vende las capturas diarias: un caribú ya despellejado y despiezado junto a una infeliz e inmaculada liebre ártica. En el centro de artesanía, hombres y mujeres se afanan en la creación de collares, adornos, telas y otras artesanías realizadas en cuernos y huesos. El atractivo de sus deliciosas formas se diluye al comprobar lo desorbitado de sus precios.

Situada en el extremo de Disko, una de las islas secundarias más grandes del litoral groenlandés, Qeqertarsuaq es parada obligada. El desembarco en esta aldea, orillada a una playa de arenas oscuras en la que varan icebergs de todos los tamaños, es emocionante. Un banco junto a la orilla invita a sentarse ante una de esas vistas que es obligado catalogar como de las más hermosas del mundo. Desde aquí se inicia la excursión al Valle de los Vientos, especialmente memorable en los días finales del verano, cuando los matorrales cubren las suaves colinas con un manto inflamado de pardos y carmines.  

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La singladura tiene en Uummannaq la siguiente parada. El más plástico de todos los asentamientos groenlandeses extiende su caserío al pie de la altiva montaña que se eleva de un golpe 1.170 metros sobre el océano. Su forma asemeja un gigantesco corazón de piedra y es el significado del nombre de pueblo y monte. Desde la distancia, la belleza de la piedra encendida por el Sol de medianoche, las fumarolas de nieve que el viento levanta en las crestas de roca y abajo las casitas, joyas de brillantes colores, surgiendo todo de las aguas más oscuras, se antoja insuperable.

A pesar de tanta belleza, Ilulissat es la apoteosis de la travesía. Calificado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pertenece a esa media docena de lugares naturales del mundo que son únicos. Parajes excepcionales cuya fuerza y carácter obligan a conocerlos, como son las cataratas Iguazú, el monte Everest, la Gran Barrera de coral, la bahía de Ha-Long o el Gran Cañón del Colorado. Situado en el fondo del fiordo, el glaciar Sermeq Kullaqeq es la principal válvula de escape del casquete interior de Groenlandia al océano. Es el glaciar más activo del hemisferio Norte. Con un frente de cinco kilómetros y más de mil cien metros de espesor, cada temporada vierte 35 kilómetros cúbicos de hielo al fiordo, el 10 por ciento de todos los icebergs que produce Groenlandia. Los colosales crujidos de la torturada masa glacial, la colisión de los témpanos, la desmesura del caos de hielo y las idas y venidas de las aguas otorgan vida a este caos, que se antoja una criatura inabarcable recién despertada de un sueño mitológico. 

Karine Patry / ISTOCK

El iceberg del “titanic”

El glaciar se desgaja en icebergs de todas las formas y tamaños, algunos de más de un kilómetro de altura y la extensión de varias manzanas de casas. Ya en el agua, la flota de hielo empieza un viaje que solo concluirá cuando se derrita en mitad del océano. Se asegura que fue uno de estos gigantescos icebergs que tomó la deriva Sur el que hundió al Titanic al sur de Terranova en el lejano 1912. Un viaje no menos fascinante que el que nos ha descubierto Groenlandia, la enorme y remota isla de hielo.