Grecia intensa

Macedonia, la cuna de Alejandro Magno y la sede del legendario Monte Olimpo, es la región más grande de Grecia, una tierra muy rica en panoramas que esconde desde lagos de aguas turquesas hasta venerables monasterios ortodoxos, pasando por ciudades que exhiben hermosos tesoros procedentes de la época bizantina.

Oriol Pugés
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Foto: Álvaro Arriba

Cualquiera que haya estado en Grecia estará de acuerdo en que este país es un laberinto blanco lleno de luz. Quizá sí, quizá sea esta la característica más importante que hace que el país heleno atraiga tanto a los viajeros. Decimos Grecia e inmediatamente se establece un lazo que nos remonta a pensar en un pasado glorioso y fecundo. Decimos Grecia y sabemos que nos encontramos en la cuna de la civilización. Los apasionados por la historia venimos a Grecia para contemplar la impronta de la herencia histórica del país. Y nos fascina descubrir los hilos de conexión que existen entre las ruinas y el presente. Con esta idea se viene a Grecia. Con esta idea se viene también a Macedonia. Se trata de buscar la otra Grecia, la que esquiva las grandes multitudes, la que disfruta el silencio plácidamente recostada al abrigo de un sol obstinado.

¿Por dónde comenzar un periplo en esta tierra agreste, rica en panoramas y en recuerdos de la época bizantina? La respuesta es Tesalónica. La capital de Macedonia, la segunda ciudad de Grecia, fue fundada en el año 316 antes de Cristo por el general Casandro, que la bautizó con el nombre de su esposa, Tesalónica, hermana también de Alejandro Magno. La urbe macedonia se encuentra repleta de antiguos vestigios (Arco de Galera, Ágora...) y de iglesias que los otomanos transformaron en mezquitas. Encaramada sobre un golfo protegido por los vientos, no faltan tampoco recuerdos de la época romana, ligados sobre todo a la figura de Galerio, proclamado Augusto en el año 305. Así pues, son muchos, efectivamente, los motivos que hacen interesante una visita a esta ciudad, designada Capital Europea de la Cultura en 1977, cuyo semblante quedó completamente renovado tras un violento incendio que destruyó una buena parte de sus edificios en 1917.

La fachada contemporánea de esta metrópolis dinámica, con frente de mar de recreo, oculta un barrio de marcado carácter oriental, una red de callejuelas coloristas coronadas por balconadas. Sin embargo, y como segundo puerto de Grecia, es también una villa comercial e industrial y conserva un gran encanto pese a la ofensiva del cemento: se puede pasear agradablemente y descubrir iglesias bizantinas, alegradas en ocasiones con minaretes, como San Jorge (Agios Georgios), adornada además con mosaicos muy antiguos con fondo de oro, o como la notable Santa Sofía (Agios Sophia), un templo levantado en la primera mitad del siglo VIII en honor de la Divina Sabiduría. Palacios señoriales, boutiques elegantes, cafés de moda... dan hoy un aire completamente urbano a esta ciudad, que es, sin duda alguna, la indiscutida capital de la Grecia del norte.

Tesalónica constituye el punto de partida para un viaje en busca de rastros de la historia antigua ligada al período de mayor esplendor del reino macedonio. Así, es imprescindible realizar una parada en Vergina. Es una etapa que emociona, desde luego. Aquí se han descubierto unos extraordinarios tesoros, parte de los cuales se cree que constituyeron el ajuar fúnebre de Filipo II, el padre de Alejandro Magno.

El yacimiento de Vergina es la antigua Egas, la primera capital de Macedonia. Se trata de uno de los yacimientos más famosos de Grecia y está formado por lo que tradicionalmente se conoce como Tumbas Reales. Primero hay que caminar por un pasaje que conduce al oscuro interior del montículo donde se han encontrado cuatro tumbas. Una vez en su interior, sorprende la visión de la Tumba I o tumba de Perséfone; la Tumba II es la de Filipo II, en cuyo interior se ha encontrado un riquísimo ajuar, parte del cual se exhibe en el Museo Arqueológico de Tesalónica y otra parte en las salas poco iluminadas de este pequeño museo, que funcionan como galerías de exhibición; la Tumba III pertenece a Alejandro IV, hijo de Alejandro Magno, y de la Tumba IV apenas queda nada y no se sabe con exactitud a quién pertenece.

Hasta aquí los tesoros mejor guardados de Macedonia. Sin embargo, esta hermosa región griega ofrece otros muchos encantos. Por ejemplo, la Península Calcídica, que, con sus tres dedos apuntando hacia el Mar Egeo, está plenamente abierta al turismo. La Península Calcídica se subdivide a su vez en tres penínsulas: la de Kassandra, la de Sithonía y el Monte Athos. Son 500 kilómetros de litoral de arena, rodeado por aguas calmas y azules y respaldado por grandes extensiones de pinares. Gran parte de la Península Calcídica ha sido explotada sin piedad y el saliente de Kassandra hoy está repleto por lujosos complejos vacacionales.

"Si les interesa la paleontología, hay aquí en Kassandra una interesante visita", asegura Petrus, el guía que nos acompaña. En el pueblo de Petrálona está, efectivamente, la cueva homónima (a 800 metros a las afueras del pueblo), a los pies de la montaña Katsika, una de las más importantes con interés paleontológico. La longitud total del itinerario suma 1.900 metros, pero la parte que dejan visitar a los turistas son apenas 600. La cueva no tiene desperdicio: tiene una asombrosa decoración con estalactitas de todas las formas, estalagmitas, columnas... Las primeras investigaciones tuvieron lugar en el año 1959. Se clasificaron entonces 34 especies de fauna y en 1960 se descubrió por casualidad el cráneo más antiguo de Grecia, datado hace unos 200.000 años aproximadamente."Su clasificación resulta muy difícil porque tiene un mosaico de peculiaridades anatómicas avanzadas y arcaicas, que denotan relaciones genéticas tanto con el grupo del Homo erectus como con el del Neardenthal", afirma el guardián de la cueva. Lamentablemente, no se pueden tomar fotografías en el interior del recinto.

Sithonía, la península central, presume de contar con alguna de las playas con más encanto de Grecia (Kalogria Beach, Elia Beach, Lagomandra, Porto Carrás, Toroni...). Toda esta apacible zona está llena de pequeños puertos pintorescos y de hermosos pueblecitos junto al mar (Ólinthos, Gerakiní, Metamórfosi, Nikitas...).

El Monte Athos, el promontorio más oriental, es una historia aparte. Tras ascender las laderas del monte Holomontas a través de bosques, viñedos y arboledas, pasando por las pintorescas Arnea y Stágira (lugar de nacimiento de Aristóteles), se llega a Trapití y desde aquí a Ouranoupoli. Esta localidad, denominada también "la ciudad del cielo", es una aldea de pescadores que, como tantas otras aldeas griegas, vive somnolientamente durante nueve meses al año para luego volver a despertarse y reanimarse gracias a la presencia de un turismo básicamente popular durante los meses de verano.

Pero su verdadero espíritu no es el alegre y bullicioso del verano sino el tranquilo, solar, ilusionado, de los meses primaverales u otoñales, durante los cuales, a la hora del crepúsculo, los pescadores se reúnen en los locales al aire libre que hay junto a la playa para beber juntos el tradicional vaso de ouzo, acompañado por unas cuantas mezé, o para tomar unos sorbos de refrescante retsina. Claro que Ouranoupoli tiene una especial peculiaridad respecto a los otros cien, o mil, pueblos marineros de Grecia: la de constituir el punto de partida del mágico viaje hacia este mundo fascinante y misterioso del Monte Athos.

Verdadero estado dentro del estado, el Monte Athos es célebre porque alberga un conjunto de monasterios poblados y administrados por monjes que parecen vivir en otra época. Es la "Santa Montaña", cuyo acceso está rigurosamente prohibido"a toda mujer, toda hembra, todo eunuco, todo rostro liso" (los "rostros lisos" son los de los niños).

El Monte Athos, mundo exclusivamente masculino, representa el centro de la vida religiosa ortodoxa desde hace más de mil años. Unos 1.700 monjes habitan los 20 monasterios y ermitas bizantinas de esta "República de Dios", cuya visita, salvo que se posea una autorización especial, queda reservada exclusivamente a los fieles de la religión ortodoxa. Solo existe un vehículo hasta Karyes, la capital de la comunidad, por lo que hay que acceder a los conventos a pie o a lomos de burro, y en algunos casos en barca. Los huéspedes pueden alojarse en los monasterios durante tres noches -que pueden ser ampliables a seis-, experimentando una pequeña parte de la vida ascética de los monjes.

Los monasterios, como puede contemplarse desde el ferry que parte de Ouranoupoli, rodeados de altas montañas, flanqueados de torres y dominados por las cúpulas de las iglesias, se elevan casi todos en lugares maravillosos. Los más antiguos (Vatopedi, Iviron, el Gran Lavra) datan del siglo X y en su interior se guardan iconos y tesoros bizantinos de un valor incalculable.

Cuando a primera hora de la mañana la chalupa abandona el muelle de Ouranoupoli en dirección a Dafní, desde donde se iniciará la visita a los monasterios de la Santa Montaña, se produce esa cautivadora sensación, en este caso más verdadera que nunca, de estar abandonando el mundo real, escapando de la línea del tiempo y de la historia, que avanzan despiadadamente, para entrar en un mundo inmutado y esperemos que inmutable, en el que todo permanece intacto y quieto, un mundo anclado en la tradición bizantina, tanto en sus aspectos religiosos como en sus detalles artísticos. Pero esto es ya otra historia...

Monte Olimpo, la morada de los dioses
La civilización griega es muy religiosa. Los dioses griegos y sus historias empapan cada palmo de esta tierra, cada línea de su literatura, cada pliegue de una escultura. Los dioses griegos han llenado con sus historias todos los rincones de esta geografía: valles, llanuras, mares y montañas están impregnados con el eco de esas historias que se muestran tan sorprendentemente humanas que todos nosotros nos complacemos todavía escuchándolas. Pero los dioses (Hera, Apolo, Atenea, Afrodita... y así hasta 12, "los 12 Olímpicos"), bajo la autoridad de Zeus, buscaron un lugar donde instalarse. Ese lugar está casi en el límite entre las regiones de Macedonia, al norte, y Tesalia, al sur, y es una montaña cuyo nombre ha salido ya de nuestro planeta: el Monte Olimpo, la residencia de los dioses. Es un lugar poco visitado, al margen de las rutas turísticas clásicas, perdido entre los bosques abundantes y las aguas del golfo Termaico, en cuyo vértice se alza la ciudad de Tesalónica. Es un macizo árido y aislado, formado fundamentalmente por pizarras, cuyas recortadas cimas dibujan la forma de un anfiteatro alrededor del valle Mavrolongos. La cima más elevada, llamada hoy "Trono de Zeus", alcanza casi los tres mil metros de altura, siendo la cumbre más elevada de toda Grecia. Es un lugar extraño, en el que las leyendas se resisten a morir enfrentándose al asalto de los tiempos modernos: senderismo, instalaciones para los deportes de invierno... Su silueta nos recuerda el lugar de reunión de los dioses griegos, su sede permanente, inaccesible, destinada solo a ellos.

Las huellas de Alejandro Magno
Grecia es mucho más que el esplendor del Partenón, la quietud de las islas del Egeo, los colores de Mamma Mía, el sirtaki de Zorba y el sabor de un buen yogur. Grecia guarda numerosas sorpresas para el viajero. Una de ellas es Macedonia, se escribe con tonos verdes y dorados, nos traslada a los tiempos de Alejandro Magno, suena a música de taberna y huele a nostalgia de Sepharad. Apenas es conocida, pero Macedonia tiene una de las historias y geografías más interesantes del Mediterráneo. Su estandarte es Tesalónica, una ciudad que nació oficialmente hace 2.326 años por orden de Casandro, un guerrero que había logrado casarse con Tessaloniké, una de las hermanastras de Alejandro Magno. De ahí su nombre. Pero no acaba aquí la conexión con el más importante de los macedonios. El fundador de la ciudad tuvo también la miseria de ser el asesino de la madre (Olimpiade), la esposa (Roxana) y el hijo (Alejandro IV) del gran Alejandro. Quizá por ello, y tal vez como castigo eterno, Tesalónica se ha convertido desde entonces en la más fiel guardiana de la memoria del magno conquistador de Asia. Hay otros lugares del norte de Grecia que todo viajero debería visitar, como Pela, la antigua ciudad que vio nacer a Alejandro Magno, ese hombre que durante solo 12 años fue capaz de derrotar al mayor imperio hasta entonces conocido, cruzar 23.480 kilómetros entre Grecia y la India y fundar más de 70 ciudades. Recientes excavaciones han sacado a la luz en Pela parte del palacio del padre de Alejandro, Filipo II, sus murallas y los santuarios de Afrodita, Deméter y Cibeles. Aunque para joyas, las de Vergina, el auténtico Escorial de Macedonia. En 1977, el arqueólogo Manolis Andronikos encontró las tumbas reales de los reyes de Macedonia, entre ellas las del padre y el hijo de Alejandro Magno. Hoy Vergina es uno de los museos arqueológicos más interesantes e impresionantes del mundo. Ya más al sur, es ineludible una visita a Dion, a los pies del monte Olimpo. En la Antigüedad, los macedonios se reunían aquí para festejar sus celebraciones más importantes, y la arqueología moderna ha logrado descubrir aquí las ruinas de diversos santuarios dedicados a Deméter, Asclepio e incluso la diosa egipcia Isis. Macedonia, y en concreto la Península Calcídica, también fue la patria chica de uno de los filósofos más importantes de la historia de la humanidad, Aristóteles (que fue maestro de Alejandro Magno). Nacido en Estágira, cerca de la actual localidad de Olimpiade (donde, según la tradición, fue asesinada la madre de Alejandro), es hoy un bello y romántico yacimiento arqueológico situado a orillas del mar. Existe también una Nea Stagira, una Nueva Estágira, un poco más al interior, donde se encuentra el denominado Parque de Aristóteles, un interesante recinto donde pueden verse ejemplos aplicados de la ciencia y la filosofía del célebre pensador.

Monte Athos, el último reducto de los varones
Casi toda la parte más oriental de la Península Calcídica está ocupada por los monasterios athonitas. La mejor forma de llegar es en ferry desde la localidad de Ouranópolis. El Monte Athos es una zona monástica semiautónoma, conocida en griego como la "montaña sagrada". Adentrarse en ella es retroceder en el tiempo. Sólo los hombres pueden alojarse en los monasterios durante tres noches (ampliables a seis) tras completar algunas formalidades (información en la oficina de turismo de Grecia). No se permite la entrada de mujeres a la zona. Lo más cerca que verán ellas un monasterio es desde uno de los transbordadores que parten de Ouranópolis. Las embarcaciones con mujeres entre el pasaje deben mantenerse a 500 metros de la costa como mínimo. No resulta fácil conseguir un visado de tres noches -el tiempo máximo permitido- para quienes no son de nacionalidad griega o de religión ortodoxa. Actualmente el número máximo de visitantes diarios permitido es de 70, pero se rumorea que podría bajar todavía más. El Monte Athos no es un lugar turístico, pero sí un verdadero centro de peregrinación y, aunque en principio no hay ninguna discriminación de razas y religiones, son muchas las referencias necesarias para conseguir los visados: se exige una recomendación del propio consulado, no hay que tener antecedentes criminales y, además, es imprescindible demostrar que la finalidad de la visita es religiosa o debido a un legítimo interés artístico y cultural, por lo que se aconseja presentar un curriculum vitae. El intermediario entre las peticiones y las autoridades del Monte Athos es el Ministerio de Asuntos Culturales del Norte de Grecia (Plaza Dikitirion, en Tesalónica. Tel. de contacto: 031 270 092). Se puede obtener más información en la propia Oficina de Turismo de Grecia.