Gran Canaria, la isla de los mil contrastes

Gran Canaria es redonda como una perla y exuberante como un jardín tropical. La "isla de los mil contrastres" esconde secretos inexplorados y rincones inauditos, y todo bajo los excitantes cantos de sirena del Atlántico más salvaje. Un paraíso para todos los gustos, donde perderse constituye una obligación, y descansar, un mandamiento.

María Bayón

La historia de amor de Gran Canaria con el viajero comenzó en el siglo XVII, cuando se convirtió en parada obligada para los grandes barcos comerciales que viajaban a América. Cientos de naves europeas y especialmente inglesas comenzaron a forjar sin saberlo el carácter cosmopolita de esta plácida isla, la más grande del archipiélago afortunado. La isla quedó entonces atrapada para siempre en el trasiego cultural del Viejo Continente, en sus costumbres y rutinas, en sus gustos y corrientes culturales. Ilustres viajeros terminaron por forjar su espíritu de bienvenida, y hoy sus palabras resuenan en hoteles de mítico abolengo, como el Santa Catalina de Las Palmas, una joya colonial que sobrevive al tiempo impasible y serena, guardando entre maderas de lujo el secreto de los que nacieron para ver mundo.

Seguir los pasos de Winston Churchill o Agatha Christie no es difícil, y para hacerlo lo mejor es empezar por la capital de la isla: Las Palmas. Sólo hay que perderse por la playa de las Canteras, una de las franjas de arena urbana más bellas de Europa, curiosear entre sus apetecibles restaurantes y dejarse llevar por la imaginación mirando a un mar en calma, incapaz de propiciar preocupaciones.

Con el espíritu vacacional instalado en nuestro ánimo, recorreremos las callejuelas empedradas de Vegueta, el casco antiguo de la ciudad, un tesoro de belleza tranquila que contrasta con los modernos edificios del resto de Las Palmas. Tómese un aperitivo en alguno de los bares de la calle Mendizábal y curiosee por sus tiendas de artesanía, protéjase del sol bajo el artesonado de los solariegos balcones coloniales y decida darse un baño de cultura en la Casa Museo de Colón, un edificio que para los amantes de las aventuras marinas cobrará un especial significado. Respire calma en su Catedral y avance sin miedo.

En la calle Agustín Millares, también conocida como "el callejón de sal si puedes", no hay más que ver su escurridiza salida para entenderlo: encontrará un ultramarinos de los de toda la vida en la plaza de Santa Ana, y en la del Espíritu Santo le asombrarán las ricas casas de su vieja burguesía; deténgase a admirar sus fachadas y podrá escuchar cómo el viento le trae conversaciones de otras vidas. Disfrute del gorgojeo del agua de la fuente más antigua del lugar en la plaza de Santo Domingo y taconee sobre los adoquines de la calle Balcones. Son sólo algunos de los lugares que nos guiarán por este viaje en el tiempo, porque en cada rincón de Vegueta hay un regalo para los amantes de la historia.

Cuando lleguemos a la calle Pelota, estaremos a punto de entrar en Triana, otro barrio con solera y hoy protagonista de las noches más bohemias y vanguardistas. Enlace entre ambos barrios es el Teatro Pérez Galdós, un soberbio edificio recién restaurado que nos da idea de la importancia cultural de Gran Canaria. No muy lejos está el Mercado, un torbellino colorista rodeado de churrerías con sabor, donde se exhibe la pura esencia de la isla.

Ya en Triana, conviene no perderse el Gabinete Literario, un elegante edificio modernista sobre el que revolotea lo último en arte, cine, literatura y pintura, sin olvidar sus famosas fiestas, donde nunca faltan los rostros conocidos.

Para los amantes del golf conviene recordar que en Las Palmas está el Real Club de Golf de Bandama, el decano de nuestro país inaugurado en 1891, con un recorrido fascinante y parejo a la bella caldera de Bandama, marco incomparable para disputar los mejores hoyos.

También recuerde que Las Palmas es una ciudad perfecta para hacer compras. Por tanto, no se vaya sin dar una vuelta por la calle Mesa y López si quiere cargar su maleta, porque la tentación le asaltará cada poco y los precios terminarán de convencerle. En esta ciudad el ocio es un arte y todos podemos convertirnos en artistas.

Pero si de algo presume la isla de Gran Canaria es de su enorme variedad de paisajes y estilos vacacionales. Si Las Palmas es cosmopolita y bulliciosa, el interior es un paraíso de calma, el lugar perfecto para desconectar y renovarse por dentro atendido con los mejores cuidados. La isla es circular y recorrerla resulta fácil, con la ventaja de no tener que pasar dos veces por el mismo sitio. Es recomendable alquilar un coche y planear una ruta amplia, teniendo en cuenta que en el interior el clima es mucho más frío y los senderos no son aptos para chanclas. El resto lo pone la isla: pueblos con encanto, oasis cargados de árboles frutales, impresionantes miradores entre pinos, cuevas trogloditas y un laberinto volcánico de incalculable valor romántico. ¿Preparados?

Una buena idea es iniciar nuestro viaje desde Agüimes, una pequeña y coqueta localidad donde no faltan los ejemplos de excelente arquitectura colonial. Empeñada en recuperar lo mejor de su tradición sin perder el tren de los nuevos tiempos, Agüimes se ha convertido en un templo del reposo y de la buena mesa. Visita obligada es la Casa de los Camellos, un hotel escuela con gastronomía de culto. Su directora, María Valerón, ha desempolvado viejos libros de recetas y, con la tranquilidad por bandera, deleita el paladar y el espíritu de sus huéspedes, a los que en poco tiempo trata como amigos. No muy lejos se encuentra la bonita villa de Ingenio, un lugar tranquilo de calles empedradas y casas encaladas donde destaca la iglesia de la Candelaria. A pocos kilómetros está el barranco de Guayadeque, un sobrecogedor cortado repleto de huellas de los antiguos habitantes de la isla. Pararemos en Cueva Bermeja para admirar la bella ciudad repleta de casas-cueva y hacer un alto en el camino en el restaurante Tagoror, al final del barranco.

Desde aquí podemos continuar el camino hacia el Pico de las Nieves, el punto más alto de la isla. Allí admiraremos la solitaria belleza del Roque Nublo y el Roque Bentayga, símbolos de Gran Canaria y natural homenaje a sus primitivos pobladores. En esta zona abundan los miradores, las rocas volcánicas y la desoladora nostalgia del tiempo congelado.

Siguiendo nuestra ruta llegaremos a Tejeda, un pueblo de espíritu montañero que acapara algunas de las más preciosas vistas de la isla y los mejores guisos de conejo y ropa vieja, una comida ideal para combatir el viento fresco y limpio. Si es usted un goloso, no deje de probar sus artesanales y deliciosos merengues. Ya sólo nos queda dar por concluida la jornada en el Parador Cruz de Tejeda, el lugar perfecto para disfrutar entre mimos selectos de toda la belleza de un atardecer milenario.

Si la mañana nos sorprende con fuerzas, conviene saber que las rutas senderistas que rodean al Parador son hermosas. Si nos encuentra más perezosos, lo mejor es subirse al coche y seguir rumbo al norte, concretamente a Teror, centro religioso de la isla. Teror es una ciudad colonial de amplias plazas arboladas y sabrosos restaurantes típicos, pero también es el enclave en el que, según la leyenda, se apareció la Virgen del Pino, patrona de Canarias. La basílica sorprende por su elegante armonía y se encuentra en una de las arterias más bonitas de Teror. Sus balcones de madera labrada y sus risueñas buganvillas harán milagros por su estado de ánimo.

Y de aquí podemos llegar enseguida a otra ciudad típicamente canaria: Arucas. Cuna del ron de la isla, la ciudad de los jardines resulta muy agradable para la vista y el paseo. Alrededor de su enorme Catedral de granito se esconden algunos de los mejores cafés de la ciudad, lugares rescatados del olvido y convertidos hoy en auténticas joyas del recuerdo donde charlar larga y animadamente a la sombra de un buen ron. A escasos kilómetros de Arucas se encuentra la Hacienda del Buen Suceso, el oasis perfecto para pernoctar y dejarse llevar por los sentidos. Una antigua hacienda rodeada de plataneros que nos hará olvidar que existe el ruido.

Bordeando la costa norte nos encaminamos a un curioso lugar de enorme importancia para los canarios: el municipio de Gáldar, cuna de los antiguos habitantes de la isla y hoy lugar de peregrinación para los amantes de la prehistoria. Allí se encuentra la Cueva Pintada, una interesante excavación repleta de pinturas rupestres donde le explicarán paso a paso cómo fue el origen de esta isla misteriosa, surgida de las profundidades del Océano Atlántico hace unos 15 millones de años por culpa de un volcán.

Empapados de historia podemos seguir nuestra ruta hacia Artenara, buscando la sombra de los pinares del Parque Natural de Tamadaba, un espacio donde reina la calma y el aire puro. Aquí disfrutaremos de la especie autóctona de pino canario, más peludo y esponjoso, y de su curioso huésped natural, conocido como barba de capuchino. Entre esta bruma verde nos parecerá estar en un cuento, en un bosque de amables fantasmas donde cumplir nuestros deseos en el más absoluto silencio. De nuevo, un lugar magnífico para recrearse en la contemplación de la naturaleza o para vivirla en todo su esplendor en forma de agradables paseos. Artenara cuenta con la Virgen de la Cuevita, una curiosa ermita excavada en la roca que vuelve a hablarnos del gusto de los primitivos canarios por las cuevas naturales.

Nuestra siguiente parada bien puede ser la playa de Güi-Güi, una cala solitaria y casi desconocida donde los autóctonos disfrutan del océano más salvaje y del aislamiento más placentero. Serpenteando por el interior llegaremos al moderno Puerto de Mogán, un lugar de lo más chic para disfrutar del mar y el privilegiado clima canario. Así, sin apartarnos de la costa, alcanzaremos el oasis de Maspalomas, un justificado reclamo internacional de turistas y paraíso para los amantes de las playas de arena blanca con kilómetros y kilómetros de dunas.En la punta de Maspalomas se encuentra Costa Meloneras, un sofisticado reducto que ha reinterpretado con una sabia maestría el concepto de resort. En este enclave la elegancia prima sobre el tumulto y, aunque el tamaño de los hoteles sobrecoge, el trato es directo y personalizado y el lujo está en todas partes. Los atardeceres entre palmeras escuchando música caribeña no tienen precio, el aire se hace más dulce y el sueño mucho más placentero. Es, sin duda, el lugar indicado para hacer una escala y redondear nuestro recorrido por la isla.

Ahora dirigiremos nuestros pasos hacia la población de Fataga, cruzando el bellísimo Valle de las Mil Palmeras, una sucesión de oasis que se empina hacia el norte sorprendiendo al viajero por la riqueza y variedad de su flora. Recorriendo el espectacular barranco de Tirajana nos encontramos con la fortaleza Ansite, último monumento defensivo previo a la conquista española de la isla. El camino que avanza por el barranco de Santa Lucía soprende por lo verde de su paisaje, salpicado aquí y allá por el agua dulce de sus embalses, quizá uno de los aspectos más desconocidos de esta isla a la que los canarios llaman "la isla de los embalses". Esta serpiente verde, que da la espalda al árido entorno que la rodea, multiplica sus encantos y enamora por la exuberante codicia de una tierra empeñada en arrancarle al desierto hasta el último suspiro. Así llegaremos a Fataga, donde las casas se pintan de blanco y los helechos gigantes alternan guiños con las buganvillas. Tierra de sol atronador y sombra generosa, que casi siempre oculta el despreocupado mirar de un artesano refugiado en su tienda. Sombras perfectas para ultimar nuestros caprichos.

Gran Canaria es un pequeño gran continente, un cruce de caminos, un canto al contraste y un lugar donde perderse del mundanal ruido. Antaño orientada al turismo de masas, hoy prefiere dedicarle más tiempo al visitante, cuidando los detalles de sus muchas casas rurales esparcidas por un interior sorprendente, mimando sus sentidos en cualquiera de sus hoteles balneario, ofreciendo lo mejor de lo más desconocido y lo más selecto de lo más buscado. Mar o montaña, ajetreo o calma, serenidad o diversión, la isla nos concede siempre, como cuando vamos a casa de un buen amigo, la última palabra.