La Gomera, el mejor mirador del Atlántico

Canarias espectacular. Una arrugada orografía de crestas y barrancos, milenarios bosques de laurisilva, playas de arena negra y tradiciones ancestrales que llegan hasta nuestros días. La naturaleza ha forjado el carácter de este territorio sin invierno presidido por la belleza del Garajonay. Una isla que, como todo el archipiélago canario, es un continente en miniatura.

Noelia Ferreiro
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Foto: Javier Sánchez

Se ha dicho siempre. La Gomera es tierra de hombres duros y combativos, difíciles de domeñar. De hombres orgullosos de las gestas de sus antepasados, como la de aquellos guerreros aborígenes que, aunque no evitaron la conquista, sí lograron que los colonos castellanos se las vieran y desearan en su irremediable afán de someterlos. Pero también de otras revueltas, incluso sangrientas, contra ciertas crueldades del destino, libertades que les fueron mutiladas a lo largo de su azarosa historia. “Un día habrá una isla que no sea silencio amordazado”, cantaba el poeta oriundo Pedro García Cabrera.

Como sus gentes, la naturaleza también se muestra indómita en esta porción insular áspera y arrugada, que es la quintaesencia de las Islas Canarias: soleada, volcánica, arrebatadoramente seca en sus contornos, pero con explosiones de verdor que propician el tan recurrente título de Tierra de contrastes del que se hacen eco las guías turísticas. La Gomera es esa isla que aparece en el mapa pequeña y redondita, orillada contra Tenerife y algo protegida del mar abierto por las espaldas de El Hierro. Una isla que debe a su orografía imposible las señas que hilvanan su cultura, sus costumbres, incluso su carácter, porque entender la idiosincrasia gomera pasa por conocer la sentencia al aislamiento a la que condena su paisaje.

Hay quien dice que es como un flan arañado por cientos de barrancos que bordean todo su perímetro. Arriba, sobre la meseta central, estaría el Alto de Garajonay, que con sus 1.475 metros de altura preside los pliegues de esta isla que es toda ella Reserva de la Biosfera: acantilados, roques y degolladas, valles donde crecen los plátanos e insólitos bosques milenarios sumidos en la niebla y la leyenda. Sobra decir que, con semejante perfil, La Gomera es también tierra de caminantes, de escudriñadores de la soledad y el silencio, de quienes son capaces de estremecerse con el batir del viento contra las cumbres o con ese Océano Atlántico a veces enfurecido que atrae a ballenas y delfines a pocos metros de la costa.

Puerto Colombino

Isla Colombina se le ha llamado además, por tratarse de la última escala hacia uno de los grandes hitos de la historia de la humanidad. Aquí se detuvo Cristóbal Colón antes de cruzar el Atlántico y aquí se aprovisionó del agua con la que, meses después, se bautizaría América. Un episodio que aparece barnizado con una morbosa capa de enredo. Según el chismorreo histórico, antes de partir el almirante tuvo un encuentro apasionado con doña Beatriz de Bobadilla, a quien también se atribuyen amoríos con el rey Fernando El Católico. Al parecer, la propia Isabel La Católica, inflamada de celos, había empeñado todos sus esfuerzos en desterrarla tan lejos. Así como Cristóbal Colón llegó a La Gomera bordeando Tenerife y dejando atrás, majestuosa, la mole del Teide, avanza hoy el transbordador que arriba a la capital, San Sebastián, donde ha quedado impresa la huella de esta visita. Empezando por la Torre del Conde, donde muchos sitúan el supuesto escarceo; continuando con la Casa de la Aguada, de cuyo pozo abasteció el conquistador a sus carabelas, y concluyendo con la Iglesia de la Asunción, donde se detuvo a rezar antes de zarpar en busca del Nuevo Mundo.

Más allá del rastro colombino, esta ciudad que es punto de partida merece un recorrido pausado. Porque la villa, como la llaman los gomeros, tiene más de apacible aldea que de megalópolis turística. Cobijada en una ensenada al abrigo de los barrancos y con discretas casas bajas que trepan hacia las montañas, su casco histórico es un bello alarde colonial, articulado en torno a la Calle Real o del Medio. Cuenta además con dos bonitas playas de arena negra donde atreverse con el primer chapuzón: la de San Sebastián, más tranquila y familiar, y la de La Cueva, más abierta y salvaje, coronada por el apetecible Parador. Este, por cierto, constituye la mejor atalaya para atisbar el volcán de la isla hermana.

Terrazas de cultivo en la zona de Valle Gran Rey. | Javier Sánchez

Pero en La Gomera, donde la naturaleza es el más portentoso monumento, mejor será abandonar el asfalto y acudir enseguida a su llamada. Para eso está el Parque Nacional de Garajonay, la joya de la corona, que ocupa el corazón de la isla. Una impresionante reserva de laurisilva, la más extensa y mejor conservada que se conoce, que ha sido declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Su nombre hace honor a una leyenda que es como una suerte de Romeo y Julieta a lo guanche. Dos amantes, Gara y Jonay, cuyas familias obligan a romper su unión. Entonces, antes que apagar su deseo, deciden morir en estos pagos atravesándose con una estaca.

El bosque encantado

Este mito potencia la sensación de misterio que conlleva sumergirse en el Parque. Porque en las alturas, allí donde los alisios arrancan jirones de niebla y condensan cortinas de vapor, la humedad cala casi tanto como la magia. La razón de esta bruma permanente, de este aspecto de bosque encantado, hay que buscarla en un fenómeno conocido como lluvia horizontal: los árboles, como si sus ramas fueran esponjas, retienen el agua que transportan las nubes, empujadas a su vez por los vientos. Musgos, líquenes, helechos, brezos, aceviños, viñáticos... Así hasta cuarenta especies tapizan los fondos del bosque, que ocupa el 10 por ciento de la superficie insular. Un bosque que se remonta al Terciario y que viene a mostrarnos cómo lucían, hace millones de años, las solitarias tierras del sur de Europa y del norte del continente africano. Por ello su valor es inmenso. Cuando en 2012 un devastador incendio amenazó la existencia de este ecosistema único, el alma gomera se encogió. Por suerte, la naturaleza perdona y hoy brota de aquellas cenizas una nueva vegetación.

Javier Sánchez

Nada como el senderismo para explorar el Garajonay, atravesado por una red de caminos de unas cuantas horas de duración. Eso si no se quiere ascender al Alto, el punto más elevado, allí donde los jóvenes aborígenes optaron por morir de amor. En los días claros, las vistas alcanzan hasta El Hierro, La Palma y Tenerife. Desde aquí, además, el espectáculo de los barrancos desplomándose en radial hacia el mar sirve para entender algunas cosas. Por ejemplo, la fisonomía de esta isla que no conoce erupción, lo cual ha favorecido múltiples monumentos basálticos. Roques como La Zarcita, Ojila y Carmona (todos con un mirador) o el acantilado de Los Órganos, solo accesible por mar, formado por tubos de lava que recuerdan al instrumento. En él, curiosamente, retumba con empeño musical el estruendo de las olas.

Pero esta imagen quebrada sirve ante todo para explicar la vigencia del silbo gomero. En estas arrugas profundas donde cada pueblo es una isla no había mejor sistema de comunicación ancestral. Un lenguaje único en el mundo, hoy amenazado por el móvil, que los tenaces gomeros se esfuerzan en mantener con respiración asistida.

Piscinas y bancales

No tan ricos como el Garajonay, pero no menos interesantes, son estos dos espacios que esconden hábitats diversos: el Parque Natural de Majona, al noreste, con su valioso bosque de tabaibas desparramado hacia la costa, y la Reserva Natural de Benchijigua, en el interior, con sus abruptos paredones y un fotogénico gigante, el roque de Agando, al que solo los más osados se aventuran a escalar. También el hombre de La Gomera ha embellecido el paisaje. Por necesidad, eso sí. Por eso arañó los barrancos y creó con sus propias manos todo un sistema de bancales. Y por eso ideó el salto del pastor, una rudimentaria manera de salvar el desnivel desplazándose con una pértiga. Ya lo dicen los lugareños: “Aquí, para ser campesino, primero hay que hacerse alpinista”. Hermigua, en el norte, es un buen lugar para apreciar esta agricultura en terrazas que es un canto a la ingeniería popular. Un valle fértil como pocos, donde crece el mayor orgullo de las Islas Afortunadas: el plátano, regado por las aguas del excepcional paraje de El Cedro. Se trata de una bonita estampa rural, con casitas blancas desperdigadas a lo largo de un precipicio y, ya en la franja costera, La Caleta y sus cómodas piscinas naturales. Muy cerca aparece Agulo, ese rincón donde curarse de la enfermedad de la prisa. Un pintoresco pueblo, acaso el más bello, de arquitectura popular, que está sentado sobre un anfiteatro rocoso por el que fluyen las cascadas. El paseo por su casco urbano resulta muy agradecido, aunque más aún es acercarse hasta el mirador de Abrante. Desde este pasillo acristalado se obtiene una panorámica suspendida en el vacío: de un lado, el caserío apretado; de otro, las laderas tapizadas por los bosques de laurisilva. Será, junto con Vallehermoso y su imprescindible roque Cano, el colofón perfecto a una ruta por el norte. 

Monumento a la Antorcha Olímpica. | Javier Sánchez

Queda entonces adentrarse por Valle Gran Rey y descubrir la zona turística por excelencia, materializada en la playa del Inglés. Pero que no cunda el pánico porque esto no implica grandes abusos urbanísticos. Aquí lo que se da es el cultivo tropical, los arenales negruzcos y de nuevo las fuertes pendientes, con algunos de los barrancos más impactantes de la isla. También las palmeras, por aquí y por allá, de cuyo guarapo (o sabia) se extrae una insólita miel. No hay que perderse dos pueblos del extremo sur: el bucólico Alajeró, agarrado a una ladera, y Playa de Santiago, con un seductor aire marinero.

Claro que la masificación desmedida, los estragos de las rutas comerciales, podrían llegar a La Gomera. Que una isla es una isla, al fin y al cabo, y estos soleados paisajes son toda una tentación para adinerados de fuera. Pero todo será cruzar los dedos para que nunca este paraíso vea esfumarse su esencia. Para que las loceras sigan moldeando el barro sin torno, con sus propios dedos, alumbrando bellas piezas de cerámica tradicional. Para que las chácaras, ese instrumento autóctono con forma de castañuela, sigan sonando en sus fiestas con rítmica percusión. Para que el baile del tambor, tan mágico y ceremonioso, siga formando parte de sus manifestaciones folclóricas como reflejo ancestral de la memoria prehispánica. Para que perviva, en definitiva, el espíritu irreductible de este pueblo.

El silbo, un lenguaje único en el mundo

Javier Sánchez

Del arte de la necesidad llega también esta tradición remota. Este sistema de comunicación a base de silbidos modulados hunde sus raíces en tiempo inmemorial. Su razón de ser se debe a la aspereza del terreno gomero, que obligó a los nativos a agudizar el ingenio. Mediante chiflidos, y a través de los siglos, hombres y mujeres han podido transmitirse noticias cotidianas, recados, gestos de fraternidad... cuando la vida en esta isla no era sino un discurrir aislado entre los barrancos. Un sistema con el que se salvaban largas distancias y se intercambiaban mensajes ilimitados. Porque, más allá de su sonoridad estética, se trata de un lenguaje articulado con toda su complejidad. Un lenguaje único en el mundo. Tal es el valor del silbo gomero que la Unesco se apresuró a protegerlo en 2009, declarándolo Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Un título que contribuye a mantener viva esta herencia ancestral que ha sido transmitida de generación en generación. Ahora que las nuevas tecnologías lo convierten en algo así como una reliquia prehistórica, esta lengua se imparte en los centros educativos como materia escolar. Hasta hay curiosas iniciativas para enseñarlo a través de Internet. Todo sea por preservar esta seña de identidad de La Gomera que se encuentra en peligro de extinción. Este hermoso elemento de cohesión entre sus gentes constituye una de las máximas expresiones de su cultura popular.