Goa, sabores "sossegados" en la India

Hay en Goa una alternancia continua, siendo tierra predilecta del dios Rama y de San Francisco Javier, zarandeada entre Oriente y Occidente, entre cristianos e hinduistas. Se divide en dos zonas que son como cara y cruz. El bullanguero distrito Norte, antigua meta de los hippies, con Calangute y otras playas copadas hoy por los turistas rusos. Y un distrito sur donde el ritmo lo imponen la maduración del anacardo y la brisa en la playa vacía. Es donde más resuena la palabra lusa "sossegado", clave todavía del carácter de Goa.

Luis Pancorbo
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Foto: Luis Davilla

Antes de que venga el monzón, y lo agüe todo, Goa se puede disfrutar con la calma de los viejos paraísos. En la larga estación seca y soleada, los palmerales de Goa nada tienen que envidiar a los de otros trópicos. Con sus cocos hacen un licor que rivaliza con el feni, el aguardiente de anacardos típico de Goa. No hay problema con el alcohol, ni con comerse una hamburguesa de vaca, lo cual agradece el visitante, en especial rusos e ingleses, los primeros reventando los precios con sus fajos de billetes, y muchos de los segundos jubilados al estilo de los que salen en la película El exótico Hotel Marigold.

Pero Goa no se encierra en su buen tiempo, ni siquiera en sus playas aptas para la natación, siendo de las pocas en la India que no tienen una resaca peligrosa. Goa triunfa porque, como contraste de la India que la rodea por todas partes menos por el mar, tiene más de una capa de barniz occidental, o familiar. Los portugueses estuvieron al mando de ese territorio cinco siglos y han dejado su impronta, en primer término, en la población. El capitán Burton, que visitó Goa en 1846 durante una baja por enfermedad en el ejército británico, deprecaba, con ese estilo suyo a veces un punto arrogante, que la mayor equivocación de los conquistadores portugueses fue permitir el mestizaje en Goa. No fue una observación demasiado atinada. Los portugueses vieron desde el principio que había entre los hindúes gente hábil y capacitada para la administración.

El mestizaje ha resultado ser la baza distintiva de Goa, y la mayoría de los goenses la refleja en sus apellidos (Fernandes, Souza, Vaz...) al margen del tono de su piel. Y ahí están las nuevas generaciones de goenses que se sienten indios, sin renunciar a su ascendencia portuguesa (y con derecho a reclamar esa nacionalidad), ni a una cultura y una religión propias. Otra cosa es que el idioma portugués haya periclitado a beneficio del konkani, el que antaño se llamaba canarim, un idioma indoario con influencias del marathi, la lengua de Maharastra, el poderoso Estado del norte que tiene su capital en Mumbai. Con todo y eso, en konkani se publican libros y se ruedan películas.

Los goenses conjugan perfectamente dualidades: dos distritos distintos, dos climas antagónicos en el año, dos grandes religiones (el 25% es católico y el 65% hinduista, y dentro del resto no faltan los musulmanes). Aparte de la coexistencia entre indios a la última en móviles y ordenadores y los que se agarran a las castas y a los dioses.

Comida cristiana o picante

El viajero, que no es dualista, más bien aficionado a encontrar una raíz única y, si se presta, una coincidencia de opuestos, se hace preguntas. ¿Tienen comida cristiana o pica como un demonio? Ambas cosas no están reñidas en la forma en que hacen un pollo cafreal o una cabidela, arroz con pollo y sangre de conejo. Sin embargo, la gloria de la cocina de Goa es el fish curry, una ocasión para calmar el apetito y enlazar ambos mundos. Por fin tienes delante un curry de pescado a la manera de Goa y, tras alamparte por el picor, pero menos que mañana, empiezas a acostumbrarte. La cuestión es no amilanarse y entender lo que contiene el masala, el conjunto de especias. ¿Ese toque raro venía de la cúrcuma? Notas desde luego un vago toque de jengibre, quizá sean semillas de cilantro, pero el ácido general, siendo tan extraño, no puede provenir solo del jugo de lima. Ni lo que pican a conciencia son los ajos de Goa, bien pueden hacerlo las guindillas de Cachemira. O los clavos que ponen para despistar. O el contradictorio anís estrellado. Y ese punto infinitesimal de rareza no debe ser el que viene de la pulpa del tamarindo, acaso proceda del vinagre blanco de coco. Aparte, misteriosa siempre, está la tirphal o teppal, una especia de los bosques del oeste de la India que en otros lugares se conoce como pimienta de Sechuán o pimienta china.

Se entiende que los portugueses del XVI quedaran fascinados al descubrir este lugar, lamido por dos anchos ríos, el Zuari y el Mondavi, que pueden competir con el Tajo y el Duero, con sus bocas como las tenazas de un gigantesco cangrejo que apresa una bella cabeza de tierra verde. Ahí está encerrada Panaji (Panjim), la nueva capital, y Old Goa, la antigua capital, separadas por una decena de kilómetros. Todo ante un Mar de Arabia lleno de peces. Goa, a excepción de los meses del monzón, se recoge bajo su paraguas de sol y cielos azules como si fuese el del propio Visnú, el que duerme la siesta eterna bajo el parasol de la cobra de siete cabezas, la Naga infinita. Eso también produce pereza, como los milagros tan habituales en Goa, empezando por el del dios Rama (Parashurama), que tiró una flecha al mar para reclamar la tierra hasta donde cayera. Esa tierra ganada a Varuna, el Neptuno hindú, se llamó Konkan, rincón del mundo. Sin olvidar el prodigio del cuerpo incorrupto de San Francisco Javier, que acabó en Goa.

Pero antes de dejar Panjim uno siente curiosidad por conocer el Riorico, añejo restaurante del Hotel Mandovi, construido en 1952. Sus paredes y ventanales que dan al río conocieron el poder luso y la solemne exposición que hubo ese año del cuerpo de San Francisco Javier, con el vaivén de dignatarios laicos y religiosos, aficionados todos a la buena mesa. Algo de la pasada gloria se nota en los artesonados y en las sillas forradas con terciopelo. El maître del Riorico tiene años como para haber visto pasar por su sala a la crème de la crème de la colonia y de la independencia. Pero eso ya voló hace tiempo y el músico en su esquina trata de amenizar una sala vacía. El cuarto de baño no tiene pérdida porque en su puerta sigue diciendo Cavalheiros.

Mirando el río llega por fin el fish curry, memorable con su arroz blanco y su acompañamiento de rodajas de cebolla y pimiento verde, y un platito de kismor (gambas secas), que se pueden añadir a la salsa o curry, donde se enseñorean unos trozos de pomfret, la blanca y sabrosa japuta del Mar de Arabia. Otra alternativa es usar snapper, esa especie de besugo rojo de los trópicos, o kingfish, un pejerrey habitual en estos mares. O mariscos como gambas tigres o cangrejos. En otros sitios hacen ambotik, un curry de Goa más ácido y especiado, con marrajo, un pequeño tiburón bien metido en cebolla, comino, ajo, pimienta y bayas de kokum.

Y de postre, bebinca, el dulce local a base de coco y el oscuro azúcar de palmera. Al final el maître se acerca a tu oreja, y te dice un poco como si fuese Camilo José Cela: "¿Hace un coñac?". Pues eso es lo que faltaría, o ya puestos, un feni, aguardiente de anarcado de 42º, para afrontar el ruido, el calor y el estrés de la circulación caótica de Panjim.

Piedras preciosas

Panjim es ciudad dual, aunque más nueva que vieja. Su parte moderna está llena de tiendas y franquicias. En el barrio de Fontainhas las casas lusas del XIX sugieren saudade y buenos paseos. A una apabullante iglesia blanca, la Inmaculada Concepción, se llega por una escalinata no menos cegadora. Tiene voluntad de ser el monumento de referencia de la villa, que fue lusitana hasta que la India de Nehru en 1961 dijo basta, se cruzaron unos disparos y los lusos se rindieron poniendo fin a su permanencia dilatada desde 1510, cuando la tomó el César de Oriente y León de los Mares, por otro nombre Afonso de Albuquerque. Otro tanto sucedió en los otros dos enclaves lusos de Daman y Diu, en el Golfo de Cambay.

Para rememorar puede venir bien una visita al Solar Souto Maior, situado en el barrio de Baiguinim, casi una hectárea de vegetación con un palacete de 1585 que al parecer fue de un hidalgo de origen español (Sotomayor), convertido ahora en un museo propiedad de Varun Sood. Este hombre se ha especializado en cazar viejas mansiones portuguesas y restaurarlas a conciencia. Ha sacado un hotel boutique de una mansión de Siolim, en el subdistrito o taluka de Bardez, que fue propiedad del último gobernador portugués de Macao, y que antes fue residencia del gobernador de Mozambique.

Siempre en Panjim, no deja de ser una buena idea irse a la playa de Dona Paula para quitarse el barullo del tráfico, y aún mejor resulta un crucero por el Mandovi al atardecer. También existe una Panjim doble, la terrestre y la insular, con un par de islas que son como joyas. A Chorao (o Chhodnem, piedras preciosas) la enaltece una historia: ahí habría sido donde Yashodha, la madre de Krisna, tiró sus diamantes al agua y eso hizo que surgiera la que los portugueses llamaron Ilha dos Fidalgos. Un biólogo hábil como el doctor Salim Ali ha puesto allí un santuario de aves pues, pese a la cercanía de Panjim, muchas son las especies de martín pescador, de cormoranes y garzas, y no falta en sus manglares el raro drongo real con su cola ahorcada. La otra isla cercana, a la que también se puede ir en ferry, es la de Divar, con una iglesia portuguesa, la de Nuestra Señora de la Consolación, y con un recién reconstruido templo de Ganesh, el dios elefante. Desde Divar se obtienen bellas vistas de Old Goa, la primera capital portuguesa.

Velha Goa y Old Goa

Hay muchas Goas, aunque para uno vayan de dos en dos como las cerezas. El lugar que se llama Old Goa no es lo mismo que Goa Velha, ni se trata de un juego de palabras o de idiomas. Old Goa (Vieja Goa) es la que atesora más arte colonial, iglesias y conventos. En cambio, por Goa Velha (Goa Vieja), a 12 kilómetros de Panjim, se entiende la Goa más antigua, muy anterior al tiempo portugués. Ahí se han encontrado pruebas fehacientes de su civilización hinduista, amén de cuevas budistas y ruinas de diversos periodos musulmanes. Ya en el siglo II a.C., el cercano puerto de Gopakapattana mantenía relaciones comerciales con Roma y el Medio Oriente. En la primera mitad del siglo XI, Jayakeshi I, rey de los kadamba, fundó una ciudad llamada Govapuri. Esplendió en ese lugar conocido como Goa Velha hasta 1345, cuando cayó en manos del emperador musulmán Jamal ud-Din. Sucesivamente pasó de musulmanes a hindúes, hasta que los portugueses se hicieron con el territorio.

En Goa Velha sigue teniendo su empaque El Pilar, pues tal cual se llama un complejo de convento, museo, iglesia y seminario que fue fundado por capuchos (sic) en 1613. Estos capuchinos, franciscanos recoletos, procedían de la provincia de Arrábida, y fueron quienes trajeron a Goa su devoción por la Virgen del Pilar. Aún su imagen está en lugar destacado en la iglesia que preside un conjunto de edificios necesitados de pintura y reparaciones. Fue, sin embargo, la flamante Universidad de Artes, Ciencias y Teología, y los capuchinos la regentaron hasta 1835, cuando la expulsión de las órdenes religiosas de Goa. El Pilar fue convertido en establo de vacas durante 20 años. Luego se hicieron cargo del lugar los carmelitas y, ya en 1887, la Sociedad Misionera de San Francisco Javier. De la quema del tiempo se ha salvado una capilla con azulejos portugueses, y como punto de vitalidad tienen la tumba del venerable Agnelo de Souza (muerto en 1927), a quien muchos goenses tienen por santo y le piden mercedes de rodillas. La vista del río Zuari desde El Pilar de Goa Velha es apaciguadora, aunque, para sitio sossegado, ahí está, a un par de kilómetros al norte de Goa Velha, la solitaria iglesia de Santa Ana, de 1645, dominando la colina de Talaulim.

En cambio es en lo que se conoce en inglés como Old Goa donde se concentra la mayoría de los monumentos coloniales, hasta el punto de que ese lugar fue declarado en 1986 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Los lusos escogieron ese lugar, a orillas del río Mandovi, como capital de su primer virreinato de Asia. Eso no quita que en Old Goa y en su puerto de Ela hubiese previos asentamientos de hindúes y musulmanes. El sultán Adil Shah tuvo ahí un palacio del que hoy queda una puerta de piedra, junto a la iglesia de San Cayetano.

Old Goa no es un lugar que se domine en pocas horas. Una ciudad muerta de noche, de día se convierte en un museo, amén de meta de peregrinaje, según busque uno influjos de San Francisco Javier o de Luis de Camoes. Aquí se volcó todo encomio: era la Goa Dourada, la Goa que bastaba verla y no se necesitaba ir a Lisboa. Era la Roma del Oriente, con casi un centenar de iglesias de las que quedan trece, algunas totalmente arruinadas, como San Agustín. Otras tan visitadas, como la de Bom Jesus, donde la gente hace largas colas para ver el sepulcro del santo navarro.

Mausoleo Florentino

La basílica menor de Bom Jesus sorprende por sus tonos rojizos. No estar encalada como las demás iglesias es un problema. El salitre y el viento van royendo la fachada de laterita, una piedra que parece tierra compactada. Se hizo en 1594 con una donación de 50.000 serafines de João Dias Ribeiro y los jesuitas la fueron ampliando. En el altar mayor, todo dorado, preside una estatua de San Ignacio de Loyola, de tres metros de altura, y a sus pies ponen un Bom Jesus minúsculo. Al parecer esa estatua del Niño Jesús, que da nombre a la basílica, fue colocada tras la expulsión de los jesuitas en 1759.

Contigua a la iglesia está la Casa Profesa, donde en 1613 se guardaron en una de sus salas, y durante trece años, los despojos de San Francisco Javier. Ahí se cortó el brazo derecho del santo hasta el codo y se envió a Roma, a la Chiesa del Gesú. Pero lo que llama la atención en la iglesia de Goa es el Mausoleo Florentino, un enorme catafalco de mármol, obra de Giovanni Battista Foggini, que se trajo desmontado desde Italia en 1698. Sobre eso destaca un sarcófago de plata, con paredes de cristal, donde se entrevé algún resto del santo navarro, pero a una altura que nadie alcanza con la mano. Para eso han puesto en el altar del monumento un relicario que se puede besar. Y es que en 1554 una beata de Goa no pudo resistirse y dio un mordisco a un dedo del pie derecho de San Francisco Javier para llevárselo como reliquia. Siguieron el rastro de la sangre y el dedo fue recuperado. Con el tiempo, el cuerpo incorrupto del santo fue vaciado de vísceras y aligerado de reliquias óseas que se repartieron por esos mundos.

Tienen éxito las llamadas exposiciones, cuando se baja el féretro del santo y se expone al público, costumbre que empezó hace 23 años después de la expulsión de la Sociedad de Jesús por el gobierno portugués. Se rumoreó entonces que los jesuitas se habían llevado el cuerpo del santo y, para desmentirlo, las autoridades de Goa ordenaron una exposición de tres días en 1782. Hasta ahora ha habido 16 exposiciones, y se cree que en la última de 2004 más de un millón de personas desfilaron ante el ataúd. Las exposiciones suelen hacerse cada diez años, con lo que es posible que la próxima sea en 2014, y en la Sé Velha, la catedral de Old Goa.

Sin duda, Bom Jesus tiene más visitantes que la catedral, de 1510, consagrada a Santa Catalina. Fue rehecha con sus tres naves en 1619, tras un trabajo de 57 años. Como recuerda Moreno de Souza, tiene una campana que para sonar mejor se hizo fundiendo oro con bronce. Al lado se alza la bien conservada iglesia de San Francisco de Asís, de 1661, y el Museo Arqueológico, donde, aparte de piezas hinduistas de valor (estatuas de dioses, piedras de sati donde se quemaban a las viudas...), impresiona la galería de los retratos de los virreyes y gobernadores de Goa, hasta 127 pinturas, sin que falte en un rincón la sonrisa taimada de Oliveira Salazar, el dictador que gobernó un imperio ya en plena descomposición.

La colina sagrada

Además de ese cogollo de Old Goa, el resto de los monumentos se espacia en tres colinas. En la primera, sobre el río Mandovi, destaca la diminuta capilla de San Francisco Javier. Dicen que construida por él mismo en 1545. En su patio hay un pozo con agua sanadora, según los peregrinos que la beben. En la colina al este se alza Nuestra Señora del Monte, desde donde la artillería mahometana disparaba contra Albuquerque en 1510. Moviéndonos hacia el sur encontramos el Monte de Boa Vista, otra pequeña altitud con una iglesia dedicada a la Cruz dos Milagres (por una cruz de teca de ocho metros donde se superpuso la figura de Cristo). Mientras más al norte se encuentra la tercera elevación, llamada la Colina Sagrada por su abundancia de iglesias y conventos. Nuestra Señora del Rosario tiene un fiero aspecto de fortaleza y es desde donde Albuquerque supervisó la batalla ganadora de Goa. Abajo, el río Mandovi fluye entre la calima.

Goa hinduista

Pero hay una Goa hinduista, la que con sus más y sus menos se zafó de la Inquisición y siguió a su aire en las Novas Conquistas o territorios anexionados por Portugal a partir del siglo XVIII. Sorprende la existencia del templo de Brahma de Carambolim, una localidad a 60 kilómetros de la ciudad de Panjim, en el subdistrito de Satari, por ser el único dedicado a este dios en Goa y siendo muy pocos los de ese tipo en toda la India. El dios de las cuatro caras atestigua una civilización muy anterior a la lusitana en tierras goenses, lo cual se ratifica en templos más frecuentados, como el de Shri Mahalakshmi en la colina del Altinho en Panjim. En el año 1818 fue el primer templo hindú que se permitió construir en la nueva capital. El gobernador portugués, el Conde do Rio Pardo, hombre liberal, dio permiso para que floreciese el culto de una diosa hindú que hacía y hace la competencia a la Inmaculada Concepcion, siempre en Panjim. Si acaso difieren las cualidades teológicas. Mahalakshmi, la mujer de Visnú, reúne tres aspectos o gunas que la hacen ser una especie de trinidad: posee de Brahma la sattva, la calma esencial, la creación; de Visnú tiene la raja, la acción creativa, y lo que se mantiene; y de Siva, tamas, la destrucción, para volver luego a empezar.

Por la zona oriental de Ponda se extiende una serie de templos hinduistas con aún mayor arraigo popular, empezando por el de Mangesh, o Siva, cerca del pueblo de Priol. Todos los días acuden numerosos peregrinos a adorar su lingam y a susurrar en la oreja de Nandi, en el atrio, lo que no se atreven a pedir directamente al dios. También el templo de Shantadurga, su esposa, en Kavalem, con puertas de plata y una torre exenta de estilo oriental-portugués. O el más pequeño y moderno templo de Balaji (Visnú), en un jardín que es como un oasis de flores y pájaros.

Por su parte, los musulmanes tienen un par de mezquitas (masjid) que han sobrevivido a todos los avatares. Es el caso de la mezquita Safa Shahouri, en las afueras del pueblo de Ponda. Fue mandada construir por Al Adil Shah, el sultán de Bijapur, en 1560, y, aunque destruida y reconstruida, ha conservado sus puntiagudos arcos de estilo bijapuri.

Delicias de Goa de ayer y hoy

Burton, que cuando visitó Goa era un fogoso militar de 21 años, aparte de incubar las semillas de una erudición y curiosidad que le llevarían a hablar 29 lenguas y a traducir hasta Os Lusiadas, se interesó enseguida por un tema como el de las bayaderas. Apenas pudo se fue en barco desde Panjim hasta el pueblo de Saroda (quizá Shiroda, con su gran templo de la diosa Kamakshi), y encontró una veintena de locales con una cincuentena de bailarinas sagradas. En realidad, la bailadeira, de donde vino la palabra bayadera, era más bien una devadasi, "esclava de dios". En lengua konkani, bailadeira era kolvont, "llena de arte". Pero las bayaderas no solo danzaban sino que ejercían la prostitución sagrada en los templos o alrededores. Muchas de ellas pasaron de los pueblos de las Velhas Conquistas a los de las Novas Conquistas. Lo mismo sucedió con los viejos templos de Manguesh (Siva) en Cortalim y de Shantadurga (Devi) en Quelossim, que se tuvieron que trasladar desde su emplazamiento original en la margen izquierda del río Zuari hasta Priol y Queulá, en la margen derecha. Y no fueron los únicos templos y divinidades que quedaron separados por un río, a un lado los cristianos y al otro los hinduistas. Ocurrió lo mismo con los santuarios de Shri Kamakshi y Shri Damodar.

Hay, sin embargo, quien lo que busca es tumbarse en la playa o esperar la luna llena para meterse en una rave, un macroconcierto en la playa, incluso con auriculares inalámbricos para no molestar. Pasados los tiempos del jipismo, queda algo de imitación o de residuo en el estilo de algunos mercadillos, como el de Anjuna, y en alojamientos a pie de playa, como los de Palolem, la que pasa por ser la playa más paradisíaca de Goa. Desde luego, tiene su belleza esa milla de arenal, con su arco casi perfecto orlado de palmeras, pero ya no se puede esperar algo robinsoniano. Se suceden bungalós, bares, restaurantes, agencias de viajes, centros de yoga. Se propone lo mismo una pedicura a base de peces que mordisquean los callos que un avanzado yoga tántrico. Y los carnívoros no sufren con un plato de espagueti a la boloñesa, como tampoco los aficionados a la cerveza, el gin tonic o el feni.

Claro que no todas las playas goenses han sido copadas, especialmente en el sur. Y no en todas se propone ir a ver delfines (o cocodrilos en el río de Panjim). Una novedad es la ducha del elefante. Consiste en subirse a la grupa de un elefante, el cual vuelve la trompa contra quien le monta y lo moja de forma inmisericorde. Como eso se pacta antes de subir al paquidermo, todos contentos.

Un ataúd con tres llaves

La del cuerpo de San Francisco Javier es la historia de unos restos sin descanso. Murió en Sancián (China) el 3 de diciembre de 1552. Su cadáver fue enterrado allí, pero no se corrompió. Fue trasladado a Malaca y vuelto a enterrar. Y seguía incorrupto. Y lo volvieron a desenterrar y a llevar a Goa, donde, tras permanecer en el colegio de San Pablo (hoy queda la fachada de su iglesia) y en la Casa Profesa de los jesuitas, se llevó en 1624 a la basílica del Bom Jesus. Se puso en un ataúd de madera, que se puede ver en la sacristía de la basílica y que se cerraba con tres llaves: la del arzobispo, la del gobernador y la del rector de la Casa Profesa. Luego pasó a un catafalco de mármol con féretro de plata.