Girona, la ciudad que lo tiene todo

A caballo entre el mar y la montaña, acogedora de día y mágica de noche, de veranos radiantes e inviernos encantadores, llena de vida y derramada de sueños, genuina y ecléctica, amplia y asequible: así es Girona, una ciudad a la medida de las personas.

Olga Moyá

Los primeros rayos del sol tiñen Girona de la calma que invade aquellos lugares ajenos a prisas e impaciencias. Y es que la vida en Girona discurre al compás de los paseos, de las gentes que se encuentran en los rincones, de las conversaciones que se entretienen en cada esquina de su mapa. Es hora de desayunar y el Nuria, uno de los bares más emblemáticos de la urbe, se muestra como una aparición. Muy cercano a la estación (Plaza del Poeta Marquina) y totalmente acristalado, ofrece, además de desayunos y meriendas, un servicio de restaurante dedicado a la comida vegetariana. A través de las cristaleras que me envuelven, topo con la magdalenería Cal Tuset, especializada en magdalenas de sabores variados -chocolate, crema, naranja amarga, manzana, limón, frutos secos...- y se me antoja una de chocolate y almendras para empezar bien el día. Ya estoy preparada para ponerme en marcha.

Pronto llego al Pont de Pedra, que, surcando el río Onyar, guía los pasos de cuantos lo cruzan hasta el casco antiguo de la ciudad. Desde su estructura maciza, robusta y contundente, puede apreciarse una de las imágenes más genuinas de Girona: las casas del cuadas, conformando un todo fascinante. Entre sus empedradas calles, sus fachadas de decadencia encantadora y el halo melancólico que le aplasta los tejados, una parece escapar del tiempo y de sus leyes si no fuera por las decenas de tiendecitas de lo más in que le salpican las entrañas. Me dirijo a la Catedral y, de camino, me encuentro con el Barrio Judío, que se extiende a los alrededores del Carrer de la Força. Es una de la juderías mejor conservadas de Europa occidental, permaneciendo casi intactas las empinadas y tortuosas callejuelas que albergaron a la comunidad judía de Girona en la época medieval.

Gran obra del barroco catalán Me pierdo por la sinuosidad de su entramado urbano y aparezco ante la colosal escalinata, que se alza imponente coronada por la Catedral en su cúspide. Ecléctico en apariencia y gótico en espíritu, este emblemático edificio conserva el claustro y parte de una torre de la primera construcción románica. Posee la nave más ancha de la arquitectura gótica mundial y su fachada está considerada como la obra barroca más bella de la arquitectura catalana. En su Museo Capitular, además, se exhiben el célebre Tapiz de la Creación, Onyar con sus colores pintorescos, descolgadas sobre un río que les acaricia los cimientos. Se trata de viviendas que empezaron a construirse en los últimos tiempos de la Edad Media, adosadas a la muralla, que rodeaban el casco antiguo y que hoy constituyen la imagen de Girona por excelencia. Pero no sólo desde el Puente de Piedra se puede apreciar tal espectácul cualquiera de los puentes que atraviesan el río en la zona (como Pont de Ferro o Sant Agustí) se convierten en privilegiados miradores desde los que admirar un paisaje urbano tan colorista.

Tras haberme entretenido contemplando las siluetas de las casas, me dispongo a cruzar el puente y adentrarme en el casco antiguo de la ciudad, el denominado Barri Vell, un auténtico museo al aire libre que congrega historia, arte, cultura y ocio en las dosis adeel Beatus y una rica colección de orfebrería medieval. Muy cerca de la Catedral, los Baños Árabes se erigen como otra buena oportunidad de inmiscuirse en el pasado e impregnarse de la amalgama de tendencias que antaño blandía la ciudad. Y es que, a pesar de la presencia de elementos musulmanes, se trata de una construcción románica dispuesta en tres salas -frigidarium, tepidarium y caldarium, según la temperatura del agua-, más un habitáculo destinado a los vestuarios y una caldera. La sala de agua fría es la que aglutina mayor interés por su bóveda anular y la cúpula central sostenida por esbeltas columnas. Las campanas de la Catedral se dejan oír por toda la ciudad anunciando las dos del mediodía.

El hambre aprieta y decido tomar un taxi dirección a El Celler de Can Roca. Poseedor de dos estrellas Michelin, está algo alejado de la zona turística -se halla en la carretera de Taialà, en el humilde barrio de Fontajau-, pero merece la pena llegarse hasta allí en taxi. Restaurante familiar por excelencia a pesar de su categoría -está conducido por tres hermanos: cocinero, sumiller y repostero, respectivamente-, irradia un aire confortable y acogedor poco común en el lujo frío y distante que acompaña nuestros días. Pido un menú degustación y me dejo envolver por las sensaciones que desatan en mi cuerpo cada bocado, cada sorbo, cada trago. Vista, gusto y olfato se embriagan por igual de los colores, composiciones, aromas y sabores que impregnan magistralmente todos y cada uno de los platos. Finalmente, saciada y con el eco del placer todavía pegado a la boca, tomo el camino de regreso al centro de la ciudad.

La ciudad a vista de pájaro
Justo antes de cruzar el río a su paso por la zona más norteña de la ciudad, indico al conductor que se detenga: la Devesa se despliega ante mí como un incendio de llamaradas verdes, marrones y ocres que amarillean en contraste con el azul celeste que lo envuelve todo. Sucumbo ante la tentación y me dispongo a perderme en las entrañas de este parque urbano, el más grande y frondoso de Catalunya, construido a partir de plátanos centenarios que Napoleón mandó sembrar en tal espacio cuando ocupó Girona. Entretengo gran parte de la temprana tarde en un apacible paseo por sus contornos, pero quiero regresar al relativo ajetreo del centro.

Cruzo el Pont de Sant Feliu y pronto me hallo ante el comienzo de la muralla medieval. Me encaramo por una de sus torres y me dispongo a emprender uno de los paseos más encantadores que ofrece Girona: a lomos de su muralla y a vista de pájaro se puede abrazar la totalidad de la urbe con la mirada, disfrutando a cada paso, a cada leve caída de la tarde. Avanzo por la muralla mientras la luz empieza a menguar y el atardecer cae a plomo sobre los tejados pintando una atmósfera de matices imposibles. Momento mágico donde los haya, la vida pesa menos al detenerse ante la inmensidad del crepúsculo sobre Girona. Finalmente, la noche vence a la tarde y la ciudad despierta en decenas de luces que iluminan sus enclaves más míticos otorgándoles un aura sobrenatural, poco terrenal y, desde luego, nada mundana.

Es hora de cenar y Le Bistrot es el restaurante elegido. Rincón encantador en pleno casco antiguo, es uno de los restaurantes más concurridos de la ciudad y disfruta de un aire desenfadado y bohemio que lo hace especial a ojos de todo el mundo. Merece la pena probar sus pizzas de pasta -lasañas rellenas de diferentes ingredientes montadas sobre enormes rebanadas de pan de payés- o su suculento pastel de chocolate. Y, tras la cena, ha llegado la hora de irse a la cama. El día ha sido intenso, pleno y agotador. Me encamino al Hotel Históric, un establecimiento clásico que se halla dentro de los confines del Barri Vell y se me antoja acogedor a la par que curioso. Únicamente dispone de ocho habitaciones, cada una dedicada a un emblema de la ciudad: las hojas de la Devesa, los tradicionales gigantes, las moscas de Sant Narcís, los genuinos Manaies... Para un descanso rodeado de tradición.