Gijón en verde: del asfalto a los 'praos' en un pispás

La ciudad de Jovellanos goza de una red de sendas verdes para sumergirnos de lleno en la naturaleza

Noelia Ferreiro
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Foto: saiko3p / ISTOCK

Es la niña bonita del Cantábrico, la más cosmopolita de las ciudades asturianas. Una joya que aúna mar y montaña, vanguardia urbana y entorno rural, cultura y ocio, refinados templos gastronómicos y sidrerías de toda la vida.

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Hablamos de Gijón, la ciudad a la que el mar golpea desde su cara norte para hacerse espuma en la playa de San Lorenzo, su icono por excelencia, atestadísima en verano y reservada en los meses invernales para surferos y paseantes a los que la lluvia no logra intimidar.

Fachada marítima

Luego está la Playa del Poniente, más calmada, y entre ambas, el barrio donde se condensa la esencia marinera: Cimavilla, el casco histórico, plagado de casas de pescadores y callejuelas con olor a salitre. Un distrito popular, algo canalla también, famoso por su rendición a la sidra (casi una religión) y por recoger la huella de Jovellanos, el más ilustre hijo de la ciudad.

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Pero dejemos a un lado el Gijón del asfalto, animado y cosmopolita, con sus rincones monumentales, sus deliciosos templos gastronómicos y su inagotable proyección cultural. Porque lo que hoy queremos descubrir es el Gijón en verde, aquel que se encuentra con la naturaleza sin solución de continuidad. Un Gijón que dibuja una estampa de prados inmensos, vacas pastando alegremente y la lluvia golpeando en el cristal de esas casas de arquitectura típica donde no faltan los hórreos y las paneras.

Zona rural

Para ello no es preciso un largo trayecto en coche. Disfrutar de la naturaleza más agreste puede ser una opción ideal, a pie o en bicicleta desde el mismo centro. Abrazado por un anillo de campos verdes y suaves colinas, algo más del 85% del concejo gijonés está formado por zona rural a través de las veinticinco parroquias que se asientan fuera del núcleo urbano.

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Gijón no sólo acoge el Jardín Botánico Atlántico (único en la cornisa cantábrica), un pulmón verde de incomparable belleza en el que la naturaleza es arte, sino también, a cinco minutos, un hermoso paseo junto al mar que recorre los acantilados y las diez playas del municipio.

Más allá de la fachada marítima, también a un paso del centro se encuentra el pleno campo. Para eso están sus ocho sendas verdes, perfectamente señalizadas, que propician largas caminatas hacia escenarios distintos: desde minas de carbón en un paisaje industrial hasta la siempre agradable campiña con sus ríos, lagunas y famosas pomaradas.

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Fabada de recompensa

Si, por ejemplo, se escoge la Senda Fluvial del Peñafrancia, muy apropiada para hacer en bici, culminar inmersos en el verde asturiano es un reto garantizado. Porque el trayecto a la vera del río y bajo un bosque de ribera con árboles centenarios, no sólo atraviesa grandes hitos como el Monumento Natural de la Carbayeda del Tragamón o la Iglesia Parroquial de San Salvador de Deva, sino que tiene además un bonito final.

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En algo menos de dos horas, la ruta finaliza en el Güeyu Deva, el lugar en el que nace el río Peñafrancia, que emerge de la tierra formando una laguna. Por encima se levanta la Ermita de la Virgen del mismo nombre, toda ella cargada de leyendas. Y muy cerca, dos restaurantes-merenderos para rematar la caminata tal vez con una deliciosa y reconfortante fabada.