Gijón, la escapada "cool" al norte

Está encantada de conocerse. Se quiere y cree sinceramente que tiene garbo y salero. Gijón no es lo que era, pero nunca ha dejado de ser lo que fue. La nueva Gijón asombra con propuestas y equipamientos de vanguardia que la hacen ocupar un puesto de honor en el club de ciudades "cool" del norte español.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Acaba de estrenar una marca de ciudad: Gijón, Asturias con sal. Sorprende, ¿no? Cualquiera pensaría que la gracia y el salero les pegan más, digamos, a los andaluces, aunque ya Gaspar Melchor de Jovellanos, en el siglo XVIII, llamaba a su Gijón "la Cádiz del norte".

En la campaña teaser (de expectación) para lanzar la marca llenaron las mesas de Gijón de saleros con el eslogan impreso. La traducción al inglés de tal eslogan parece mucho más sensata: Northern Spain with zest. Según el diccionario Oxford, zest significa "ganas de vivir", "sabor". Líbrenos Dios de enmendar la plana a los publicistas profesionales, pero tal vez el eslogan resultaría más creíble sustituyendo sal por chispa, que además evoca un algo a la sidrina...

En el estudio MERCO (Monitor Español de Reputación Corporativa) del pasado año, que marca la valoración de una ciudad efectuada por sus propios vecinos, los gijoneses se mostraban encantados de conocerse: eran los más satisfechos con su ciudad (www.analisiseinvestigaciones.com/merco). Adorada ciudad que desde el año pasado forma ya parte del club Cool Cities Green Spain, una liga surgida sin duda como reflejo del movimiento slow cities, sólo que en este caso lo que se encumbra como meta o ideal no es el pulso sosegado sino otra cosa (que no está reñida), la vivacidad, la apuesta por la vanguardia, la superación dialéctica de tesis rural y antítesis urbana con una síntesis de pura innovación, de creatividad. Chispa, en definitiva; al final, todo casa.

¿De donde saca Gijón esos bríos o en qué se basa para tenerlos? Hay que aceptar, de entrada, que el chasis de la ciudad resulta inmejorable. Ni grande ni pequeña: el concejo en que viven 280.000 vecinos es un nicho biológico envidiable, a la vera del mar, respaldado por un cinturón verde, semiurbano, con 25 parroquias especializadas (unas, como área residencial; otras, como espacio industrial, y otras, como huerta y despensa), y una campiña que sirve de argamasa y se infiltra por todas sus arterias y venillas. Es más vieja que los romanos, pero al igual que las olas que baten sus cabos (con la obra El Elogio del horizonte, de Eduardo Chillida, como vigía), su puerto de El Musel o su playa de San Lorenzo, Gijón se renueva constantemente. La calidad parece constituir el santo y seña, y la apuesta por lo joven y novedoso, casi una obsesión.

Lo cual se traduce, claro está, en cosas muy concretas. Proyectos que se construyen con ladrillos o con ideas, y que abarcan desde el ámbito cultural al gastronómico, pasando por el ocio y la calidad de vida. Entre los logros culturales, lo más llamativo es sin duda la gloriosa resurrección de la Laboral. Promovida en los años 40 y 50 por el ministro Girón y realizada por arquitectos a las órdenes de Luis Moya, es uno de los mejores ejemplos de la estética franquista. El Principado se hizo cargo de esta Universidad Laboral, y en el año 2007 se presentaba su nueva entidad como "Laboral, Ciudad de la Cultura", una "comunidad creativa" de 5.000 personas con cabida para el arte de vanguardia y la creación industrial, la formación profesional, artística y universitaria, la investigación y la producción cultural (www.laboralciudaddelacultura.com/es). Eso, dicho en plata, significa que el complejo alberga un Centro de Arte y Creación Industrial, Biblioteca, Teatro (aparte del antiguo Paraninfo), la Escuela de Arte Dramático y el Conservatorio de Música, aulas de Universidad y talleres de Formación Profesional, además de la Radiotelevisión del Principado de Asturias. Al margen de la pura vitamina o software espiritual, el visitante puede apreciar también (por libre o en una visita guiada) la arquitectura neo y gigantista de la iglesia, el patio corintio, los pabellones y la torre panorámica, o bien pasear por los jardines históricos.

Hay en Gijón algunas novedades con más de dos mil años. Y es que las huellas más viejas del enclave han sido recientemente lustradas. En el Cabo Torres, por ejemplo, puede visitarse el poblado astur que los romanos llamaron Noega, con un reciente centro de recepción para el yacimiento; fue en el teso de enfrente, Cimadevilla, donde los romanos fundaron su propia Gigia, a la que pertenecen los restos de muralla que afloran por el cerro, y las termas de Campo Valdés (junto a la iglesia de San Pedro), bien musealizadas.

Lo último es la villa romana de Veranes (que está situada a unos 8 kilómetros del centro de la ciudad), abierta al público hace un par de años y que muestra la transición del mundo romano al medieval (siglos I al IV); la investigadora de las excavaciones, Carmen Fernández Ochoa, sugiere que Veranes podría explicar en parte los orígenes del prerrománico asturiano.

Lo que podríamos llamar "vocación atlántica" de Gijón cristaliza en tres proyectos recientes. Lo último, el Centro de Talasoterapia, en la playa de Poniente. Más veteranos, el Acuario, también en playa de Poniente, con unos 4cuatro mil peces de 400 especies dentro de un millón de litros de agua, y el Jardín Botánico Atlántico, que se ha hecho muy popular por su inquietud lúdica y pedagógica, con ocurrencias como celebrar los solsticios o las "noches mágicas" de verano, con paseos que interrumpen traviesos trasgus, cuélebres, xanas (hadas) y otras criaturas de la mitología astur.

La "movida" cultural no se queda atrás. El Festival Internacional de Cine, que arrancó en erl año 1963, dio un giro en 1986 perfilándose como encuentro joven e independiente, algo así como un Sundance español. Gijón ama el cine, y sus calles han servido de plató para una docena de películas (entre ellas la oscarizada Volver a empezar y otras películas de José Luis Garci, que es de la tierra). El municipio convoca incluso un concurso para jóvenes realizadores. Tanta repercusión como este festival (y algo relacionada también con el cine) es la Semana Negra, que lleva un cuarto de siglo congregando a escritores y aficionados al género, y es ya un clásico incluso fuera de nuestras fronteras.

Sería imperdonable, en fin, no hacer mención de una de las virtudes capitales de Gijón: la gastronomía. Saboreando Gijón es el nombre de la campaña que engloba una docena de festivales o jornadas a lo largo del año con el fin de exaltar oricios, fabes, setas, pulpín, sidra... Son ya tradición los campeonatos de Asturias y Gijón de pinchos y tapas (febrero y mayo, respectivamente). Dos iniciativas recientes: Gijón Goloso, que propone dos rutas para catar hasta catorce gollerías locales (www.gijon.info/gijongoloso), y Gijón Gourmet, que propone un menú a precio fijo (45 euros) en nueve restaurantes regidos por cocineros veteranos o jóvenes promesas. Los llagares y la ruta de la sidra son parte del paisaje urbano, con apoteosis escénica en la plaza del Marqués. Gijón tiene tics de gran ciudad, con lujos como periódico propio (El Comercio), televisión local (Canal 10), Facebook para sus fans, una GijónCard que funciona desde hace tiempo, o el Bus turístico que ha empezado a funcionar en abril. No queda más remedio, para ser cool hay que estar al día. Y si encima se tiene sal, o chispa, pues mejor.